En un rato marcho para Asturias, allí estaré hasta el domingo.
Te espero el sábado en Llueves, sólo tienes que llevar algún gorro, sombrero, boina, montera picona, ros, turbante… lo que te dé la gana, cualquier tocado en la cabeza, para descubrirte ante el Oso, el primer regicida de España, que en el 793 se merendó al indigesto rey Favila para abrir camino a la República.
Cantaremos, beberemos, nos reiremos y, al paso del Oso, nos quitaremos el sombrero.
Si hay que quitarse algo más, eso ya lo iremos viendo sobre la marcha.
Habrá gaitas, garantizado. Habrá buen humor, a espuertas. Habrá entusiasmo, a carretadas.

¿Te vas a perder esto? ¿Y si proclamamos por fin la III República española este sábado en Llueves? ¿Tú no quieres estar también allí?

Vente, te esperamos en la fiesta tricolor.
¿Y si este sábado, en Asturias, empieza todo?
En noviembre Magnus Carlsen se enfrentará a Viswanathan Anand en el campeonato del mundo, en Chennai (India), que es el lugar donde nació Anand.
Carlsen, como es de rigor, ha protestado, no sólo por el sitio en sí, sino porque, de celebrarse en París, habría en juego un millón de dólares más.
Como se sabe, Carlsen es el hombre de moda en ajedrez, con un ELO como la copa de un pino.
En 2009 se reveló que Gari Kaspárov estaba entrenando en secreto a Carlsen. No sólo eso, sino que se difundieron unas fotos que a mí me hacen mucha gracia. Ésta es una.

Conmovedor, ¿verdad?
Kaspárov tiene mi edad; Magnus Carlsen, veintidós años (aunque en la foto tenía diecinueve).
Da gusto verlos, parecen hooligans, un electricista de Manchester y su sobrino de vacaciones en Benidorm. Kaspárov en camiseta, con las gafas de cerca, peludo y corpulento (siempre le han llamado “el ogro de Bakú”) y el chaval zanquilargo, hosco como buen adolescente, con ese aspecto de los chicos listos, que parecen aburridos, atontolinados, pero con intermitencias de curiosidad luminosa como relámpagos en una tormenta.
Fíjate en la mochila de Carlsen sobre la silla. Podría ser una imagen del tío simpático que le está dando en verano clases de recuperación a su sobrino, que ha suspendido tres, el botarate.
Pero no: son dos de los cerebros más afilados que hay en estos momentos sobre la corteza terrestre.
Si alguien piensa que cómo va a enseñarle sus secretos Kaspárov a un chaval que le hace sombra (le saca un par de cabezas en ELO), es que no comprende nada. Puede que se aborrezcan, pero si alguien entiende a Carlsen en el planeta, ése es Kasparov. Y viceversa.
En uno de mis blogs favoritos, el de Federico Marín Bellón, Jugar con cabeza, hay más información sobre cómo se entrenan los grandes maestros: aquí lo tienes.
Existen pocas actividades humanas en las que la diferencia entre alguien muy bueno y los grandes maestros sea tan abismal, tan inconmensurable como en el ajedrez. Los grandes maestros son personas distintas, que sólo se comprenden entre ellos. ¿Cómo no va desear Kaspárov entrenar a Carlsen?
¿Qué hacen? Estudian y analizan, juegan varias partidas rápidas en las que ponen a prueba ideas, buscan la invariante de un laberinto infinito, de vez en cuando ponen la tele y ven su serie favorita, beben mucha agua , pero dentro de un rato, el gran Kaspárov le dirá al joven Magnus: vamos a tomar una cañita, que nos la hemos ganado, tío, con una tapa de boquerones, ¿te hace?
Miro estas fotos y me río solo.
Me imagino, pongamos, a Felipe González, en camiseta de tirantes, en una habitación semejante a aquella en la que pillaron al director de la Guardia Civil, Roldán (con sillones de escay, señoras en bragas y la tele puesta) y a un Zapatero zanquilargo, despatarrado y lánguido, con vaqueros y zapatillas de deporte.
Veo la foto. Felipe está “entrenando” a ZP.
Le enseña todos sus trucos de trilero, su prosopopeya de encantador de serpientes, todas las bonnes adresses en la banca, la empresa y Latinoamérica; de vez en cuando le da un pescozón, impaciente ante la dureza de la mollera del discípulo: ¡Espabila, Zetapé, que no te enteras!
Luego me imagino a Felipe, en su bodeguiya, regando un bonsái y viendo a Zapatero por la tele, desolado:
-Que Dios me perdone, Carmen… ¡He creado un monstruo!
Veo la foto. Juan Benet está “entrenando” a Javier Marías.
Están en casa de Benet, calle Pisuerga 7. En camiseta, Benet parece escuchimizado y como si le hubiera crecido la cabeza o se la hubieran atornillado a los hombros, procedente de alguien de otra talla, casi de la talla de Neruda o Balzac. Marías va vestido de saltimbanqui y, cuando se aburre, hace unos volatines para relajarse.
Benet le corrige unos folios mecanografiados, le cambia los adjetivos, le sugiere construcciones subordinadas con las que alargar la frase durante otras dos páginas, tacha renglones enteros con lápiz rojo; de vez en cuando no aguanta más y le da en los nudillos con una regla, exasperado: ¡Ponte las pilas, Javi, zascandil, que más que grand style a ti te sale siempre el prospecto de un medicamento!
Luego me imagino a Benet, en su otomana, tomando un whisky y viendo a Marías por la tele, desolado:
-Que Dios me perdone, Blanca… ¡He creado un monstruo!
