En estos días cientos de autobuses atraviesan la península cargados de niños con cantimploras.
Todos se van de campamento.
Los padres suponemos que “entran en contacto” con la naturaleza, y debe de ser cierto, porque vuelven llenos de picaduras de mosquitos, tábanos, arañas y otras especies sin el más mínimo peligro de extinción, al parecer.
Llegan a agotados y felices, todos han crecido durante esos días, y parece que se hayan vuelto tal y como se han negado a ser durante todo el curso: intentan hacerse la cama, ayudan a recoger, se comen lo que haya sin rechistar y te intentan sorprender con su nuevo repertorio de canciones obscenas y chistes verdes. De pronto el compañerismo es su lema y madrugar con entusiasmo el norte de su vida.
El efecto dura cuatro, cinco días máximo.
Al sexto, ya prorrumpen en alaridos ante unas simples judías verdes y amenazan con “gomitar” ipso facto (¡Otra vez verdura! ¡No! ¡Te lo suplico!), su armario adquiere interés arqueológico por las capas de ropa sucia superpuesta, bragas fósiles y camisetas hechas un burruño, y la sugerencia de que lleven un plato al fregadero la reciben como una exhibición de sadismo paterno y crueldad inhumana.
Hay que buscar otro campamento, ¡rápido!
Los despedimos a pie de autobús, tal que así:

Cuando arranca, papás y mamás aplaudimos y nos abrazamos, incapaces de contener la alegría. Sollozamos de satisfacción y, tras restañarnos las lágrimas, nos lanzamos al primer bar disponible.
Soñadores, tal que así:

Algunos aprovechamos para saltar a otro autobús y hacer un viaje: ¡campamento de adultos, con nuestras cantimploras de whisky!
Recorremos la península a bordo del siempre maldecido Auto-Res, cruzándonos con autocares repletos de niños con cantimploras.
Viajamos tal que así, leyendo:

(Sí, es un libro de la colección La Esfinge. No la hubo mejor en novela negra y de espionaje. Mi madre la tenía completa (creo que la debe de tener mi hermana Maite ahora) y yo me los devoré uno por uno. El que lee Violeta se lo regaló Crescencio, nuestro librero, porque es de un autor amigo de ella (y mío) y vecino.
¿A que ya sabes qué estaba leyendo?)
Justo a tiempo, cuando aparece el autobús de vuelta de los niños, llegamos los mayores.
Volvemos agotados y felices, todos hemos engordado durante esos días y parece que nos hayamos vuelto tal y como nos hemos negado a ser el resto del curso: más cordiales, incapaces de hacernos daño el uno al otro, partidarios de la alegría y convencidos de que quién tiene más razón es algo sin ninguna importancia. Nos tratamos con cuidado y cariño, con pasión y precisión, con amabilidad deliberada y lujuria imprevista. Nos aceptamos el uno al otro tal y como somos y nos contamos al oído, sin desfigurarlos demasiado, esos recuerdos que nos hacen agachar la cabeza.
El efecto dura cuatro, cinco días máximo.
Al sexto, ya estamos decididos a recurrir a cualquier bajeza para imponernos, en todas las conversaciones hay trastienda, mar de fondo bien disimulado, pero con las peores intenciones; y el rencor se prolonga mucho más que la memoria del agravio: seguimos de mala leche, incluso cuándo ya no recordamos por qué.
Hay que buscar otro campamento, ¡rápido!
Así estamos: hijos y padres recorriendo grandes distancias a ver si nos reconciliamos con nosotros mismos.
Damos vueltas y vueltas en autobuses de línea, como el que da vueltas en la cama, buscando una postura que nos permita, por fin, conciliar el sueño reparador.
El sueño de la alegría y la sencillez, el de la vida buena.
Como decía Antonio Machado:
Y no es verdad, dolor, yo te conozco:
tú eres nostalgia de la vida buena,
y soledad de corazón sombrío.
Eso es lo único que de verdad nos duele.
Que no sabemos vivir todo el año de acampada.
A mí no me gusta tener muchos libros en casa. Siempre me ha ilusionado más leer libros prestados. Lo que más me gustaba del mundo era cuando alguien sacaba del bolsillo de la trenca o de la verdadera parka coreana Ying un desportillado volumen y te decía:
-Me lo acabo de terminar: ¡tienes que leerlo!
Me lo devoraba esa misma noche, aunque me escocieran los ojos.
Casi todo lo he leído de bibliotecas, salvo en la Nacional, que es un lugar que detesto. Iba de niño, cuando estaba en el colegio (y aún había una sección de préstamo o circulante). Luego lo cambiaron todo.
Una vez, después de que la reformaran, fui a sacarme el carnet y me preguntaron qué quería leer.
-Libros, claro. No te fastidia.
Querían que les dijera qué libros y para qué quería leerlos. Además, necesitaba una carta de un profesor de universidad.
-Pero yo soy profesor de universidad -aduje, porque entonces lo era, si bien en otro país.
-De una universidad española -me advirtieron.
Para leer necesitaba la autorización de un funcionario español y explicar con qué propósito (oscuro, sin duda) quería leer. Me quedé de piedra.
Llevaba años leyendo sin problemas en las mejores bibliotecas del mundo y aquí, en Madrid, todo eran obstáculos. Luego leía en los periódicos la propaganda, que si estaban convirtiendo la Nacional en un centro a la altura de las grandes bibliotecas del mundo, etc., y no daba crédito: en ninguna de las grandes bibliotecas del mundo me habían pedido ni la hora para dejarme leer sin problemas.
Me imaginaba a Carlos Marx, un extranjero, en la biblioteca del Museo Británico:
-Verá, me propongo leer unos libros de Economía con el objetivo de destruir el capitalismo y provocar una revolución proletaria.
-Ah, pues en ese caso, va a ser difícil, amigo. ¿Contará usted con la autorización de algún funcionario británico para eso que dice que va a hacer, verdad?
En la Nacional de Madrid, hoy Marx no podría escribir El Capital.
No es sorprendente que la reforma de la Biblioteca la emprendiera un partido socialdemócrata como el PSOE.
Vale, no es difícil conseguir la firma y la tarjeta de investigador: es una cuestión de principios o de cabezonería, llámalo equis.
Otra vez iba a entrar a la Nacional y llevaba una bolsa con cuadernos.
-¿Lleva ahí un ordenador? -me preguntó el tipo de la puerta.
-No, qué va. Lápices y cuadernos -dije, mostrando el contenido.
-Entonces no puede entrar con la bolsa, tiene que dejarla en consigna.
-Perdone, ¿quiere decir que, si además de esto, llevara tambien un ordenador, entonces sí que podría meter la bolsa?
-Si lleva un ordenador, sí.
-Oiga, perdone, ¿usted no se da cuenta de que es absurdo? Estos cuadernos no. ¿Pero estos cuadernos y, además, un ordenador, entonces sí?
-Son las normas.
Puro surrealismo español, ¿verdad?
Luego empezaron con la matraca de los estudiantes. Había que hacer desaparecer a quienes iban a estudiar a las bibliotecas. Las bibliotecas era “centros de investigación” y los putos estudiantes con sus putos apuntes molestaban a los señores investigadores, a los que los bibliotecarios ahora llamaba don Rafael. Se lo debían de haber enseñado en un cursillo especial: lo primero, mira la tarjeta y quédate con el nombre, y le llamas don Rafael. Eso es lo único importante: que se sientan especiales.
-¿Y qué quiere que hagan los estudiantes?
-Ése no es mi problema: aquí no se viene a estudiar.
-Ah.
Me cansé, me harté de la Nacional, porque me cansa siempre que las autoridades decidan a qué se va a los sitios y a qué no, con qué propósito, qué motivo es legítimo y cuál no, y quién se merece y quién no poder entrar.
Me cansan los privilegios.
No es algo metabólico, todo lo contrario: disfruto más que nadie de cualquier privilegio y reconozco el placer que da, no tanto el tener acceso a algo, sino el que tú tengas acceso a algo y los demás no. Es maravilloso, cómo no. No sabes hasta qué punto resulta embriagador. No hay nada parecido a atravesar un control de pasaportes, pongamos, sin hacer cola, mientras la gente normal espera. Es resplandeciente.
Además, altera la química cerebral, se producen descargas de serotonina, verdaderas tormentas de endorfinas, y la sensación de placer estimula todo el sistema nervioso y se transmite por todo el cuerpo, desde las uñas a la raíz del cabello, como una descarga eléctrica.
Al mismo tiempo, cuando disfrutas de un privilegio, cada célula de tu cuerpo conspira para convencerte de que, en realidad, tú te lo mereces. Tú necesitas investigar, pongamos por caso, no como esos putos estudiantes que van allí por motivos mucho menos legítimos (estudiar, según alegan ellos: ¡ja!). A ti te daría lo mismo ir en metro, pero tu responsabilidad te obliga a llegar rápido, en coche oficial. Cada célula, cada tejido de cada órgano se suma al complot corporal hasta persuadirte de que no es un privilegio, sino una exigencia lógica de tu tarea.
Así que, si fuera por mi metabolismo, yo siempre viajaría con pasaporte diplomático, entraría a las bibliotecas con mi tarjeta de investigador, iría a los conciertos con un cartelito que pusiera “ORGANIZACIÓN” y sólo comería en el reservado de los restaurantes.
Mi metabolismo es de señorito, disfruto como un enano cada vez que me ofrecen la más mínima ventaja.
Y, por supuesto, gracias a esa conspiración celular de la que hablábamos, soy incapaz de percibirlo como privilegio: es justo y necesario, yo lo valgo.
El lado positivo de esto es que, en general, yo desconfío de mi metabolismo. Sospecho de él. Me insurrecciono.
Unas veces lo consigo y otras (muchas) no. Algunas veces consigo desenmascarar la conspiración celular, glandular, metabólica, y darme cuenta de que estoy haciendo uso de un privilegio. Otras (la mayoría) ni siquiera me doy cuenta: mis órganos internos se salen con la suya y ni siquiera lo veo, o me dejo convencer de que es algo necesario, algo indispensable. algo que hago, no por el placer químico de ser un privilegiado, sino porque es mi deber.
Una vez hice un viaje en primera. A pie de la escalerilla del avión había un coche con chófer esperándome. No hice ni una sola cola y mi chófer me llevó a toda velocidad al Ritz, donde ocupé una habitación más grande, mucho más grande, que mi casa de Madrid. Iba a una reunión y me pareció lógico que mi tiempo fuera mucho más valioso que el del resto de los pasajeros, por supuesto. El siguiente viaje lo tuve que hacer en clase Business y, de pronto, me pareció una mierda eso del Business y la sala VIP, algo para ejecutivos y gentecilla, indigno de un tipo como yo. De viajar en clase turista ya ni hablamos.
-Coño, como se acostumbra uno al jamón del bueno -me dije, asombrado.
Y fue cuando me puse a organizar la insurgencia. A veces ganamos alguna escaramuza, tomamos una cota, mantenemos durante días una cabeza de puente en territorio enemigo. En general, las células ganan y sucumbo al fuego a discreción disparado por mis órganos internos. Y disfruto de cualquier ventaja mirando para otro lado, sin darme cuenta de que es una ventaja.
Cualquiera. Por minúscula, por pequeña, por ridícula que sea la ventaja. Aunque sea la de que a mí, en el bar de aquí, de Piles, me ponen aperitivo, y a los demás no. A los de siempre, aquí nos dan trato VIP. A mi amigo Paco y a mí nos guardan mesa y nos ponen almendras tostadas.

Qué pasa, no es por nada, es sólo porque nos conocen de toda la vida, es lo más natural, no es ninguna ventaja ni un trato preferente.
Y disfrutamos, claro que sí. Será un placer rastrero, una sucia sensación de superioridad, todo lo que tú quieras: pero mola.
Pues eso: si por mi metabolismo fuera…
Bueno, seguimos con las bibliotecas.
Cuando llegaron los socialdemócratas al poder, en el ámbito cultural lo primero que hicieron fue a) cargarse la benemérita y añorada Editora Nacional; y b) convertir la Biblioteca en un “centro de investigación” de acceso restringido.
Así que no he vuelto.
Leo libros de la biblioteca de Iglesia, que es a la que iba en mi infancia.
Total, que tengo pocos libros en casa. Cinco estanterías. La mayoría, una vez leídos, se los llevo a Crescencio, mi librero de la calle de la Palma. Cualquiera que quisiera saber de dónde lo he copiado todo no tendría que esforzarse mucho: con ir a la librería de Crescencio y comprar mis libros, que suelo subrayar y dejar anotados a lápiz, sabría cómo he convertido en albóndigas caseras los mejores solomillos de la literatura universal.
El otro día, estaba haciendo mis cosas y de pronto, ¡cataplonk!
Se desplomó la poesía.
-¡Hostias, la poesía!
Toda la poesía (que yo tengo en casa) se había ido al suelo con estrépito.
Apilé los libros y seguí a lo mío.

Ahora no sé qué voy a hacer, cuando vuelva a Madrid.
¿Arreglo la estantería y vuelvo a colocar los libros o los meto en bolsas y se los llevo a Crescencio?
¿Qué harías tú?
Me desperté y estaba a oscuras.
Qué raro, porque a mí me intranquiliza despertarme en la oscuridad: siempre dejo la persiana subida y las cortinas abiertas.
Me dolía la cabeza, y estaba desnudo y empalmado.
A tientas encontré el interruptor de la luz, que estaba en el lado contrario.
¿Dónde rayos me hallaba?
Cerré los ojos y encendí la luz.
Hotel Avenida Palace, Barcelona, habitación 752: recordé al abrir los ojos. La fiesta de Tusquets. Gracias a la generosidad de Beatriz de Moura, de Toni López y de Juan Cerezo, el trío calavera, Chavi Azpeitia, Orejudo y yo habíamos podido ir.
Habíamos montado todos los escritores en un autobús rumbo a la fiesta. En el primer asiento iba Juan Cruz, como si fuera el monitor del campamento.
-Cuando dos aviones se cruzan en el aire, en los dos va Juan Cruz -me explicaron.
A mí me tocó con Landero, que no hacía más que chinchar a Aramburu, riéndose de su costumbre de escribir siempre con la persiana bajada.
Fue una fiesta espectacular. Luego fuimos a una discoteca.
Había salido de la discoteca ya de día, a las siete de la mañana, pero no recordaba cómo había conseguido llegar al hotel. ¿Abducido? ¿Teletransportado en platillo volante? ¿En un vulgar taxi?
Por el suelo rodaban, vacíos, todos los botellines del mini-bar: coñac, anís, whisky… ¡hasta el abominable pacharán había sucumbido! Con decir que sólo quedaban dos benjamines de cava.
En la mesita de noche había un paquete de Marlboro. Qué raro: hace más de quince años que no fumo Marlboro.
Rescaté el pantalón del suelo y vi que tenía el botón arrancado, pero no encontré el mechero. Estaba en la guayabera, a la que también le faltaban todos los botones.
Fumé, contemplativo: la sábana estaba desgarrada. Me toqué la espalda y tenía unos arañazos. La sangre estaba aún fresca.
Entonces oí el ruido de la cadena del váter.
¡Maldición! No había llegado solo al hotel.
¿Quién habría tras la puerta cerrada del cuarto de baño?
¡Con tal de que no sea Ramiro Pinilla! impetré sotto voce a alguna potencia o Ser Superior (¿Herralde? ¿Toni López? ¿José María Ridao?).
Como todo el mundo sabe que Barcelona es mil veces más cosmopolita que Madrid, entré en pánico, caí en picado: en la ciudad condal la bisexualidad debe de estar a la orden del día. ¿Me habrían poseído Ruiz Mantilla o Altares, aprovechando mi estupor etílico? Ítem más: Ruiz Mantilla y/o Altares, como escriben los periodistas.
Oí un grifo abierto. Sería la ducha. O el de la bañera.
Ante mi impresionable retina iban desfilando, cual lúgubres revenants, los espectros lascivos de tanto escritor como había conocido en la fiesta.
Aquello era como una reválida de bachillerato: veías a todos los que habías estudiado en BUP. Vi a Juan Marsé y a Eduardo Mendoza, soltando salaces risotadas. Vi a Vicente Gallego y a Carlos Marzal haciendo cabriolas de íncubos y danzando a mi alrededor. Vi a Fernando Aramburu y a Luciano Egido, abalanzándose sobre mí a una señal convenida. Vi a Blecua y a Paco Rico intercambiando etimologías (espurias) y gestos procaces (quizá fingidos, o serían fictos).
¿Ocuparía quizá mi baño en esos mismos momentos Jacobo Siruela? Le recordé bailando lo que parecía un twist, como un ye-yé de Concha Velasco. Parecía que hubiera practicado mucho en alguna academia de bailes de salón: se agachaba como si fuera a empezar a correr y, pisando sólo con el tacón, giraba el zapato al ritmo del vertiginoso bailable. La única expresión que le hacía justicia sería algo del año Pun (o de Maricastaña):
-Mira, Jacobo ya está moviendo el esqueleto.
-Se habrá tomado más vidrios de la cuenta.
Como suele suceder, me di cuenta de que, más que empalmado, me estaba meando.
No podía aporrear la puerta a las voces de:
-¡Luis Landero, sal de ahí, que me meo!
O tal vez:
-¡Castellet, coño, que es para hoy!
O incluso:
-¡Acaba ya, Semprún, que me hago pis!
O en el colmo de la audacia (o del fatalismo):
-Paco Brines, Paco Brines, ¿va para largo? ¿Es pis o pon?
¿Y si luego resultaba que el ser humano que se había encerrado en el baño no era ninguno de ellos, ni siquiera uno de los nueve novísimos o una de las nueve vírgenes vigilantes, o mejor todavía, una de las vírgenes necias? ¿Y si no acertaba? O peor, mucho peor todavía: ¿y si acertaba?
Me transmití la orden de tranquilizarme. No te atormentes, Rafita, alma de cántaro. Vamos a ver, seamos serios: de haber tenido trato corporal con un señor, ¿no lo recordarías acaso? Me respondí que por supuesto. Es más: puede que me hubiera traumatizado y todo, que hubiera hecho añicos mi psique, que es de las que explotan como un vaso de duralex. Con una tía, no sería la primera vez. Que no recordaba ni torta, me refiero. Pero ¡con uno de los autores más destacados del actual panorama literario! Eso por fuerza te tiene que dejar alguna huella, ¿no crees?
Aun así, no las tenía todas conmigo.
El grifo sonaba con ensoberbecimiento, como si “lo-que-ocupaba-el-baño” sintiera un desproporcionado orgullo sólo por enjabonarse a conciencia y a primera hora.
A los pies de la cama encontré un paquete de Drum y dos papelillos arrugados. Me lié un cigarrillo.
Entonces lo descubrí encima de la tele y me hinqué de hinojos, en acción de gracias con Rubén y los de Palacagüina:
Jesús, incomparable perdonador de injurias,
óyeme; Sembrador de trigo, dame el tierno
pan de tus hostias; dame, contra el sañudo infierno
una gracia lustral de iras y lujurias.
Dime que este espantoso horror de la agonía
que me obsede, es no más de mi culpa nefanda;
que al morir hallaré la luz de un nuevo día,
y que entonces oiré mi “¡Levántate y anda!”.
Era un sujetador. Lo que había en los cuernos de la antena, tendido como un harapo, digo. A juzgar por el volumen de las copas (talla ochenta y algo mínimo) coincidía con mis preferencias globulares, casi ecuménicas.
Había una tía en el baño. ¿Quién sería? De momento sólo estaba abocetada, como dibujada a lápiz con mano temblorosa:

A imitación de Pulgarcito, intenté recorrer el camino de vuelta, la noche marcha atrás (¿o era boca arriba?). Le había tirado los tejos a todas. Había bailado con Beatriz de Moura. Agarrado, arrimando cebolleta. Había coqueteado con Carmen Romero. Había tomado un whisky con Natalia, de Tusquets. Había abrazado a Almudena Grandes. Había compartido taxi con Cristina Fernández Cubas.
Por la talla de la dulce prenda por mi mal hallada, no podía descartar a ninguna.
Ni a otras docenas.
Qué zozobra.
Me di cuenta de que hacía un rato que el grifo engreído ya no sonaba.
Oí abrirse la puerta.
Ahí estaba y, ya que estábamos: tómate una copa, le dije, de esos benjamines de champán que quedaban en la nevera.

Brindamos.
¿A que no adivinas por qué brindamos?
Con alivio, comprobé que, de tanto no mear, seguía empalmado.
En la penumbra no conseguía verle la cara: aún no sabía quién era.
¿Tú ya lo sabes?
¿Sí?
¡Pues ni una palabra a mi novia!