l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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jueves 3 de julio de 2008

Medusa a babor

De todos los bichos con los que el hombre convive a diario, la medusa es, de lejos, el más marciano de todos. Cuando Kafka convirtió a Gregor Samsa en una cucaracha (Nabokov asegura que se trata de un escarabajo), sabía que estos insectos, por repugnantes que parezcan a primera vista, siempre son susceptibles de entablar una relación con los humanos. A falta de algo mejor, una cucaracha podría adoptarse como mascota, y recuerdo una película en que los presos disputaban emocionantes carreras de cucarachas.





Un escarabajo puede ser una estrella de cine: un triceraptos en miniatura, un samurai de dibujos animados o el emblema divino que obliga al ejército del faraón a desviar su trazo en el desierto y anegar de arena una acequia milenaria. Si Kafka hubiese convertido a Gregor Samsa en una medusa, en vez de La metamorfosis le habría salido un cuento de dos páginas. Con su pinta de extraterrestres chungos, de alienígenas silentes y misteriosos, las medusas sólo podrían habitar en una novela de ciencia-ficción, una de esas agotadoras y austeras odiseas de Lem donde la supuesta amenaza del espacio exterior no es tanto una amenaza como una esfinge irresoluble. ¿De qué van las medusas? ¿Les gusta el voley-playa? ¿Quieren conquistar el planeta o se conforman sólo con el Mediterráneo?


Un animal que se ha adueñado ya del mar más prestigioso y guarro de la historia del mundo (el vertedero acuático de varias civilizaciones) merecería mejor suerte que el miedo ante su picadura urticante y el desprecio por su aspecto de baba. Reconozcamos que hay medusas francamente hermosas, que algunas flamean como cabelleras al sol y se despliegan sobre la superficie del mar en lentas y flamencas escuadras de bailaoras muertas. Quizá la enigmática distribución de esas sombrillas flotantes forme un alfabeto surgido de las profundidades, quizá algo quieran decirnos con esos pequeños látigos que son como caricias desesperadas, llamadas de socorro, balbuceos de una oscura placenta donde estuvimos una vez, donde la piel es transparencia y la luz agua.

Como la araña de Lezama, que recorre el brazo del durmiente hasta llegar a su boca para tejer un mensaje de especie a especie, la medusa está pidiendo a gritos un poeta que se atreva a cantar su belleza en vaivén, su textura de moco y sus humedades venenosas. Los cocineros ya se han atrevido a servirlas en fuego, como primer paso de ese diálogo que la especie humana siempre comienza a dentelladas, como deben empezar los diálogos, las guerras y las grandes historias de amor: por la boca. Van a enfundarlas en galletas, van a dejarlas en salmuera, los niños las degustarán en gominolas. En la imaginación, los esqueletos de dinosaurios engendraron dragones, y los manatíes atlánticos, mujeres con cola de pez que revistieron viejas mitologías del otro lado del mundo. Tal vez, un día, de la medusas también nazcan sirenas.





(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el 30 de junio de 2008)

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martes 1 de julio de 2008

Todos somos Manolo

Me lo dijo uno de los tipos que conozco que más sabe de fútbol, mi amigo el novelista José María Mijangos: 'Es imposible. ¿Cuándo se ha visto que ganemos algo?' Ese pesimismo metafísico, ontológico, que atenaza las piernas de los jugadores españoles nos ha acompañado durante décadas y por eso esta misma noche íbamos a asistir a un encuentro a cara de perro, a la consecución secular de la maldición o a la ruptura definitiva del maleficio. No era un partido contra Alemania sino contra el destino. Ese destino que nos había sacado la lengua en innumerables y ardientes tardes de catástrofe.




(El Cometa Halley a su paso por Viena, con la camiseta roja)


El chaval que guarda la entrada de la piscina donde voy cada día a plancharme la espalda me lo dijo con esa mezcla de estupefacción y maravilla que brilla en los ojos de todos los jóvenes que han seguido las andanzas de la selección en esta Eurocopa: 'Es la primera vez que voy a vivir algo así'. Le dije que yo también, aunque no era verdad: todavía me escocía aquella histórica final del 84, contra la Francia de Platini, en la que a Arconada se le escapó un balón por el sobaco. Pero en cierto modo, esta vez no podía suceder, no iba a suceder así, esta vez no habría malos rollos, ni codazos en la boca, ni sobacos, ni puñetas.

Momentos antes del partido, las calles de Madrid hervían por el calor, cociéndose en el fuego lento de la ansiedad y la esperanza, componiendo desde Vicálvaro hasta Argüelles, desde Legazpi hasta Plaza de Castilla, uno de esos escenarios de western antiguo, un pueblo fronterizo a la espera de los pistoleros, una calleja quemada por el sol, solitaria, vacía, traspasada por un silencio digno de una banda sonora de chicharras y una armónica de Morricone.

En los bares, la gente se aglomeraba ante el televisor: el altar tecnológico de la nueva religión. El pánzer alemán nos tuvo arrinconados los primeros minutos pero un cabezazo al poste de Torres provocó que un chino (nacionalizado español y poco familiarizado con el deporte rey) se levantara de la silla gritando '¡Dos puntos!'. Hubo que explicarle que un gol es un gol y un palo es un palo. Pero Torres, mi semitocayo, era el hombre del partido. Me lo había advertido otro de los tipos que conozco que más saben de fútbol, mi hermano Dani: 'Hoy Torres va a mojar, ya verás'. Y no se equivocó. El Niño tenía ganas y toda la noche nuestro primo de Fuenlabrada fue una pesadilla para la defensa alemana, pasando como un cohete a través de ese par de armarios roperos vestidos de blanco, esos dos kioscos de prensa que tropezaban con sus nombres al correr y que apenas podían hacer otra cosa que seguirle el rastro de la pólvora en las botas. Cuando llegó el gol, la gente enloqueció, las pinturas de guerra hablaban a gritos, quitándose de encima años de vergüenza, de agachar la cabeza y pedir justicia a los cielos.

Esta vez no. Ni el gafe de Zapatero podía con nosotros. Esta noche todos éramos Manolo, aquel hombre que se compró un bombo a plazos y que por fin podía estrenarlo a gusto. Cuando aguantamos los primeros minutos del segundo tiempo, los coletazos de rabia de la máquina de guerra alemana, ya veíamos posible el milagro. Y el baño de fútbol con que la selección roja toreó a los mostrencos germanos fue celebrado en el bar con un multitudinario baño de cerveza. No, esta vez el duelo terminó mucho antes de que el italiano pitara el final, a la maquinaria alemana se le habían descompuesto tornillos y bielas, y el gol de Torres iba a romper el marcador como el puñetazo del K.O., el tiro de gracia con que Billy el Niño abría las puertas de la leyenda.

En las calles sonaban los gritos de entusiasmo, flameaban banderas, los coches pitaban enloquecidos por la alegría de una final ganada al fin, después de tantos años y tantas decepciones. Llamé a mi hermano y me dijo: 'Esto vamos a vivirlo sólo una vez, como el cometa Halley'. El Halley que había cruzado flameando los cielos para rasgar el bombo.



(Publicado originalmente en el suplemento M2 de El Mundo el 30 de junio de 2008)

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viernes 27 de junio de 2008

Borges, Zerolo y yo

Perdonen el exceso de reciclaje al que les he sometido (y voy a someterles) estos días pero el verano, la caló y el premio Ateneo de Sevilla donde he sido jurado sin piedad, me han tenido contra las cuerdas.




Esta semana, en el blog amigo Wells y Beamurguia (ya os vale el nombrecito, melones), mi amigo Javier Blanco Urgoiti ha inventado un género periodístico absolutamente novedoso y genial: la entrevista parásita. ¿No estamos hartos de oír siempre las mismas preguntas a los mismos tipos? Si entrevistan a un actor, le preguntan sobre cine; si es un político, le cae una brea correlativa y así sucesivamente. Ya Glenn Gould, cuando cambió los recitales de piano por el micrófono de radio, exprimió el jugo de eximios genios musicales apartándoles de su especialidad instrumental y preguntándoles por esferas completamente ajenas a su trabajo. De este modo consiguió una perspectiva completamente insólita y fascinante del gran director de orquesta Leopold Stokowski, simplemente al desviarse de la batuta y preguntarle sobre los viajes espaciales.


Como casi siempre, Borges había anticipado esta línea de trabajo en un relato magistral: Pierre Menard, autor del Quijote. Transcribo parasitariamente el último párrafo:

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

La técnica de la entrevista parásita consiste en coger una entrevista ya hecha a un personaje famoso, suprimir las respuestas y colocársela tal cual a un personaje menos famoso. Rafael Martínez Simancas contesta a las preguntas de Nacho Vidal y Rafael Reig hace lo propio con las de Enrique Iglesias. En breve, Vanessa Montfort, Alvaro Muñoz Robledano, Angel García Muñoz y Jesús Llano contestarán a sus respectivos huéspedes (sugiero a Pepe Rubianes para Jesús Llano y a Luis Aragonés para Alvaro).

Como se ve, Javier se decanta generalmente por el contraste, por el brochazo gordo, y con él, a veces, cual Goya desmelenado, alcanza sutilezas que no lograría con un pincel chino. Para entrevistarme a mí, no se le ha ocurrido otro personaje que Pedro Zerolo, quizá porque Javier sabe bien el afecto y la simpatía que me despierta el concejal madrileño, más o menos la misma que Miliki, Leticia Sabater, Silvio Berlusconi y otras estrellas del espectáculo. La gracia del asunto radica en contestar las preguntas como si estuvieran realmente dirigidas a mí y no a Zerolo. ¿No sería fantástico oír las respuestas de Zapatero para una entrevista original de Keith Richards, las de Rajoy a una de Susana Estrada o las de Ana Rosa Quintana a una de Nabokov? Como yo también soy un parásito de mucho cuidado, copio aquí el resultado:




DAVID TORRES: 'SOY UN COMUNISTA DEL AMOR'

- ¡Por fin eres un hombre casado! ¿Más feliz ahora? ¿Para cuándo los hijos?
-David Torres.- Bueno, técnicamente, casado, lo que se dice casado, no estoy. Los hijos es una asignatura pendiente que me ronda cada vez más cerca porque casi todos mis amigos están ya reproducidos mientras que yo me limito a publicar. Algunos incluso están reproducidos y editados. De manera que, ahora que estoy en cuarentena, los hijos no nacidos se encuentran ahí, en algún lugar de la biosfera, y salen en esos pasajes de mis libros que ningún crítico señala, como el ansia de Roberto Esteban por la paternidad o el aborto de Penélope.

- Convence a un/una joven de 20 años, que vive en una ciudad pequeña, y cuyos padres son muy conservadores, a salir del armario.
-DT.- Mejor la convenzo para que salga conmigo y se quite de encima todas esas tonterías del machismo y el miedo al falo. Como decía una novia mía, no hay lesbianas sino indecisas.

-¿No puede un homosexual vivir siempre dentro del armario, incluso casarse con una mujer, y ser feliz?
-DT.- Supongo que sí, siempre que el armario sea lo bastante grande.

-Pero tú has tenido novias.
-DT.- Unas cuantas, sí. Muy guapas, muy majas y lo bastante inteligentes como para esquivarme a tiempo. Algo chungo debo de tener porque ninguna ha vuelto a llamarme. Soy un comunista del amor: Stalin dejaba detrás tierra quemada y yo tías quemadas.

-Qué opinas del outing?
-DT.- No estoy muy seguro si te refieres a alguna técnica de tocar el trombón o a una postura del Kamasutra. My inglés is very defectuosly, sorry.

-Dices que es posible ser homosexual y de derechas pero no gay y de derechas. Esto cómo se come.
-DT.-¿Yo he dicho eso? Supongo que me refería a que, visto desde la óptica progre, todo tipo que se declara de derechas es un mariconazo.

-¿Qué produce en ti la lectura de esta noticia? [Le muestro un recorte de El País, con fecha 24 de noviembre, cuyo titular reza así: 'Irán ahorca a dos hombres por mantener relaciones homosexuales'].
DT.- ¿Y qué puedes esperar de Irán, ese lugar donde la revolución -ese gran fantasma que recorría Europa- se ha puesto velo? Ya dijo ese califa en lugar del califa que tienen como presidente que en Irán no hay homosexuales. Para eso, para que no los haya, usan las grúas.

-Ante la actitud de la Iglesia, ¿no sería hora de pasar a la ofensiva y demostrarle su actitud cínica? Todos conocemos a curitas que no cuentan en los púlpitos que hacen el fin de semana...para que no se desmayen sus feligreses.
-DT.-Hombre, la actitud cínica de la Iglesia católica está más que demostrada. A mí me encanta provocar a esa otra clase de feligreses que todavía comulgan con la esvástica o con la hoz y el martillo. Dos insignias mucho más similares de lo que se piensa y que hicieron causa común en 1939, la hora más negra de la Historia.

-¿Me podría decir una razón por la que usted puede casarse con un hombre al que quiere y yo no podría casarme con algún familiar mío (madre, hermana, hermano) si quisiera?
-Usted puede casarse con su mano, si quiere. Por mí no se prive.

-Una vez dijiste en un curso al que yo asistía que la bisexualidad no existía, que era indefinición. Negaste mi sexualidad y la de mucha gente. ¿Has cambiado de opinión?
DT.- Yo creo que la bisexualidad es esa excusa que se inventan algunos gays famosos (por ejemplo Freddy Mercury) para ocultar el hecho de que les da lo mismo acostarte con uno que con dos, con hombres guapos que con hombres feos. Uno de mis sueños bisexuales es encontrar a dos suecas gemelas en la cama. No soy muy original, como se ve.

-Me gustaría saber qué se te pasa por la cabeza al oír a personas hablar de peras, manzanas y utilizar el término 'otra cosa' para referirse a la condición homosexual.
-DT. Pues me entra mucha hambre. Yo es que veo una manzana e inmediatamente pienso en la ley de gravitación universal. La homosexualidad no me ha preocupado nunca lo más mínimo porque, desde que vi la espalda desnuda de Eleanor Parker en Cuando ruge la marabunta, no he dejado de rugir. Otros amigos míos rugían al ver el torso de Charlton Heston. Eso es todo.

-¿Como puedes explicarnos tu ascenso tan rápido en tu carrera política, de concejal del ayuntamiento de Madrid a miembro de la Comisión ejecutiva del PSOE, todo en menos de dos años? ¿Formas parte de un nuevo tipo de cuotas, los homosexuales? En tu opinión ¿Debe haber una cuota de homosexuales en los gobiernos, parlamentos y demás instituciones públicas? Un saludo y mucha suerte en tu carrera política.

-DT.-¿Concejal de qué, dice usted? Yo, como mucho, llego a miembro (eréctil en mis mejores momentos). Me temo que se equivoca de persona y de cargo. En cuanto a la cuota de homosexuales, no sé si debería haberla, pero mariconazos, por un tubo, oiga.

-¡Ole tus cojones! Ya era hora que en España alguien llamara a las cosas por su nombre, no desistas, por favor. Mi pregunta ¿Crees que la iniciativa de España se extenderá por Europa, al menos, ya que en Estados Unidos resultará imposible visto lo visto?
-DT.-¿A qué iniciativa se refiere Vd.? ¿A prohibir el castellano en los colegios? Eso ya lo hizo Reagan. Hasta en eso copian los baturros periféricos a los estadounidenses.

-¿Cuál ha sido el poder de los medios en la represión sexual? La televisión ha fomentado la imagen de gay=loca, ¿cree que ha sido digna la imagen del homosexual en los medios? ¿Nos cabe esperar un tratamiento no denigrante en la nueva era ZP?
-DT.- Afortunadamente, genios como Almodóvar o Boris Izaguirre han hecho todo lo posible para demostrar que un homosexual puede ser una persona perfectamente normal y equilibrada emocionalmente, en lugar de un chupapollas histérico. No hay más que ver Kika.

-Respiro aire puro cuando oigo en RNE un programa sobre el mundo gay, ¿Para cuando en TVE? ¿Lo ha hablado ya con Caffarel?
-DT.-No tengo el teléfono de Caffarel, pero hablaré con el padre Mundina, que sabe un montón de peras y manzanas.

-Señor Zerolo, aunque estoy de acuerdo la normalización civil de las parejas de homosexuales, esto me abre nuevas inquietudes, tales como, ¿deberían legalizarse matrimonios poligámicos, fuesen estos de homosexuales o no, si hubiese un movimiento social que los reclamase?
DT.-Zerolo lo será su padre. Lo de los matrimonios poligámicos legalizados me parece una crueldad innecesaria. Imagínese Vd. soportar a cuatro esposas en lugar de a una. Creo que eso explica el retraso centenario de la cultura islámica.

Lean las demás entrevistas en http://wellsybeamurguia.blogspot.com/, su blog amiga.

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lunes 23 de junio de 2008

Patriotismo de calzón corto

Hace unas semanas, en uno de esos artículos magistrales con los que sacude la prensa mallorquina, escribía Matías Vallés que Chikilicuatre había logrado inspirar patriotismo a un pueblo perdido entre la vergüenza histórica y las boinas periféricas. Pero se equivocaba, porque el fútbol también está ahí para demostrar que los españoles salimos de vez en cuando del armario sólo para animar la camiseta roja y aglomerarnos en los bares a los acordes de un himno que no tendrá letra ni puñetera falta que nos hace.




Ortega habló de la España invertebrada sin contar con que ese insecto de 22 patas que se mueve por el césped es capaz de levantar pasiones más hondas y más instantáneas que la Viagra. Luis Aragonés no habrá estudiado filosofía (para eso es sabio y de Hortaleza), pero la exclusión de Raúl ha soltado más ríos de tinta que la decapitación de Gallardón en las listas del PP. Uno se pregunta si los grandes jerarcas de la derecha no habrán calculado de antemano las fechas para hacer coincidir su congreso con el choque decisivo de la selección en cuartos.

Ese patriotismo de pantalones cortos con que nos vestimos durante la Eurocopa y los Mundiales ha inundado Valencia (ciudad proclive a los petardos festivos) con la esquizofrenia de una celebración que parece apropiarse los colores patrios mientras el gobierno sigue enquistado en esa siesta de donde no la despiertan ni los camiones a bocinazos. Quizá por eso Aznar ha saltado a saludar a los suyos con el empaque de una vieja gloria futbolística cuando su equipo le hace el pasillo: media melena al viento, palmadas a los lados y un apretón de lástima al capitán Rajoy, que hace tiempo que perdió la copa, la recopa, los papeles y hasta los calzones.

Sin embargo, después de todos sus desastres, el PP ha sabido cerrar filas igual que los marines. De hecho, como los marines, ellos están ahí para salvar la democracia, no para practicarla. El congreso lo podían haber resuelto en una mesa de bar, jugando al mus, pero esa traca valenciana proporciona la feliz ilusión de una afición contenta, que quizá les apoyara porque en un momento de alucinación colectiva alcanzaron a creer en un país que iba más allá de un bombo y una camiseta.

Nada más lejos de la realidad. El Politburó valenciano por un lado; la crisis, la huelga y Bibiana por el otro, nos hacen pensar si para la próxima vez no deberíamos elegir entrenador en lugar de presidente. Un sabio de Hortaleza que nos haga soñar antes de despertar con un codazo en plena boca.


(Publicado originalmente en El Mundo el sábado 21 de junio de 2008)

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viernes 20 de junio de 2008

De la amistad

Decía Montaigne en su clásico ensayo XXVIII (el más bello canto a la amistad que jamás se haya escrito) que él tenía la suerte de haber conocido al poeta Étienne de la Boétie y que, al lado de los cuatro años que pasó a su lado, antes de que la muerte se lo llevara, el resto de su existencia 'no es más que humo, no es más que noche oscura y tediosa'.

Yo, que no soy Montaigne ni por asomo, tengo la increíble suerte de haber tropezado con otro poeta inmenso, y todavía me pregunto qué habré hecho yo en esta vida o en la otra para merecer su amistad. Desde hace más de 15 años, Alvaro Muñoz Robledano y yo reímos juntos, lloramos juntos, bebemos juntos, fumamos juntos y nos contamos secretos que jamás son tales, porque, desde el día que lo conocí, tengo la sensación de que compartimos algo más grande que la vida.


Como dijo John Barth en La ópera flotante, una novela no tan famosa como debiera,: 'Si usted cree que esto tiene algo que ver la homosexualidad, pienso que es normal. Si usted cree que él o yo somos homosexuales, usted es un imbécil'. Ya Montaigne se ocupó de situar la amistad venérea en un escalón inferior, junto a la natural, la social y la hospitalaria. Vuelvo a citar al Señor de la Montaña: 'En la amistad de la que hablo, se mezclan y confunden una con otra (las almas) en unión tan universal que borran la sutura que las ha unido para no volverla a encontrar. Si me obligan a decir por qué le quería, siento que sólo puedo expresarlo contestando: Porque era él; porque era yo'.

Casi no pasa un día sin que nos hablemos y, cada vez que lo recuerdo, se me aparece ese momento cumbre de Qué verde era mi valle, cuando el cura pide voluntarios que se atrevan a bajar a la mina a rescatar a los pobres desgraciados del derrumbe. Nadie se atreve a dar un paso hasta que el gran luchador ciego se mueve hacia delante, buceando en las tinieblas, y dice:

-Yo voy. Son mi misma sangre.

No en vano, las primeras palabras que le escuché yo a Alvaro tuvieron que ver con el cine y con John Ford. El histórico encuentro tuvo lugar en Crisol, un establecimiento penitenciario de finales del siglo XX y comienzos del XXI que estaba ahí sólo para que él y yo nos encontráramos. Subía yo las escaleras del Crisol de Goya cuando vi a un tipo gordo (no tan gordo como ahora) y canoso (pero no tanto como ahora, que parece el negativo de Antoñete) discutiendo con alguien sobre las virtudes de diversos genios cinematográficos:

-El mejor director que jamás haya existido es John Huston -dijo.
-Te olvidas de John Ford -dije yo, de refilón.
-Hablamos de cine, no de religión.

Había saltado rápido como una cobra. Alvaro habla rápido, más rápido que nadie que yo conozca, pero escribe despacio, tan despacio que sus lectores a veces no se lo perdonamos. Quizá es que el verso de Alvaro, la frase de Alvaro, va creciendo con la sabia lentitud de la estalactita, la cadencia con que el mar acuna sus mareas. Siempre he pensado que, entre las grandes injusticias del mundo, no es la menor el hecho de que Alvaro no ocupe el lugar que merece en el mezquino mundillo de las letras. Cualquier suplemento literario o cualquier sección de cultura de cualquier periódico que lo fichara ganaría de inmediato quintales de belleza, inteligencia, brillo y profundidad.

Esto no tiene que ver sólo con la amistad, sino con la justicia. Sobre Niños de tiza se han escrito ya varias críticas, todas ellas elogiosas y algunas en grado sumo, pero nadie ha sabido penetrar en el secreto de sus páginas como lo ha hecho Alvaro en la reseña que va a publicar este verano en la revista Ariadna (http://www.ariadna-rc.com/). Transcribo este fragmento no sólo por lo que me toca, porque me emociona y porque quiero, sino también porque si hubiera sido capaz de expresarlo con tan pocas palabras, me habría ahorrado la novela:

Roberto Esteban, el antiguo boxeador degradado a matón, ex alcohólico, sordo salvo para una pieza de música que resuena en su cabeza como un réquiem que se demora inacabablemente, aquel personaje que recorrió la ciudad en la que vivía para descubrir que era un extraño en ella, regresa a su barrio, por el que han pasado los años que él nunca percibió. Su gran error, el nuestro, es pretender que nuestra infancia nos espere agazapada en los rincones. Nos ocurre siempre que vamos de visita a casa de nuestros padres, cuando nos asomamos a nuestro viejo cuarto creyendo que bastará con eso para que reaparezcan aquellos juegos. Sólo que la casa de Roberto Esteban es brutal, como lo es el confín de las ciudades, los barrios surgidos de la inmigración desde el campo, del desarrollismo chabacano e informe en el que tantas esperanzas se estrellaron sin que sus poseedores lo percibieran. La niñez de Roberto Esteban no es la mía, aunque ambas transcurriesen en el mismo lapso temporal, la tan gloriosa transición que nuestros hermanos mayores cumplieron con inimaginable ejemplaridad. En mi niñez había miedo, a los vampiros, a los muertos vivientes, a los ruidos nocturnos, a dormir solo, a lo que escuchaba de las conversaciones de los mayores, asustados por una debacle que se produciría, irremediablemente, a la semana siguiente, y así semana tras semana. También había mimos, el último Madelman, vacaciones en la costa de Alicante, y papá y mamá que me protegían de los matoncillos (no llegaban a más) del barrio. En la de Esteban no, no quedaba un hueco para el consuelo porque no había sitio para el miedo, porque en las peleas de los descampados no salvaba la campana, ni un árbitro vigilaba la limpieza de los golpes, porque en los confines de la ciudad, durante aquella niñez y hoy en día, el que llora recibe más. Ya dije en una ocasión, y repito aquí con más motivo, que lo que distingue a David Torres es su brutal instinto para lo humano. El vigor con el que consigue alzar a sus personajes de las palabras que los forman va más allá del mero estilo; parece increíble que un tipo con tanta literatura a las espaldas como David, metido en una novela que se circunscribe a las normas del género negro, tanto que la hemos visto mencionada en casi todos los foros especializados, lo que me resulta injusto por reductor, sea capaz de no desperdiciar una sola línea en tópicos, en reacciones esperadas, en respuestas de telefilm. Los niños de tiza van surgiendo a borbotones, inconteniblemente, socavando la seguridad de nuestro pasado, de nuestro buen hacer entonces y ahora, de este presente que creemos merecernos. No hay fantasmas de la niñez. Están en los barrios que nos rodean. David Torres ha colocado a Roberto Esteban ante los suyos. Su niñez no fue un espejo deformante, sino el primero de los muchos puñetazos que le esperaban.

Quizás podamos esperar aún algo de la novela; suelo ser pesimista al respecto, pero David Torres ocupa su rincón dispuesto a fajarse para que su género, porque es más suyo a cada página, resista un poco más antes de arrojar definitivamente la toalla.

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miércoles 18 de junio de 2008

Falsificaciones

Uno de los mayores y más rentables fraudes de la actualidad consiste en la falsificación de objetos de marca. Los chinos son líderes mundiales del mercado. Por poco menos de mil euros, su señora puede pasear con un clon casi indistinguible del mismo bolso que pasea Carla Bruni por las pasarelas de la fama. Por cien o doscientos euros, uno puede adquirir una imitación casi perfecta de un reloj de lujo cuyo precio, en realidad, es de cinco o seis mil euros. Hace poco, en un bar, un vendedor ambulante me ofreció uno y lo pagué religiosamente con billetes del Monopoly.






Hoy en día es difícil distinguir la realidad de una copia barata. El año pasado descubrí que uno de mis mejores amigos, uno de esos grandes y viejos camaradas que me acompañan desde hace más de una década por los vaivenes de la vida, era más falso que un euro turco. Nada puede garantizarnos la procedencia del Rolex que cuelga de la muñeca de ese tipo de la inmobiliaria que va a estafarnos con un piso, sobre todo teniendo en cuenta que una garantía o un título de propiedad es mucho más sencillo de copiar que un complejo mecanismo de relojería. Probablemente ni siquiera la estafa sea auténtica. Para evitar este tipo de disgustos quizá lo mejor sea actuar como si todo a nuestro alrededor fuese made in China, incluidos nosotros mismos.

Siempre habíamos sospechado que las Baleares no eran unas islas de verdad, sino sólo un archipiélago de pega. En verano, la hermosa Ibiza revela su condición de vistoso decorado de exteriores. Como en un cortometraje de road movie en el desierto de Nevada o en el pasaje de una novela de Agustín Fernández-Mallo, Ibiza existe sólo para que esa pobre gente que sale de las catacumbas de alcohol y decibelios tenga un mar de papel de plata al fondo de las gafas de sol, unas cuantas rocas y pinos que contemplar en el trayecto que va de la discoteca al aeropuerto.

En cuanto a Mallorca, su condición de irrealidad, de escenario de película, la pregonan a los cuatro vientos esos carteles pagados del bolsillo de los contribuyentes que suplican que la gente hable el idioma de la tierra en lugar del alemán. Mallorca está plagada de falsificaciones, desde camisetas de fútbol hasta hipotecas quiméricas. En Escocia venden castillos con fantasma incluido pero Climent Garau ha perfeccionado la técnica del timo inmobiliario hasta el punto de vender únicamente el fantasma. Ni siquiera en la letra pequeña venían unas instrucciones para armar una casa prefabricada.

Por encima de la ensaimada y la sobrasada (productos autóctonos que, ante la imparable demanda internacional, ya se importan del extranjero) el ladrillo es el verdadero emblema nacional mallorquín. Pero resulta que aquí incluso el cemento es falso. No es de extrañar que Carlos Delgado haya impugnado el Congreso Regional del PP tras descubrir que muchos compromisarios sólo eran maniquíes de escaparate y muñecas hinchables.




(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el lunes 16 de junio de 2008)

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lunes 16 de junio de 2008

Esbjörn Svensson: el trío decapitado

El pasado sábado murió, en un accidente de submarinismo, el magistral pianista sueco Esbjörn Svensson, el artífice del último gran trío del jazz contemporáneo, el E.S.T. Tenía 44 años y, con sólo una docena de discos a sus espaldas, ya había puesto patas arriba media historia de la música. Durante el pasado siglo, la formación del trío clásico (piano, contrabajo, batería) produjo hidras fabulosas que van desde Oscar Peterson a Chick Corea, de Bill Evans a McCoy Tyner, pero ninguno había llevado la fórmula más lejos que Svensson, que basaba casi todo su repertorio exclusivamente en composiciones propias, en una arriesgada y atractiva mezcla de ritmo, tecnología y audacia que amplió (este tiempo verbal es una putada y una lápida) sus posibilidades hasta una nueva y desconocida frontera fuera de tópicos y etiquetas.




Técnicamente, es posible que el trio de Svensson no estuviera a la altura de sus más ilustres contemporáneos (el inmenso Keith Jarret o el tristemente desaparecido Michel Petrucciani), pero lo cierto es que el pianista sueco sacó fuerza de su debilidad, avanzando sin cesar hacia esas tierras movedizas que forman el non plus ultra de la música, ese nebuloso más allá donde las palabras se despegan y el jazz va adquiriendo, al tiempo que surge de los dedos de sus demiurgos, su recién nacida carta de ciudadanía, su libertad maravillosa. Sin doblegarse jamás a la tiranía de los estandars (esos temas clásicos que los grandes pianistas repiten una y otra vez, y donde afilan interminablemente sus uñas), Svensson prefirió conquistar un territorio personal, una tierra propia bañada de resplandor melódico y de luz visionaria.

Tuve oportunidad de verlo en Madrid, el pasado invierno, en un concierto extraordinario donde, en una hora escasa, él y sus dos escuderos incendiaron el teatro con un sonido que brillaba como el fuego y que, como el fuego, transfiguraba el espacio en tiempo y las melodías en la sombra quemada de su pasado. Ahora, por culpa de una desgracia, todo ese fuego son cenizas. El trío ha sido decapitado, Dan Berglund y Magnus Öström son huérfanos de nuevo y, con ellos, todos nosotros.

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