Como en aquella ilustre serie británica, Arriba y abajo, en Mallorca también hay dudas sobre dónde está el auténtico interés, el verdadero monumento: si en la Cueva del Pas de Vallgornera, con su medio centenar de galerías subterráneas y sus mandíbulas de estalactitas, o en la fascinante construcción de apartamentos de Cala Pi. El constructor no cayó en la cuenta de que las tuberías repletas de heces tendrían que horadar necesariamente la augusta gruta y los vecinos han tenido que ser desalojados. Al parecer, un alcantarillado artificial no puede competir con un alcantarillado natural, un sistema de vaciado ideado por Dios o por alguno de sus milenarios ayudantes.

Yo creo que es exactamente al revés. En términos estrictamente artísticos, el conjunto de viviendas vacías es mucho más interesante que un laberinto de cavernas húmedas. Cuevas como las de Pas de Vallgornera las hay a patadas. Son exactamente igual a las de Nerja o a las de Cracovia: un montón de chorreantes tripas de piedra. ¿Y qué? Fascinante para los espeleólogos, sí, pero vista una, vistas todas. En cambio Cala 3,1416, con su blanco de detergente y su estructura de Exín Castillos, resulta fascinante precisamente por estar deshabitado. Uno puede imaginarse los fantasmas tomando el sol en la terraza o espiándonos desde las persianas.
El Pocero fue el precursor de la arquitectura de ficción al levantar sin permiso alguno una Disneylandia para pobres. Miguel Angel Sobraledo, su alumno mallorquín, ha preferido algo menos ostentoso, no una aparatosa sinfonía de apartamentos sino una pieza de cámara. Hay otros antecedentes históricos. Cuando Ceacescu le encargó a un arquitecto la erección en Bucarest de un barrio entero en un tiempo record, al pobre hombre no se le ocurrió otra cosa para salvar la cabeza que alzar el decorado de unas fachadas con escaleras en la parte trasera desde donde centenares de improvisados actores pudieran acceder a las ventanas. Así Ceacescu, al inaugurar aquel barrio de ficción, pudo saludar desde su coche oficial al elenco de falsos vecinos que le vitoreaban colgados desde varias plataformas que daban al abismo.
A Stravinsky una vez lo llevaban en automóvil por México y su acompañante se empeñaba en señalarle las bellezas paisajísticas del desierto y los volcanes. “No se moleste usted” contestó amablemente el compositor. “La naturaleza no me interesa nada”. Las futuras generaciones verán hasta qué punto Stravinsky tenía razón cuando el moho y el deterioro se apoderen de Cala Pi y la reciclen en una ruina intacta con el nombre de un preclaro enigma matemático. Claro que a lo mejor los vecinos hubiesen preferido una casa.

No creo siempre que una imagen valga más que mil palabras, pero en este caso sí. Carlos García, de El Mundo, rondaba cerca del lugar del atentado y captó el momento en que un vecino y amigo del policía asesinado dejaba unas flores al lado del coche calcinado.
Se me ocurren tantas cosas que decir que no puedo escribir ninguna. Arcadi Espada, en su blog, asegura que al pie de la foto pueden oírse sollozos. Yo los oigo. ¿Los oyes tú?
Es curioso las vueltas que da la vida. O los caminos del Señor, que son inescrutables. Disculpenme este montón de frases hechas, pero la calor no le deja a uno pensar y eso es lo único que se me vino a la cabeza la semana pasada, cuando abrimos el sobre del jurado del Ateneo Joven de Sevilla y salió el nombre de Lorenzo Luengo, un tipo con el que he estado a punto de tropezarme varias veces a lo largo de los años. No recuerdo muy bien cuál es el orden de nuestros desencuentros pero me parece que Lorenzo me escribió una vez a mi correo, vía Román Piña, con motivo de no sé cuál novela mía. Quedamos en que nos veríamos y tomaríamos un café pero Lorenzo desapareció de mi vida con la fatalidad de una novia. Años después me envió un libro que había traducido y comentado, los Diarios de Byron. Me escribió diciéndome que su vida se había complicado mucho y que tendríamos que aplazar el encuentro. O más bien prolongar nuestro desencuentro. Y volvió a desaparecer, como el Guadiana. Hasta la noche del jueves en Sevilla no pude ponerle cara y la suya era la de la felicidad absoluta.

La mía también porque resulta que el ganador de la edición del Ateneo senior era nada menos que mi viejo amigo Andrés Pérez Domínguez. ¿Te acuerdas, aquel tipo que me hizo una entrevista como si yo fuese Roberto Esteban, al que luego le escribió una carta una pobre mujer de Barcelona para contratar los servicios de Esteban y que decidió escribir una novela basada en esa anécdota? Andrés subió a recoger el premio en los Reales Alcázares y se notaba que aquella era su noche mágica en Sevilla.

Eugenia Rico me acompañó de maestra de ceremonias. Por allí andaban también la guapísima Sivia, la editora de Imagine, Fernando Marías, Miguel Angel Matellanes, editor jefe de Algaida, Felix J. Palma, que ya ha exportado El mapa del tiempo a casi una veintena de países, el cabrón, y el incombustible Javier Puebla, que se atrevió a llevar sombrero incluso con ese calor.

Con Fernando Marías, uno de los mejores tipos que conozco, me acodé un rato en una terraza magnífica frente a la catedral chorreante de oro. Fernando me dijo que se sentía un poco desplazado en esas fiestas, tal vez porque no bebía, pero le dije que yo bebía y desde siempre me he sentido también un bicho raro en medio de una multitud de amigos. No me van las grandes reuniones ni aglomeraciones de gente, funciono más bien en dúos, trios o cuartetos. Soy más bien un amigo de cámara.
En Sevilla, además, echaba de menos a mi chica.
¿Qué hace un negro paseando por la Castellana en el Madrid de los años 60? Un blanco perfecto. Este chiste (negro y políticamente incorrecto) podría ser la primera aproximación a Soul man (Lengua de Trapo, 2009), la última novela de José María Mijangos, un autor que ya había ensayado el sarcasmo, la ironía y hasta la picaresca en títulos anteriores como Braille para sordos o Curso de asesinos por correspondencia. Soul man es la trágica, desgarradora y desternillante odisea de Cleophus Taylor Porter, desde su Memphis natal hasta los aledaños del Santiago Bernabeú, desde una infancia desgraciada, a mitad de camino entre la delincuencia y el blues, hasta los preámbulos de una vejez rota, cuando, en la imagen que abre la novela, se descubre como reponedor de mercancía en un supermercado, pasando por un meteórico estrellato donde llegó a compartir escenario con los Beatles.

Hijo de Mad Dog Rufus, un legendario músico de blues que abandona a su madre a la primera de cambio, Cleophus lleva gracias al estigma paterno el don de la música y la maldición de la violencia. Desde muy pequeño, para desgracia de su madre, Cleophus resulta un asiduo visitante de las comisarías de Memphis y un fanático de los discos de su padre. Los músicos pobres que pasan por la pensión de su madre (un joven Ray Charles entre otros) descubren en el pequeño un talento sobrenatural para la guitarra unido a una diabólica mala leche. Al final, ante la perspectiva de que Cleophus acabe en el reformatorio, su madre acepta la oferta de matrimonio de un militar homosexual y la estrambótica familia aterriza en la base de Torrejón. Allí Cleophus no tarda en sacar a pasear su talento insufrible y su desvergüenza criminal al tiempo que aprende sus primeras palabras en español. “Caña” es una de ellas.
Retrato cómico y amargo de una época desaparecida, Soul man incluye también el fresco nostálgico de una capital cuya única vía de escape discurría entre los domingos de fútbol y los bares de tapas, un Madrid provinciano que empezaba a querer respirar con otros aires y ritmos para sacudirse el yugo de la dictadura a fuerza de rock. Cleophus camina entre la sombra de los Brincos y otros grupos de la época, mientras los Beatles le copian indumentaria y canciones, y un Jimmi Hendrix espabilado alucina en Londres al ver al chaval tocando con una guitarra en llamas. Casi al final, en un guiño que sólo percibirán los lectores más atentos de Anthony Burgess, Mijangos elabora un largo y hermoso homenaje al blues, esa noche eterna de la música negra que aterrizó un día en Madrid de pura chiripa y que al final no pudo ser porque las cosas buenas nunca duran.
Hace unos días oí a alguien comentar sobre el juicio de ese par de progenitores que había violado durante años a sus hijos. “Vaya pareja de puercos” dijo el tipo. Le repuse que contuviera su lenguaje, que respetara un poco. A los cerdos –especifiqué–, animales inteligentes y sensibles a los que jamás se les ocurriría algo por el estilo.
El monstruo de Amstettem ha saltado de Austria a Baleares en versión más soleada y familiar. Fritz cometía sus crímenes en solitario y en las tinieblas de un sótano habilitado como el bunker de Hitler. A estos dos depredadores no les hacía falta sótano porque violaban en equipo, con mucho cariño y mucho amor: ella sujetaba al pequeño/pequeña y el esposo lo/la iniciaba en los misterios del sexo a puro empujón. Igual que el carné de conducir, que se lo dan a cualquiera, siempre he sostenido que habría que superar unas pruebas para sacarse un permiso de padre y ver si uno está preparado para reproducirse. En algunos casos bastaría con darle al interfecto una Nancy y cronometrarle para ver cuánto tarda en cambiarle unos pañales. Si vemos que el aspirante empieza a bajarse la bragueta, suspendido.
De cualquier modo, es algo esperanzador comprobar que la mujer ayudaba al marido en el duro trabajo de la fornicación: al fin vemos que el Ministerio de Igualdad sirve para algo. Había un reparto equitativo de culpas en este alegre dúo de depredadores: uno violaba, la otra sujetaba, lo mismo que si le dieran la sopa. La madre violó a los niños; el padre a los niños y a la niña. Hace unas décadas el tema hubiese dado para una canción popular, un cantar de ciego al estilo del Hombre del Saco con citas escogidas de Bibiana Aído y de Fernando Esteso. Pero no nos engañemos, la triste verdad es que las violaciones en familia, hace menos de un siglo, estaban a la orden del día. Nos quedan como resto folklórico esas terribles leyendas medievales donde el rey ponía pruebas imposibles para los pretendientes a la mano de su hija.
Freud inventó la genialidad del complejo de Electra al concluir que las pacientes que acudían a su consulta contando que su padre las había violado, albergaban fantasías sexuales precoces. Se equivocaba: las violaciones eran reales, repetidas, tremendas, unánimes. Ignoramos por qué a última hora la Fiscalía ha decidido rebajar sensiblemente las penas a esta yunta de criminales consanguíneos. Quizá haya tecnicismos legales propios de video porno que escapan a la simple percepción de este viandante. O quizá es que fomentaban alguna tradición perdida en las islas.

Papis