Hay quien dice que todos los recién nacidos son iguales.

¡Y una eme!
Qué van a ser iguales.
Esta niña es única, para mí, porque yo la quiero.
Como diría Claudio Rodríguez: Y yo te veo, porque yo te quiero.
Esta niña es mi sobrina.
Se llama Alicia Villacís Reig y es única.
Es hija de Álvaro y de mi hermana Helena.
Como cuando nace una princesa, los adivinos hacemos vaticinios, y todos decimos lo mismo:
-Alicia será muy buena.
Lo que todo el mundo intenta que no suceda: eso es el destino.
Algunos, como siempre ocurre en los colegios, en las oficinas, en los talleres y en general en este mundo ancho y ajeno, le pondrán obstáculos a la pobre Alicia, intentarán que no se cumpla la profecía, como a una le escondían las ruecas y los husos o a otra la encerraban en una torre. Pero será inútil: Alicia será buena. Por más que le digan que espabile, por mucho que le insistan que así no se va a ninguna parte, por muchas veces que le expliquen que la caridad bien entendida empieza por una misma; a ella, a Alicia, por un oído le entrará y por otro le saldrá, hasta encontrarse con su destino: ser buena como ya lo es.
Como sus padres, Helena y Álvaro.
Su corazón está “too full of the milk of human kindness” (Macbeth), demasiado lleno de la leche de la bondad humana.
En fin, no se parece a nadie más que a ella misma. ¡Qué van a ser iguales!
Es mi tercera sobrina, después de Rafael y Nieves, hijos de mi hermana Columna, y estoy muy emocionado.
Ayer pasamos el día Anusca y yo esperando. Había conversaciones por teléfono que provocaban preguntas de Anusca. Ahí te querría yo haber visto, explicándole a la niña, sin más auxilio que una jarra de cerveza en el Cabreira, que significa ”romper aguas” o qué quiere decir que la tía Helena estaba “dilatando”. Menuda papeleta.
Alicia nació ayer poco antes de la medianoche.
Su cumpleaños: el 23 de enero.
Será todos los años un día de alegría.
Me voy corriendo al hospital, emocionado.
Pues sí, escribo en ABCD, y muy a gusto, y me parece uno de los mejores suplementos literarios. De hecho, siempre lo he leído, mucho antes de escribir en él.
Hay quien no tiene criterio propio y juzga la calidad de la ropa, pongamos por caso, sólo por la etiqueta. Si es de Armani, es bueno.Si es de Zara, es malo. Incapaces de formarse una opinión con su propia cabeza, confían en las marcas. Eso les facilita la existencia. Este traje, ¿me gusta o no me gusta? Basta con mirar la etiqueta y ya está.
De igual modo hay quien no es capaz ni de leer ni de entender un escrito sin (mucha) ayuda, no digamos ya de formarse una opinión propia. Así que no tienen más remedio que juzgar por la etiqueta: si aparece en ABC, será reaccionario. Si lo firma Marías o alguien famoso, será bueno. Si vende muchos ejemplares, será de calidad. Si lo cita el presidente, será un buen poeta.
Para eso están las etiquetas, para facilitar la vida a esas personas que, por sí mismas, no podrían distinguir la lana del tergal ni a Javier Marías de Juan Benet.
Son personas intimidadas, con complejos, inseguras, llenas de pánico a meter la pata y decir que les gusta una chaqueta para que luego resulte que ha sido comprada en Zara. Menudo papelón, ¿verdad? El tipo de persona que no se atreve a andar sin muletas, no se vayan a tropezar y hacer el ridículo. Imagínate que un día dicen que les interesa una cosa que han leído y alguien les revela: eso lo escribió Pemán en el Arriba. Oh, Dios mío, qué gaffe tan imperdonable: ¡tierra, trágame! ¡Todo mi prestigio social y cultural se va al garete!
El mundo, ancho y ajeno, es demasiado inhóspito para esas personas. Sin mirar la etiqueta, si tuvieran que leer y pensar con su propia cabeza, su vida se convertiría en un infierno. Estos pantalones, ¿serán de buen gusto o propios de una boda de pueblo? ¿Cómo voy a saberlo yo si no sé cuánto cuestan? Esta novela, ¿será buena? ¿Me tomarán por mentecato si digo que me gusta? ¿Qué ha dicho de ella Bobelia, dónde está la etiqueta, para que por fin sepa lo que tengo que pensar? ¿Seré un hortera sin saberlo? No, imposible, porque mi ropa la compro en Armani.
Qué vida, si no hubiera etiquetas ni precio, ni tiendas de lujo y otras, en cambio, donde adquiere la muchedumbre esas ropas impresentables que usan ellos, con su característico mal gusto.
Yo llevo más de veinte años publicando y viviendo (más o menos) de mi Olivetti. Bueno, ahora de una Olympia que me regaló Chavi Azpeitia, una réplica de una Parker del 45 que me regaló Violeta y este ordenador Packard que cada día va peor. La pluma es barata, menos de veinte euros, y la venden en una pequeña papelería que hay en Barceló, pero a mí me encanta y sé por mí mismo que escribe bien: no me hace falta que ponga Mont-Blanc en alguna parte. Me gusta tanto que es la tercera que me regala, porque una la perdí en un aeropuerto y otra por quitarme la ropa donde no debía.
Esa incapacidad para leer y formarse un criterio leyendo con tu propia cabeza, esa necesidad de ir corriendo a mirar la etiqueta para no meter la pata, a mí me inspira más compasión que otra cosa, para qué negarlo, así que se lo voy a poner todavía más fácil.
También fui columnista (hace años) de La Razón. ¿Qué escribía? Lo mismo que ahora, pero da igual lo que dijera en los artículos, ¿para qué leer? Lo único importante es la etiqueta, porque, si no, hay quien es incapaz de orientarse. ¡En La Razón! Acabáramos. ¡Toma coherencia!
De nada, de nada. ¿A que así es más fácil?
¿Hace falta más?
Pues venga: también he escrito durante mucho tiempo en La Voz de Asturias.
No, perdón, eso es demasiado complicado para ciertas personas. Es como introducir el gris en un mundo en blanco y negro: ¡menudo lío!
Algo más a su alcance: ¡en la revista del Colegio de Registradores de la Propiedad! ¡Y cobrando! ¡Toma coherencia!
¿A que así es más sencillo todo?
Lo que haya escrito, por supuesto, da igual, porque nadie dice: antes escribías otras cosas, decías lo contrario. Eso no importa: sólo la etiqueta.
No hay que tomarse la molestia de leer y no lo aconsejo a esta clase de personas, porque se les complicarían mucho las cosas si tuvieran que formarse su propio criterio, en lugar de confiar en la etiqueta, que para eso está ¿no?
¿ABC? Qué va, peor todavía: ¡La Razón!
De nada. ¿A que así se quedan más a gusto?
Hay que ponérselo fácil.
Nunca he sido partidario de destrozar las ilusiones de los más pequeños, esos que aún creen en los Reyes Magos y en las etiquetas de la ropa.
¿Y si se traumatizan, eh?
Sí, por la cara que se te ha quedado ya veo que no me he explicado (no es que no lo hayas entendido):

¿Quieres que te lo cuente otra vez?
Este era un rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez.
¿Quieres que te lo cuente otra vez? ¿O mejor te hago un dibujo sencillo?
Enero 21st,2010
General | tags:
prensa |
79 Comentarios