David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Alan Turing: la manzana envenenada

En la imaginería popular, locura y matemáticas siempre han ido de la mano. Para la mente del profano hay algo pavoroso en el resplandeciente universo de los números, un abismo de cristal cuya exactitud acaba por disolver los tenues vínculos que unen la razón con la realidad. John Nash padecía esquizofrenia. Georg Cantor desarrolló un trastorno bipolar y llegó a creer que su temeraria exploración del infinito lo había conducido hasta Dios. En sus últimos años, la paranoia alimenticia de Kurt Gödel se exacerbó hasta el punto de que, convencido de que pretendían envenenarlo, se dejó morir de hambre.

Cuando lo encontraron, el cuerpo de Gödel pesaba apenas 30 kilos. En cambio, Alan Turing, que siempre había tenido el físico esbelto y fibroso de un maratoniano, mostró al mundo en 1954 un cadáver inflado por las hormonas al que le habían crecido los pechos. A su lado había una manzana mordisqueada y previamente sumergida en cianuro, la manzana envenenada de aquel cuento de Blancanieves que tanto le gustaba y cuya morbosa cantinela solía canturrear: Moja la manzana en el brebaje, deja que la muerte durmiente la empape…

 

En 2009 el primer ministro Gordon Brown pidió públicamente disculpas por la infamia a la que sometieron a Turing. Sus amigos y familiares prefirieron creer que no se había suicidado sino que murió a causa de un experimento científico fallido. Hoy sabemos que Turing no encajaba en el mundo no por sus rarezas, sino porque el mundo en general e Inglaterra en particular resultaba un escenario demasiado hipócrita y mezquino para aquel genio divertido, ingenuo y extravagante, el defensor de las máquinas, el padre de la Inteligencia Artificial, el héroe de guerra que había descifrado el código secreto nazi.

Nació en Paddington en 1912, hijo de un funcionario británico en la India que regresó a las islas y de una madre cariñosa a la que siempre estuvo muy apegado. Como muchos otros prodigios, Alan Turing no fue un alumno brillante: sus compañeros lo ignoraban, sus profesores pensaban que era retrasado. Era un chico solitario, corredor de larga distancia, apasionado por los acertijos y los números, aficionado a inventarse palabras. Aunque anhelaba el contacto humano, desde el principio estuvo condenado a la soledad, a buscar su propio camino. A los 14 años, al ingresar en el internado de Sherbone, conoció a Christopher Morcom, un muchacho sólo un año mayor que lo deslumbró. Aparte de su mejor amigo, Christopher fue también el primer amor de su vida pero murió de tuberculosis antes de que pudiera confesarle sus sentimientos.

Turing quedó destrozado. Para intentar consolarla de la pérdida, escribió cartas a la madre de Christopher en la que defendía la independencia del alma respecto a la materia y, para consolarse a sí mismo, llegó a creer que los últimos descubrimientos de la física cuántica probarían que, aunque separada de sus átomos, en alguna parte la mente de su amigo seguía existiendo.

El recuerdo de Christopher espoleó su orgullo y, como si tomara su lugar, logró ingresar en el King´s College de Cambridge. Allí estudió estadística y mecánica cuántica, mantuvo apasionadas discusiones con matemáticos y lógicos, y trazó sus propios senderos hacia descubrimientos en que, por un azar fatídico, siempre llegaba segundo. Resolvió un teorema ya resuelto por Sierpinski pero su demostración era más sencilla y elegante. En 1936 publicó un artículo que lo haría famoso, “Sobre los números computables”, donde se lanzaba contra el misterio que afectaba a la base misma de la lógica matemática, el célebre problema de la decidibilidad de Hilbert.

Para solucionarlo, Turing imaginó un sencillo sistema mecánico capaz de efectuar operaciones lógicas. La máquina de Turing no sólo podía realizar cálculos numéricos sino cualquier cosa que pudiera describirse mediante un algoritmo, una serie de instrucciones automáticas. Era el embrión directo del ordenador y consistía apenas en un rollo de papel y un tintero. Técnicamente, la máquina aún no podía construirse pero su genialidad consistía en que bastaba imaginarla para que ofreciera soluciones a problemas lógicos.

 Sin embargo, nuevamente se le habían adelantado: del otro lado del Atlántico llegó un artículo firmado por Alonzo Church donde se ofrecía una solución distinta. Por suerte, Church aceptó a Turing bajo su tutela en Princeton, adonde viajó en 1938 con una beca, listo para estudiar junto a una lista de genios que incluía a Von Neumann, Hardy y Einstein. En Princeton Turing volvió a sentirse aislado. En aquel ambiente de científicos despistados destacaba gracias a su aspecto desaliñado, con el pijama bajo la chaqueta, la barba sin afeitar y las uñas sucias. No logró hablar con Einstein, Church apenas le hacía caso, Hardy lo ignoraba. Sólo el gran Von Neumann, fascinado por sus ideas, le ofreció un puesto de ayudante pero Turing prefirió volver a Inglaterra en 1939, donde súbitamente se le reclamaba para dirigir un centro de análisis criptográfico en Bletchley Park. Con la ingente labor previa de los matemáticos polacos, Turing se lanzó a romper la clave secreta de la Máquina Enigma que, entre otras cosas, cifraba el código naval de los submarinos alemanes en el Atlántico. En palabras de Dawkins, la contribución de Turing a la victoria aliada fue mayor que la de Eisenhower.

En Bletchley Park trabajaban matemáticos como Turing, ajedrecistas, jugadores de bridge. Churchill dijo al jefe del Servicio Secreto: “Cuando le dije que buscara hasta debajo de las piedras, lo decía en sentido figurado”. Fue un éxito secreto porque ni a Turing ni a nadie de su equipo les estaba permitido hablar de su trabajo. Hasta la década de los 70, en que los documentos fueron desclasificados, no se supo que le habían condecorado con la Orden del Imperio Británico. Después de la guerra, Turing trabajó en la teoría de la Inteligencia Artificial y sentó, junto a Norbert Wiener, las bases de la cibernética.

En 1952 cometió el error de denunciar un robo. La policía encontró al ladrón, un muchacho con el que Turing había mantenido relaciones. Lo acusaron de indecencia y perversión sexual (el mismo delito que arruinó a Wilde medio siglo antes) y le dieron a elegir entre un año de cárcel y la castración química. Turing, el lógico impecable, eligió mal y la dieta de estrógenos cambió su metabolismo, lo dejó impotente y lo llevó a la locura. Desconsolado, le escribió a un amigo este silogismo:

Turing cree que las máquinas piensan.

Turing yace con hombres.

Luego las máquinas no piensan.

Glenn Gould: el alquimista de cristal

En 1955, cuando contaba 22 años de edad, Gould escogió para su debut discográfico las Variaciones Goldberg de Bach, una obra colosal y casi secreta, de dificultad titánica, apenas interpretada. Era un caluroso día de junio neoyorquino pero el joven pianista se presentó en el estudio embozado en abrigo, bufanda, gorra y guantes, y sorprendió al curtido grupo de ingenieros de la Columbia al desplegar unos pertrechos que incluían un lote de toallas, varias botellas de agua mineral, cinco frascos de pastillas y una silla especialmente construida para él. Antes de empezar la sesión, Gould sumergió durante quince minutos sus brazos en agua caliente a la altura del codo para soltar las articulaciones. Un ritual que repetiría a lo largo de toda su vida y que también le servía para tomar contacto y bromear con el personal. A pesar de todos sus caprichos y manías –que iban desde su fobia al contacto físico al ajuste milimétrico del aire acondicionado– Gould era una persona cálida y afable que siempre se llevó de maravilla con los técnicos, ayudantes y ujieres de las salas de concierto.

Aquella grabación supuso el descubrimiento de una nueva y joven estrella del teclado. A los críticos se les acababan los adjetivos a la hora de enjuiciar el talento y la originalidad del artista canadiense. Desde entonces Gould entró en el terreno de la leyenda. Pero en una profesión, la de los concertistas de piano, donde abundan los extravagantes, los supersticiosos y los bichos raros (de Horowitz a Michelangeli, de Yudina a Richter), Gould resultaba el bicho más raro de todos. Fue a la vez el más distante y el más cercano de los pianistas, el más extraño, divertido y simpático de la manada. En un prado lleno de caballos huidizos, apacibles o feroces, Glenn Gould era el unicornio.

 Una de las principales razones de asombro proviene de su temprano abandono de los escenarios. En 1964 en Los Angeles dio su último concierto y ya nunca más volvió a caer en lo que denominaba, con característica ironía, “la falacia del smoking”. Muchos colegas, docenas de promotores y miles de admiradores le pidieron una y otra vez que regresara a los teatros pero Gould sentía que el concertista de piano era un anacronismo y prefirió entregarse a un público mucho más amplio a través de la tecnología. No le parecía que cortar y empalmar diferentes tomas de una pieza, a veces en el transcurso de unos breves compases, fuese una forma de fraude artístico: al contrario, era un modo de alcanzar la perfección. El recital, para él, representaba una forma de exhibicionismo caduco, una solemne apuesta a cara o cruz. En cambio, sus intrusiones en el estudio de grabación tenían un aire travieso, jubiloso, algo a mitad de camino entre una conspiración, un juego, un experimento de laboratorio y una aventura.

 Tenía otros motivos para odiar los conciertos. Para empezar, no le gustaban nada los viajes; odiaba el ajetreo, los aviones, el acarreo de maletas, las multitudes, el cambio de paisaje. El turismo nunca le interesó lo más mínimo. En una gira por Europa apenas si salió de su habitación, salvo en Moscú, donde las vistas y la gente le parecieron lo bastante exóticas como para arriesgarse a salir a la calle. Un teléfono y un tocadiscos eran todo lo que necesitaba.

 Siempre consideró Toronto, la ciudad donde nació en 1932, su único hogar, con pequeñas extensiones hacia los alrededores del lago Simcoe, donde transcurrió buena parte de su infancia. Fue una infancia feliz, dividida entre la música, el amor de sus padres y el cariño por sus perros y pájaros. Amaba los animales hasta el punto de la devoción y siempre lamentó no haber dado el paso definitivo hacia el vegetarianismo. Comía poco y mal, casi siempre a deshoras, en una dieta inverosímil reforzada con docenas de medicamentos para sus diversas dolencias, no todas imaginarias. Pero incluso su hipocondría era motivo de broma: una vez criticó aquella leyenda que decía que viajaba con una maleta llena de medicinas. “Caben perfectamente en un maletín”, puntualizó.

 Como intérprete, no sentía mucho aprecio por el repertorio pianístico: Chopin, Liszt, Schubert, Rachmaninov. Prefería a Gibbons y los virginalistas ingleses, y defendió a capa y espada a Schönberg y Krenek. Y, sobre todo, Bach. Le fascinaba la polifonía, la superposición de voces, y conseguía encontrarla incluso en los lugares más inesperados. En sus grabaciones finales (los Intermezzi de Brahms, el Idilio de Sigfrido de Wagner) el piano, despojado de todo ornamento, suena a luz, como si estuviera tocando los últimos límites de la música.

 Aparte de sus discos –nítidos, explícitos, perfectos– todo lo que rodeaba su vida era puro misterio. Adoraba perderse, conducir solo por las largas carreteras heladas del norte. Apenas se le conocen algunas aventuras con mujeres y siempre se ha especulado sobre su vida sexual. Gould también bromeaba sobre el tema y se encogió de hombros cuando el director Georg Szell calificó de “femenino” su toque en un concierto de Beethoven. Mezclar sexo y música le parecía ridículo, algo ofensivo para su espíritu puritano. Amaba a Sibelius porque le recordaba los bosques inmensos de Canadá y por su lirismo desprovisto de sensualidad. A medida que envejecía, aumentó su dependencia del teléfono y mantenía largas charlas con amigos y familiares, muchas veces hasta altas horas de la madrugada. Solía iniciar la conversación preguntando a su interlocutor si sabía en qué música estaba pensando. “En las Metamorfosis de Richard Strauss”, respondían. En los últimos tiempos era eso o los Cuatro últimos lieder, también de Strauss.

 Un día, al poco de cumplir los cincuenta, fue al médico a quejarse de una congestión en los senos nasales. No le hizo mucho caso, ya estaban acostumbrados a sus exageraciones. Murió un par de semanas después de un derrame cerebral. En su funeral, un día lluvioso y triste de los que tanto le gustaban, sonó la última grabación de las Variaciones Goldberg, incomparablemente más lenta y majestuosa que su fabulosa interpretación de juventud. A través de la alquimia tecnológica había logrado el milagro de la transustanciación, de separar el alma de la carne. Glenn Gould ya no estaba allí, pero estaba de alguna manera, flotando en el aire, encarnado en puro contrapunto, entre la lluvia, las lágrimas y Bach.

Otra vez los gitanos

En Europa hay banqueros, políticos, gente y luego están los gitanos, esa raza de bronce y sueño que marcha en carromato por la noche de los tiempos. Los gitanos lucen muy bien en un tablao o en una película de Kusturica pero en la realidad como que sobran. Les quitas la trompeta, la cabra, la guitarra y la falda de volantes y lo que te queda es la mugre de los campamentos, las moscas, la pobreza, la danza, la música. En suma: la diferencia. 

Desde Napoleón, muchos de los grandes visionarios de la política europea (Hitler, Mussolini, Stalin, Franco) han sido enanos, paticortos, saltimbanquis y similares. Como en el colegio tenían que ponerse de puntillas para poder ver algo que no fuese el culo del compañero (no es que pensaran con el culo, es que la cabeza sólo les llegaba hasta ahí), la solución era fabricarse un mundo a la medida, subirse a un palco, borrar a los más altos de las fotos revolucionarias, eliminar etnias enteras. A Sarkozy, que también gasta estatura napoleónica, no le bastan las alzas de los zapatos. Para otear desde los predios de la historia le molesta el humo de los campamentos, la cabra, la trompeta, ese folklore tan poco chic y tan poco autóctono.  

Porque en los carromatos, ya se sabe, sólo crecen criminales. En un carromato errante nació Django Reinhardt, el quinqui de los dedos chamuscados que es el mayor guitarrista del jazz y una de las glorias de Francia. ¿Habrá escuchado Sarkozy en su triste vida de funcionario de puntillas Nuages, esa balada donde la guitarra de Django y el violín de Grapelli trenzan para siempre la luz y la tristeza parisina o le basta con los maullidos de su señora? En Francia, cuando pintan bastos, en lugar de Django, Edith Piaf o el Himno a la alegría cantan La Marsellesa, que es como Paquito el Chocolatero pero a degüello. En Francia, asilo natural de asesinos en masa, de Duvalier al Sha, sobran los gitanos.

No se ha secado aún la sangre de Srebrenica, no se ha disipado aún el humo en los Balcanes, y otros nietos de Hitler –los Sarkozy, los Berlusconi– vuelven a brotar como setas venenosas en el bosque de las ideas. De las ideas de bombero se entiende, de apagar fuegos con gasolina, de echar leña a la interminable hoguera de la limpieza étnica. 

Lo preguntaba Umbral en estos mismos papeles y por una vez se quedó corto: ¿hay algo más triste que ser gitano en España? Que se lo pregunten a los miles de rumanos y búlgaros que estos días lían el petate y se lanzan otra vez por los caminos del exilio, llorando por bulerías. Qué asco, qué vergüenza. Cuánto ganaría Francia si Woody Allen le escribiera un papelito de comparsa a Sarkozy y le prestara un taburete para que esté a la altura del culo de Carla Bruni.