David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Ideologías de bote

Decía Raymond Chandler que para descubrir a una rubia auténtica no había más que examinar la raíz de los cabellos: cuánto más oscuros eran, más rubia resultaba la mujer en cuestión. Del mismo modo, entre los opinadores profesionales españoles de derechas (esa variopinta fauna de liberales conversos, neocatólicos rebautizados y forofos del franquismo que abarrotan televisiones y periódicos) abundan los melenudos del comunismo, es decir, maoístas que cambiaron la hoz por la billetera, trotskistas que cambiaron el martillo por la cruz e incluso terroristas que filosofaban a martillazos y después filosofan a españazos. Son equilibristas consumados que han ido de la extrema izquierda a la extrema derecha de sopetón, sin detenerse un segundo a reflexionar y sin pasar antes por el medio. Con el mismo desparpajo con que en el siglo pasado negaban a Dios, en éste reniegan de Mao Tse Tung, no tanto por una cuestión de honradez intelectual como de biología. Se probaron las greñas y las chanclas revolucionarias en la juventud pero en la vejez comprendieron que les sentaban mejor la calva y la corbata.

Curiosamente algunos de sus actuales adversarios realizaron la metamorfosis a la inversa: fueron del franquismo al socialismo sin vergüenza y sin paradas intermedias, reemplazando unas ideas por otras como el que transborda de borrico. Abandonaron los pesebres de la dictadura justo en el momento en que la pana empezaba a ponerse de moda para vestirse aquel pasado mugriento que acababan de abandonar esos otros tránsfugas del pensamiento con quienes ni siquiera llegaron a cruzarse por el camino de Damasco. La operación fue indolora, inodora e insípida porque no se trataba de mudar de piel sino de camiseta. También porque las ideas de uno y otro bando, llevadas al extremo, dejan de ser ideas para transformarse en pinchos. Más que de pensar, se trata de ensartar al rival y de asarlo vivo. Hubo incluso cantantes que le dedicaron versos juveniles a Franco con el mismo fervor con que luego se los dedicarían a Fidel Castro, sin caer en la cuenta de que lo suyo era la misma adoración boba y fetichista que ciertas mujerzuelas sienten por ciertos vejestorios poderosos y uniformados.

Muchos de los denominados intelectuales de este país han sufrido en sus carnes estas excitantes metamorfosis sin despeinarse y sin que les tiemble un recuerdo. Una conversión mucho más radical e incomprensible que pasar del Madrid al Barca, del ajedrez a la lucha libre o de la prostitución al convento de monjas. Las mejores ideas son de bote y se venden en la peluquería.