l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 5 de julio de 2008

Cuestión de carácter

Cuando yo era niño, mi tío el Cabut me llevaba en su Vespa amarilla a un descampado lejano donde él jugaba al fútbol. Había una caseta con unas grandes cajas de cartón donde se amontonaban camisetas y pantalones. Las zapatillas las llevaba cada uno. El Cabut jugaba de portero y yo, detrás de la red, le guardaba las gafas y le daba ánimos.

-Estaría bien tener una casa con piscina -le decía, de vuelta al centro, cuando atravesábamos urbanizaciones en busca de un merendero para tomar cerveza en jarras.

-Ni hablar: es mejor tener amigos que tengan la casa con piscina. Tú disfrutas de la piscina, más que ellos incluso, pero son ellos los que hacen el trabajo sucio: limpiar la piscina, quitar las hojas del agua y todo lo demás. Lo que hay que ser, Rafita, es buen invitado. Hay que dar espectáculo. Que se lo pasen mejor contigo que por su cuenta, y así te invitan siempre.

He seguido su consejo (como todos los del Cabut) al pie de la letra y a veces consigo que Vanessa y Eduardo Vilas me inviten a su piscina.

El otro día me hicieron una foto como la que me hago casi todos los años: con agua hasta la cintura, bebiendo un whisky y con mi hija al lado, protegido de todos los peligros, feliz, a salvo hasta de mí mismo.



¿Qué queda de los niños cuando pasan los años y uno se hace mayor?

Todo, casi todo, nada se pierde.

A mí ya no me cabe ninguna duda de que la infancia nunca se termina, se prolonga durante toda la vida, permanece en el adulto, casi de incógnito: la infancia es el carácter.

Eso que se suele llamar el carácter, el buen carácter o el mal carácter, el mucho carácter que tiene Fulanito, no es más que el fósil de su propia infancia.

Como la carne sobre un esqueleto, el adulto va formándose sobre el hueso de la infancia. Por dentro de toda persona mayor está el niño testarudo, malhumorado, ventajista, alegre, generoso, cobarde, el que siempre piensa que se merece algo más, el que grita "¡yo no he sido!" en cuanto algo sale mal.

El carácter es una biografía, una foto en blanco y negro del niño que hemos sido, un recordatorio de la Primera Comunión.

"Fulanito tiene mucho carácter" sólo quiere decir en realidad: Fulanito se comporta a menudo como ese niño déspota que fue. Con tiranía infantil, con malhumor de niño contrariado, con el exhibicionismo del crío acostumbrado a que los mayores le rían todas las gracias, con la impaciencia, el egoísmo o la bondad espontánea de un niño.

Por eso decimos que el carácter es inevitable, que no lo hemos elegido y lo sufrimos. Fulanito es así, no lo puede evitar, es su carácter. Es su infancia, en realidad. Porque la infancia es la parte de la propia vida que uno no ha elegido, de la que no es responsable, lo que ha sufrido o disfrutado o a lo que se ha resignado.

Nuestro carácter es un delator: siempre cuenta un secreto de familia.

Cuando discutes sin razón, sólo por discutir, te veo cuando eras niña, como en un álbum de fotos; cada vez que te enfadas, veo a la niña que se asomaba el viernes a la puerta con el corazón en un puño, para ver si había venido su padre a buscarla o no. En tu entusiasmo repentino, en tu desolación ante una contrariedad minúscula, veo aparecer a la niña que miraba absorta, procuraba hacer buena letra y corría a más velocidad que los chicos. En cada contestación intempestiva, en cada risa imprevista, aparecen intactas tu cola de caballo, tu falda tableada, las uñas mordidas y esa goma de borrar Milán a la que a veces le dabas un mordisco: sabía parecido a la fresa, ¿verdad que sí?

Tú, ¿qué ves en mi carácter, como en un billete al trasluz? ¿Aquel niño que fui? ¿Lo has conocido ya? ¿Le has dado un beso o le has regañado? ¿Lo ves aparecer en cada enfado sin motivo, en cada cabezonería, en cada juego absorbente y solitario?

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lunes 30 de junio de 2008

Galimatías Gamoneda

Antonio Gamoneda es un poeta y firmó un manifiesto, el famoso manifiesto ese en defensa de la lengua española.

Yo no lo firmé, porque no estoy de acuerdo. ¿Defender el español? Me recuerda un poco a los obispos manifestándose en defensa de la familia. En España, el español está tan amenazado, acosado y ultrajado como la familia.

Los intelectuales defensores del español se me antojaban un tanto episcopales, como Rouco Varela con pancartas defendiendo a gritos el matrimonio entre un hombre y una mujer, la misa dominical y el sagrado derecho a comulgar de rodillas y en la boca.

Yo no firmé, digo, pero me parece muy bien que Gamoneda y Cía. lo firmaran.

Aunque no lo firmé, tonto no soy. No tanto. Ese manifiesto era una acción política.

¿Qué otra cosa iba a ser?

Si yo hubiera firmado, so el poder de Aznar, algo contra, pongamos, la invasión de Iraq, ¿sería razonable que luego me sorprendiera de que se utilizara contra Aznar?

El tal manifiesto nada tiene que ver con la lengua y todo con la política lingüística.

Gamoneda firmó.

Luego se pasó varios días en la mesa camilla, muy entretenido, con una lupa y un metro de costura, midiendo el cuerpo de la tipografía en que aparecía su nombre, viendo el orden en el que le ponían, comprobando qué tal salía en la foto, etc.

De pronto se dio cuenta de que el inmundo El Mundo utilizaba el tal manifiesto con fines políticos.

Qué sorpresa, ¿verdad?

¡Fines políticos! Hay que ser malvado: esos tíos de El Mundo son capaces de todo.

-Me la he cargado -debió de pensar Gamoneda-. ¡A Zeta Pe que voy! Esta vez sí que me la he cargado. Peor aún: ¡a la Vice que voy!

Y entonces decidió escribir un artículo en El País para desdecirse, este artículo.

Podría haber dicho simplemente: donde dije digo digo Diego. Pero no. No es de ésos Gamoneda.

Mejor pergeñar un galimatías ininteligible para decir que ha sido El Mundo el que, traicionando el espíritu incorpóreo del manifiesto, lo ha convertido en "una maniobra política".

Así que ya no está de acuerdo con lo que firmó. O sí, pero no con el uso que hacen de lo que firmó.

De paso nos informa de que él, Gamoneda, es el poeta favorito tanto de Aznar como de Zapatero. Al rey pone por testigo, el tío.

Claro: es que él, Gamoneda, está muy por encima de la política (esa cosa tan sucia y zafia), y por eso gusta por igual al PP que al PSOE.

Y a cualquiera que esté en la Moncloa: al poder, en general.

Al parecer, Gamoneda pensaba que el manifiesto era "una acción en absoluto ideológica".

Ahora comprueba, horrorizado, que tiene un sentido político.

¿Ideología? ¿Política? ¿Intervención pública con sentido político? ¡Hasta ahí podía llegar Gamoneda! Con ideología explícita, con sentido político, ¿se puede ser el poeta favorito del presidente del Gobierno, gobierne quien gobierne?

No, claro que no, así no se llega a ninguna parte: por eso Gamoneda escribe como escribe, de forma ininteligible, no sea que alguien vaya a descubrir un sentido (político incluso).

Tiene que ser deliberado, el estilo incomprensible de Gamoneda, digo. Me niego a creer que nadie que tenga el español como lengua materna pueda escribir así, salvo de intento.

Yo leí el manifiesto y cualquiera entendía que era una reclamación de acción política por parte del Gobierno.

También podía entender cualquiera qué clase de aliados encontraría en esa acción: El Mundo, Losantos, Rouco Varela, etc.

Vale, supongamos que Gamoneda no lo entendió. Si escribe así, ¿cómo leerá, el pobre?

En ese caso, lo que hace falta es decir: me equivoqué, creí que esto no tendría ninguna consecuencia política, pensé que no era una toma de posición ideológica, la verdad es que lo leí por encima y creí que era la típica tontería de qué bonito es el español y qué gran lengua de cultura y patatín, la típica quisicosa que un poeta laureado como yo debía de firmar.

Pues no: Gamoneda no ha dicho eso. Denuncia que ha sido víctima de "una maniobra política".

Qué pena, Gamoneda.

Para ser poeta áulico, hay que perfumarse. No oler a política. Si no, ¿cómo vas a ser el favorito a la vez de Aznar y Zapatero? ¿Cómo estar siempre a bien con el poder si uno huele mal?

A mí, la poesía me gusta como el queso: que huela a queso y que el poeta se manche, en lugar de escribir con un delantal puesto.

Entre Gamoneda y el queso de Gamoneu, no hay color.

El Gamoneu, de al lado de mi pueblo, de Cangas de Onís, huele bastante mal; el Gamoneda, en cambio, sólo perfuma.

Ojalá haya aún poetas que no puedan ser usados como perfume, que no se los puedan poner los políticos en el pañuelo para oler a rosas después de invadir Iraq, después de aprobar la directiva de retorno, sólo para demostrarnos que ellos también tienen mucha sensibilidad, como Javier Solana leyendo a Víctor Hugo antes de dar la orden de bombardear.

Ojalá haya aún poetas que no se dejen convertir en quesito en porciones para los banquetes de las autoridades. Poetas que huelan demasiado mal para formar parte de un cóctel en la Moncloa. Ojalá haya poesía que no sea "concebida como un lujo cultural por los neutrales".

Perdón, ya sé, hoy en día tampoco es de buen gusto leer a mi tocayo Gabriel Celaya. (Es que se llamaba Rafael.)

A mí me gustaba mucho a los dieciséis años una sobrina suya y le pedí al tío poeta que me dedicara un libro, en una Feria del Libro. Le dije que conocía a su sobrina Cecilia y que me gustaba ella más que su poesía, con perdón.

-Pues arrima cebolleta, macho, que por mí no hay problema: estáis en la edad - me recomendó, con una gran carcajada que recuerdo bien (parecía un hombre muy simpático, con ganas de que los demás estuvieran a gusto).

Y me firmó el libro.

Aún lo conservo. Aún lo leo. Aún lo cito.

En cambio, con la sobrina: al final nada de nada.

No tengo arreglo.

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sábado 28 de junio de 2008

Precisión

Me ha escrito Orejudo y me ha enviado la nota que le dejó Claudio Rodríguez, así que debo precisar que Claudio jamás escribió nada sobre una servilleta, sino en una hoja de un extraño cuaderno que sin duda debió de aportar él, puesto que ni Orejudo ni yo hemos sido jamás portadores o propietarios de un cuaderno semejante, ni siquiera parecido (de eso estoy seguro: de cuadernos y libretas sí que sé).




Nos hemos venido mi novia y yo a Piles, donde no hacemos más que engordar y aumentar el recuento de transaminasas. Nos trajo en coche Nata, con su hija Jiménez, previa advertencia de que ella, en carretera, no paraba nunca, iba directo Madrid-Piles para luego poder presumir en los bares de que daba cuenta del trayecto en tres horas.

Menos mal que siempre se puede confiar en la diminuta vejiga de mi novia, un órgano delicado y de capacidad mínima, una piedra preciosa y puntual, tal vez iridiscente, que a la altura de Honrubia ya no podía más, y así pude yo tomarme un whisky.

En Piles me paso el día haciendo el tonto, vestido de jeque, yendo y viniendo, escribiendo a ratos perdidos, tomando copas y acostándome temprano, como si fuera Proust, como si tuviera yo que andar pendiente de una obra maetra u Obra Maestra, ja, ja, ja.




Me ha escrito Álvarez-Barthe y, entre otras cosas, así dice:

"No estaría de más que introdujeras en tu blog un caveat o disclaimer dirigido a tus futuros biógrafos para que manejaran con la mayor precaución las informaciones que sobre tus andanzas, y las de las personas con las que tratas, difundes. ¿Propensión a la ginebra Giró? ¿Yo? !Amos anda! A Gordons lo que es de Gordons, y si alguna vez he trasegado la primera sería porque no tenían de la segunda, que uno para esas cosas es muy anglófilo. Otro asunto sobre el que no puedo callar. Como no desconoces, aparte de los problemas de autoría, "A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa" tiene una complicada historia crítica (bueno, no tan complicada, la propia de textos de esa edad y condición). Se conocen, en efecto, versiones de valor desigual. La que yo te recité on a gin-soaked afternoon in the late eighties no era, ni por el forro, la que reproduces en tu post. La que yo desgrané decía, por ejemplo: que aquel blanco y color de doña Elvira (y no: que ese blanco y carmín ...) Y también: Pero tras eso confesaros quiero (jamás: Pero también que confeséis yo quiero) Y, sobre todo, no terminaba:

Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul; ¿y es menos grande,
por no ser realidad, tanta belleza?


sino:

Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul. !Lástima grande
que no sea verdad tanta Belleza¡


La superioridad de esta última variante, convendrás conmigo, no necesita ser argumentada."

Estoy de acuerdo y, de hecho, ahora que lo dice Antonio, ésa es la variante que recuerdo.

Qué le vamos a hacer.

De jóvenes el Orejudo y yo queríamos escribir obras maestras, O Emes.

-¿Qué tal?
-Ya ves, tío, culminando una O Eme.

Era nuestra conversación habitual.

Estuvimos así una temporada, hasta que incorporamos también la U Eme, la Unidad Móvil.

La U Eme es esa cámara manual que te acompaña y te va filmando desde fuera, con lo cual no dejas de retransmitirte a ti mismo imágenes escogidas de tu propia actividad. En lugar de sentarte después de merendar y ponerte a escribir, te filmas a ti mismo escribiendo: héteme aquí, bajo el palio de la luz crepuscular, avanzando en una O Eme, inclinado sobre la Olivetti, etc.

La U Eme que te retransmite en directo para ti mismo, espectador único, es un suplicio. No puedes ni comprarte pantalones. Mientras te están tomando medidas para meterte los bajos, en el probador, la voz en off te va mostrando imágenes con un texto que te consuela de que nunca jamás los pantalones sean de tu talla: héteme aquí, un genio incomprendido al que nunca le quedan bien los pantalones, etc.

Hacer algo, una O Eme, por ejemplo, mientras te filma la U Eme, es agotador: tienes que andar con cuidado para no pisar un cable, hay que recordar que no se puede mirar a la cámara, hay que moverse despacio para no salirse de plano... En fin, se ve en la foto de contraportada de la mayoría de las novelas: el autor aparece envarado, rígido, con una incómoda conciencia de estar siendo filmado.

Vivir mirando a la cámara: eso, a ti ¿no te da mucha tristeza?

¿Cuándo te diste tú cuenta de que la O Eme y la U Eme eran la misma cosa? ¿Cuándo decidiste interrumpir la transmisión o dar la vuelta a la cámara, girarla en redondo sobre el trípode, para que así filme el mundo exterior en lugar de a ti mismo?

Una novela puede ser un aparato óptico, pero ¿sólo para contemplarse uno mismo? ¿Una O Eme usada como U Eme?

Debió de ser un día cualquiera, más bien por la tarde, bebiendo shots de Jameson en el Tara's Inn, en Port Jefferson, cuando descubrí mi agotamiento. No podía más, ya no me interesaba, ya no quería ver de reojo el puto piloto rojo de la cámara encendida filmando mi puta O Eme.

¿Se puede dar la vuelta a la cámara y que enfoque hacia los demás, en lugar de hacia ti?

Sucede entonces como con unos prismáticos: cuando los tienes mirando hacia ti mismo, del revés, lo ves todo más pequeño, más alejado, minúsculo, como si no tuviera importancia o como si no estuviera a tu alcance.

En cambio, si los pones en la posición correcta, si pones la U Eme y la O Eme mirando hacia fuera, la realidad aumenta de tamaño, gana importancia, adquiere detalles imprevistos y, al final, estás también dentro de ella: te haces real, sales en la foto, pero sin estar mirando a la cámara.

En fin.

Otra precisión: no estoy de acuerdo con las bobadas que ha dicho la ministra sobre el velo.

Mira esta foto:



Estoy con un profesor de universidad y con una traductora. ¿Tú la ves oprimida? ¿Discriminada? Yo no. He estado en muchas otras situaciones parecidas, con el profesor con su reglamentaria corbata y la traductora con el traje sastre de ordenanza: ¿no hay una opresión parecida, una discriminación semejante, una sumisión equivalente a la autoridad?

En fin.

Madrugo, cojo papel y lápiz y comienzo:

Longtemps, je me suis couché de bonne heure...

Luego lo tacho y escribo:

Durante una pausa en el proceso Melvinski, en el vasto edificio de la Audiencia...

Pero lo vuelvo a tachar...

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sábado 21 de junio de 2008

Miénteme

Tengo una gran cantidad de amigos diplomáticos, así que no me extraña que el servicio exterior español esté a la cuarta pregunta, ¿qué se puede esperar de unos tipos que se resignan a ser mis amigos?

Raro será que no estalle una guerra.

A Antonio Álvarez-Barthe, que ahora es Consejero de Cultura en la Embajada de Rabat, lo conocí hace ya veinte años, en Madrid. Lo que más le gustaba era la hipérbole irónica y erudita, las chicas con pantalones o faldas cortas de piel de leopardo y beber cualquier alcohol destilado, a condición de que se lo sirvieran sin hielo (si bien propendía a la ginebra Giró).

En aquellos tiempos en que padecíamos una keynesiana "preferencia de liquidez" fue Antonio el que me hizo conocer aquel soneto de uno de los hermanos Argensola (no está claro si Bartolomé o Lupercio Leonardo):

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que ese blanco y carmín de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

Pero también que confeséis yo quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual en rostro verdadero.

¿Qué, pues, que yo mucho perdido ande
por un engaño tal, ya que sabemos
que nos engaña igual Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul; ¿y es menos grande,
por no ser realidad, tanta belleza?


Formidable, ¿verdad? Esta defensa del maquillaje, en el siglo XVI (o principios del XVII) me conmovió. Antonio escribió entonces un magnífico estudio (en una revista mexicana) sobre el soneto y el diálogo que ha mantenido con la idea de verdad y belleza la historia de la literatura. Borges, por ejemplo, le contestaba con el famoso artículo: "El cielo azul es cielo y es azul" y quizá en aquel poema que termina:

El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.


Tenue y eterno... qué felicidad, ¿no? Como diría Borges, en cada página hay una felicidad.

Los poetas siempre están contra el tiempo, es una insurreción contra la eternidad, a favor del instante; contra los valores, a favor de los bienes; contra la verdad, a favor de la belleza. Al final, es una insurrección contra la muerte, que es eterna y verdadera, y a favor de la vida, ese espejismo fugaz, tenue y quebradizo, que sólo el arte puede hacer que perdure. Por eso los tipos de Altamira pintaban bisontes con pigmentos inalterables y Antonio Machado hablaba de la "palabra en el tiempo", es decir, contra el tiempo.

Miénteme, dime que me quieres, ¿te acuerdas de Johnny Guitar? ¿Recuerdas aquel diálogo de Johnny con Vienna, la espectacular Joan Crawford, que repetíamos por los bares desoladores de tu barrio sin árboles en las aceras ni charcos ni ropa tendida en los patios de luces?

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú recuerdas.
Johnny: ¡No te vayas!
Vienna: No me he movido.
Johnny: Dime algo agradable.
Vienna: Claro. ¿Qué quieres que te diga?
Johnny: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.
Vienna: Te he esperado todos estos años.
Johnny: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.
Vienna: Habría muerto si tú no hubieses vuelto.
Johnny: Dime que aún me quieres como yo te quiero.
Vienna: Aún te quiero como tú me quieres.
Johnny: Gracias (bebe un trago de whisky). Muchas gracias.


Muchos años después, mi amigo Claudio Chiaramonte me regaló en Nueva York un disco de una amiga suya, argentina, que cantaba el poema de Argensola con aire de tango, así que se puede decir que ese poema no me ha dejado nunca en paz, hasta hoy mismo.

Total, que me han traducido un libro al árabe y me fui a presentarlo. Se titula más o menos, en árabe, Muhakamat Addabía, o sea, juicios literios.

Llegué a Casablanca y me llevó un coche a la Embajada en Rabat. En Marruecos conducen como lo haría alguien a quien le acaban de diagnosticar una enfermedad mortal: con un alegre fanatismo y una impaciencia fatalista. Pasé algo de miedo, para qué mentir.

Antonio tenía guardía y esperamos en su despacho, hablando de chicas, claro, de qué vamos a hablar a nuestra edad.

Luego fuimos a su casa, donde estuve muy a gusto, con su biblioteca y su bodega a mi disposición. Comíamos en el jardín, con buen vino, y los libros al alcance de la mano, porque Antonio es de una precisión admirable.

-Eso es un poco como lo que decía Brecht -podía decir yo, por ejemplo.

Y Antonio se levantaba y traía a Brecht y, en treinta segundos, leía en voz alta, en alemán, la frase exacta.

Así que yo bebía el doble, mientras él iba y venía acarretando la historia de la cultura. Trajo el Corán, Nabokov, Rilke, los inevitables hermanos Argensola, Flaubert, Melville y hasta un ejemplar de Marta Harnecker que resultó ser el mío, que se lo habría dejado a Antonio en aquellos tiempos; me emocioné al ver mi nombre en la primera hoja y una fecha remotísima.

-Llévatelo.

-No, macho, quédatelo. No lo he echado de menos en un cuarto de siglo...

-¿Nunca has necesitado aclarar un concepto, qué sé yo, algo de la alienación?

-Sí, claro, pero me aguanto y me sirvo otra copa: el hombre es voluntad.

-Miénteme, dime que lo has echado de menos.

-He echado de menos los Conceptos elementales del materialismo histórico.

-Eso me tranquiliza.

Pasé unos días allí, yendo a cócteles de diplomáticos y cosas así. Di una conferencia en la Universidad de Rabat, la Mohamed V Agdal. Como en todo el mundo, en Filología predominan las chicas, aunque algo más variadas que en mi antigua Autónoma, hay que reconocerlo.

Tal que así:



Un día, con Alfredo Mateos, del Cervantes, compramos tres kilos de percebes (¡a cuatro euros!) y nos los comimos con jamón ibéricos (Antonio debe de llevarlo en valija diplomática) y unas cuantas botellas de single malt.

Antes pasamos por la medina porque nos hacía falta laurel y otras cosas,pero ¿cómo narices se dice laurel en árabe o francés? Ninguno de los tres nos acordábamos, así que pasamos la tarde intentando describir una hoja de laurel, que no es tarea fácil, y oliendo todas las hierbas que nos iban sacando y rechazándolas, hasta que apareció el laurel.

Nos dijeron cómo se decía en árabe, pero se me ha olvidado.

Aquí están en la medina de Rabat Antonio, a la izquierda; y Alfredo, a la derecha.




Las cinco de la mañana nos dieron. Bebimos como esponjas. Conversación de chicos: recuento de novias (entre los tres, llegaban a tres cifras), aventuras, ¿has tenido muchas experiencias de squirting? (dos manos levantadas), ¿cuándo has pasado vergüenza en la cama? (no menos que novias, entre los tres), y aquella vez que llaman a la puerta y...

También presentamos el libro en la la librería Kalila wa Dimma de Rabat.

Luego me fui a Casablanca.

Allí me recibió Larbi El Harti, de quien me hice amigo de forma instantánea. Qué simpatía y qué alegría transmite. Comimos al lado del mar, viendo las olas contra los acantilados y hablando de política. La cerveza Casablanca me gustó casi tanto como la Mahou; el Johnny Walker es invariable en cualquier latitud. Tomé salmonetes. Larbi me preguntó por Anusca: le habían hablado de ella. ¿Quién? Pues otros papás del cole que estuvieron por allí, Olvido y José Freixanes, que hizo una exposición espectacular en la catedral de Casablanca, en la que desplegó una enorme tela cosida con retales de ropa usada por inmigrantes de pateras. Lo efímero, la tela ligera, lo tenue (y eterno) contrapuesto a lo sólido, a la voluntad de permanencia de la enorme catedral.

No se puede ir a ningún sitio sin encontrarse con los fabulosos papás y mamás del Rufi, desde luego.

Por la tarde hicimos una presentación de nuestro libro mi traductora y yo.

Aquí estoy con Fatima Lehsini, mi traductora:



Me encantó Fatima, me pareció que podía haber tomate, ¿tú que crees? Yo no voy a decir nada, que luego mi novia se enfurruña. Que no se entere, ni una palabra, ya sabes.

Sólo diré que me hicieron unas entrevistas a las que respondí en mi cómico francés conjetural, vehemente y disparatado, luego tomamos unas copas con Larbi y nos fuimos a cenar al puerto, donde nos hicieron una lubina resplandeciente.

Aquí estoy en Casablanca, en un bar muy agradable donde, como se ve detrás de mí, la gente va a hacerse arrumacos y carantoñas a la puesta del sol:




Ayer volví cansado y contento.

-Miénteme, anda: dime que no has hecho ninguna travesuras con ninguna traductora, por ejemplo.

-No he hecho ninguna travesura.

-Dime que me has echado de menos.

-Te he echado de menos.

-Mira que eres tonto.

-Miénteme, dime que me quieres.

-Anda, ven, vamos a ponernos una copa.

-Vamos.

Y fuimos, como quien salta a bordo, aunque sea de la barca grande del Retiro, como en esta foto:

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domingo 15 de junio de 2008

Claudio: la poesía y la leche

He estado por ahí en varias borracherías, como decía Claudio Rodríguez en aquel poema, Con media azumbre de vino, que empieza:

¡Nunca serenos!¡Siempre
con vino encima! ¿Quién va a aguarlo ahora
que estamos en el pueblo y lo bebemos
en paz?


Y se pregunta:

¿Dónde quedaron mis borracherías?


En Donosti estuve con el amigo Iban Zaldua, en nuestro legendario espectáculo cómico Novela contra Cuento.

Casi nos tiran al pilón.



Aunque al final nos invitaron a cenar. Aquí está Iban, nunca sereno.

Yo fui uno de esos niños que no saben imitar voces. Apenas sabía hacer a Alfonso Sánchez y a Félix Rodríguez de La Fuente, con nuestro amigo el abejaruco, que parece ser que es un pajarraco coraciforme que se come a las abejas.

Y pare usted de contar. Esto me traumatizó mucho en el patio del colegio. Cuando yo intentaba imitar a Uri Geller, Iñigo o al Caudillo, nadie los reconocía.

En mi juventud, sin embargo, me convertí en un inmejorable, respetado y reconocido imitador de Claudio Rodríguez.

Eso me salvó.

Me aprendí sus poemas de memoria sólo para poder imitar su voz y su extraña, sobrecogedora, fluvial manera de recitar.

Entrábamos a un bar y yo declamaba:

-¿A qué otra cosa hemos venido aquí sino a vendernos?

-¿Quién hace cada vez menos creados a los seres? -preguntaba a su vez Orejudo.

Al irnos de los bares concluíamos, a modo de advertencia dirigida a los parroquianos:

-Largo se le hace el día a quien no ama...

-...y él lo sabe.

Estaríamos en segundo de carrera o así el Orejudo y yo cuando nos cogimos una gran merluza con Claudio, en Madrid, por unas calles en cuesta cerca del Viaducto. Fuimos a la presentación de un libro de Ramón Cote, un poeta colombiano (hijo de poeta, además). Orejudo y yo habíamos publicado unos poemas escritos a medias en una revista que se llamaba Amén (la dirigía José Luis Gallero). Unos poemas sobre lo que se sentía al darle un beso con lengua a la Infanta Cristina en lo alto de una noria y cosas así, comprometidas, de gran tensión emocional.

Conocimos a Claudio y nos fuimos por ahí a seguir tomando vasos de vino. De madrugada, Claudio apuntó su nombre, teléfono y dirección en una servilleta. Orejudo la conserva. Yo le he recomendado que la enmarque.

Claudio es uno de los grandes poetas, así, sin más, no de España, no del siglo, no de su edad: uno de los grandes. Como Rimbaud o San Juan de la Cruz.

Un día, muy borrachos, ya de día, volviamos Claudio, Orejudo y yo y chicoleamos con una señora ya no joven, ni demasiado guapa, cecante y con anillos en todos los dedos, pero que llevaba puesto un sombrero y estaba en el mismo estado nebuloso y vehemente que nosotros tres. Barajamos la idea de irnos los cuatro juntos a la cama, pero al final el Orejudo y yo, con esa timidez inoportuna de la juventud, nos echamos atrás. Dejamos solo a Claudio y no sé qué harían él y la mujer del sombrero.

Qué gilipollas fuimos. Mira que nos hemos arrepentido veces.

Eso pasó en un viaje a Santander. En una discoteca no nos dejaron entrar porque Claudio llevaba zapatos de rejila.

-Es inmortal -le aseguraba yo al macarra que hacía de portero.

-Es un borracho -decía el macarra, especialista en lo obvio, como todos los macarras.

-También, también -concedía Claudio.

Y luego nos decía a nosotros:

-Pues vámonos a un bingo, que dan de beber y está abierto.

Esos días en Santander, hiciera lo que hiciera por la noche, todas las mañanas encontrábamos a las ocho a Claudio en el bar, tomando café, peinado al agua como un niño bueno, decidido a pasear a grandes zancadas y a tocar con las manos la corteza de los árboles.

Después de ese viaje ya no volvimos a ver nunca a Claudio, no éramos amigos ni nada parecido, sólo coincidimos en unas pocas juergas.

Sin embargo, desde hace veinticinco años por lo menos, no pasa un mes sin que vuelva a leer alguno de sus poemas.

¿De qué trata la poesía de Claudio? ¿Trata de algo la poesía, en general?

Yo creo que sí. La de Claudio, para mí, trata de la inocencia y la culpa. De la bondad, de eso que Shakespeare llamaba the milk of human kindness (Macbeth, I, 5).

Lady Macbeth habla sola y reflexiona, duda que el otro sea capaz de cometer un crimen para conseguir lo que desea:

Yet do I fear thy nature;
It is too full o' the milk of human kindness
to catch the nearest way.


Como si dijera: Sin embargo, desconfío de tu naturaleza; está demasiado llena de la leche de la ternura humana como para elegir el camino más corto.

Para mí la poesía de Claudio es así: empapada de esa leche que le impide hacer trampas, escoger el camino más corto, usar atajos. También es una mirada sobre ese cántaro de leche y una pregunta: ¿cómo se derrama? ¿Cómo puede echarse a perder? ¿Cómo conservarla? ¿Para qué llorar por la leche derramada?

En fin, como diría él:

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta,
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles?


... en fin, ya me conoces, si tiro del hilo de Claudio Rodríguez, devano el ovillo entero: ahora me pondré un whisky y seguiré leyendo toda la mañana, qué le vamos a hacer, ¡con todo el trabajo que tengo pendiente!

Cogeremos un sillón cada uno, Anusca y yo, y a leer:



Y luego comeremos huevos fritos con patatas. ¿Te apuntas?

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miércoles 11 de junio de 2008

Javier Marías emparedado

He estado con catarro y en varias borracherías, tanto en Donosti como en Madrid.

Te lo cuento otro rato.

Estos días, sin embargo, me han dado muchos la lata con un artículo de Javier Marías.

Lo he leído. Denuncia Marías su posición emparedado, metido en un sandwich, entre dos generaciones literarias de aduladores, resentidos y rencorosos. Cuando él empezó a publicar, todos eran unos interesados, flatulentos, etc. Lo peor no es eso: en cuanto Marías se hizo conocido, la generación siguiente también empezó a comportarse igual: haciéndole la pelota, pasando factura por la adulación, etc. Sólo él, Marías, como en el poema de Kipling, supo mantenerse firme y no ceder a la tentación, sólo él será un hombre, hijo mío.

Pues bien, pues vale.

Es conmovedor que los escritores de una cierta edad ya se propongan a sí mismos como espejo de virtudes morales.

Entre los ejemplos que cita de pestíferos aduladores y miserables cobistas que declaran admiración y luego pasan factura (o se tornan odiadores por resentimiento si no les devuelves el favor) cita a un tal bloguero R y dice:

El bloguero R me mandó un libro suyo humorístico en cuya dedicatoria me aseguraba que el humor era una forma de admiración; lo hojeé, y al ver que, en contra de lo que él creía, Dios no lo había llamado por esa senda (no tenía ni puta gracia, ni la tiene jamás), me abstuve de contestarle; desde entonces sólo me llegan ecos de sus diatribas contra mí, y me pregunto qué se hizo de la humorística admiración.


¿Que si se refiere a mí?

No, estoy seguro de que es un ejemplo inventado.

Primero, no creo que sepa ni quién soy.

Segundo, Marías es un caballero y una persona adulta. Si quisiera decir algo de mí, lo diría con nombre y apellido, no utilizaría una pulla de patio de colegio.

Tercero, Marías, si se refiriera a mí, no omitiría ciertos datos, como por ejemplo: qué libro le envié, de qué trataba, cómo salía él parado en ese libro, qué decía de él allí, etc.

No conozco de nada a Javier Marías.

Publiqué cinco novelas, cinco, y jamás se me ocurrió enviarle ninguna.

Sin embargo, en mi sexta novela, Manual de literatura para caníbales, Javier Marías aparecía como uno de los personajes.

Es una novela humorística y Marías aparece caricaturizado. Dadas las circunstancias, me pareció que lo decente era enviarle un ejemplar.

¿Para buscar su apoyo o hacerle la pelota? No fastidies: enviarle precisamente ese libro a Javier Marías con esa finalidad no se le ocurre ni al que asó la manteca.

Lo hice sólo porque me parecía lo decente: si caricaturizo a alguien, se lo digo y ya está.

No recuerdo qué le puse, pero sí recuerdo que venía a decir que confiaba en que no se lo tomara a mal, y que tuviera en cuenta que el humor también es una forma de admiración.

Si se refiriera a mí, Marías no habría omitido todo esto, que alteraría de forma muy significativa la historia, ¿no te parece? Por tanto, no se puede referir a mí, porque Marías no haría algo tan torticero.

"Desde entonces" no he lanzado ninguna diatriba contra Marías: entre otras cosas porque lo que tenía que decir sobre él ya lo había dicho en ese libro, con nombre y apellido, y que además le envié.

De hecho, si me preguntan, evito hablar de Marías.

Salvo para recomendar sus artículos y un libro de semblanzas de escritores que tiene y que me parece estupendo.

Sólo escribí, desde entonces, un artículo sobre Marías.

Me enteré de que un tal Alcaraz, un energúmeno de la AVT, le había puesto una denuncia (o se la iba a poner) por un artículo.

Leí el artículo de Marías y consideré mi obligación defender públicamente su posición, y así lo hice en El Cultural, de El Mundo. Dado que nunca he sido un defensor de las novelas de Marías (le mandé el libro por eso, para hacer las cosas por encima de la mesa, con buen humor), creí que podía defender su posición con libertad, sin que nadie pensara que buscaba con ello obtener ningún favor.

Y eso es todo. Mi mayor diatriba contra Marías estaba ya en el libro que le envié y no leyó (si es que eso se refiere a mí).

En mi caso, la "humorística admiración" sigue siendo la misma que en ese libro y goza de buena salud: no he cambiado ni un milímetro.

Por todo eso pienso, estoy seguro de que no se refiere a mí.

Y sobre todo, porque me parecería demasiado infantil.

Por lo demás, lo que pienso sobre los libros de Marías ya lo he dicho (mucho antes de enviarle el libro aquel, que le envié por cortesía, ya que le había convertido en personaje).

Personalmente no le conozco. Le vi en una ocasión, en un cóctel, en el año 2003. No le saludé, porque no le conocía y, siendo él un escritor famoso y yo un don nadie, me parecía poco educado solicitar a cualquiera que me lo presentara.

Era el cóctel de la Fundación José Manuel Lara, con motivo del premio a la mejor novela del año. Las cinco novelas finalistas eran de estos cinco autores: de Marías, de Almudena Grandes, de Terenci Moix, de Vila-Matas y una mía.

El premio se falla en una cena, pero a eso de las cuatro me llamó mi editor, Pote Huerta, y me dijo que había ganado Terenci.

Me alegré.

La misma llamada debieron de recibir los otros cuatro.

Sin embargo, los únicos que, aun sabiendo que no habíamos ganado, acudimos al cóctel y a la cena fuimos Javier Marías y yo.

Esto lo he contado otras veces en muchos sitios.

Sólo por ese gesto siempre he pensado que es un caballero y le tengo aprecio.

Por eso no creo que se refiriera a mí. Estoy seguro. Sería una chiquillada de patio de colegio y una media verdad engañosa, algo impropio de Marías.

No pienses mal.

No dudo, sin embargo, que a Marías le parezca que no tengo ni puta gracia jamás.

Bueno, vale, me parece muy bien que lo juzgue así y, sólo por eso, no me voy a enfadar.

Y ya está, nada más.

A ver si mañana o pasado puedo escribirte algo más divertido.

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lunes 2 de junio de 2008

¡Feliz cumpleaños!

Leí esta frase en un periódico (El Mundo, 1 junio de 2008):

Aquí tienes mi vida. Haz lo que quieras con ella.


Es el lenguaje de la pasión, ¿verdad? Es la expresión de una entrega amorosa, ¿a que sí?

Pues no. Para nada. Al parecer, es lo que un asesino le diría a su víctima, si pudiera. O al padre de su víctima. Pertenece a un cuestionario que se le hizo a unos 5.000 internos en prisiones. Hubo quienes escupieron sobre el papel o escribieron "ja, ja: se lo tenía merecido". Sin embargo, la mayoría le diría a su víctima: "Haz lo que quieras con mi vida".

La verdad es que me dejó pensativo, mientras tomaba un whisky en el bar de Pedro.

¿Por qué se parece tanto a un amor apasionado?

¿Es una declaración de amor siempre una confesión de culpa? ¿No hay pasión inocente? ¿No hay entrega sin deuda? ¿El amor no es más que arrepentimiento?

O como decía Balzac de las grandes fortunas: detrás de cada gran amor siempre hay un gran crimen.

Fuera yo poeta, escribiría un poema al respective. Como no lo soy (gracias sean dadas al cielo), lo que hice fue pedir otro whisky (con unas almendritas que tengas por ahí, Pedro, por favor) y preguntarme: ¿qué crimen habré cometido para querer tanto? ¿De qué estaré tan arrepentido para ser capaz de amar así? ¿Amar es sólo la expresión de la necesidad de ser perdonado? ¿Una súplica? ¿Dolor de corazón o propósito de enmienda?

El amor parece, entonces, una forma de mala conciencia, una expiación, el castigo que libera de la culpa.

Y además, ¿para qué rayos escribir un poema si lo escriben mucho mejor los presos? En el mismo estudio del que habla el periódico (y que dice que aparecerá en libro en noviembre) cita esta otra respuesta de un preso, escrita "con letra de parvulario":

Perdóname tú, por ti rezo.


No hay muchas maneras mejores de empezar un bolero, ¿no te parece? O una canción de José Alfredo Jiménez.

A mí, qué quieres que te diga, el Cancionero de José Alfredo Jiménez me parece de tanto o más valor que el de Petrarca.

Mañana, 3 de junio, cumple un año este blog. La primera entrada la hice el 3 de junio de 2007. Era sobre los bares de Madrid. Desde entonce, 130 entradas. Casi una cada tres días.

Un año entero en mi celda, amarrado al teclado, así, tal y como me fotografió el otro día mi hija, mientras ella desayunaba y veía dibujos en la tele:




Así día tras día. Bajo una foto de mi padre de niño, una acuarela pintada por mi madre (la puerta de nuestra casa de Cangas de Onís, hoy en día derribada) y un dibujo a tinta que le envió un pintor a un bisabuelo mío para pedirle dinero: son unas caras desfiguradas y pone debajo: "D. Rafael, esto es el cuadro del hambre y la desesperación".


Así estoy, como un cautivo enamorado, culpable y arrepentido, diciéndole a los hipotéticos lectores a los que no les interesa mi vida privada:

Aquí está mi vida. Haz lo que quieras con ella.

Y también: felicidades. Quiero felicitarte a ti. A todos los que me habéis leído y habéis escrito comentarios. Gracias. Ha sido un buen año.

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