David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Prohibido no fumar

Ahora que tanto se habla de la crisis de los medios y de la decadencia de la prensa escrita, conviene recordar que muchas veces la única razón válida para leer un periódico consiste en encontrar una página que valga para algo más que para embalar muebles. Como fuente de noticias, un conjunto de hojas impresas cuenta con un decalaje de 24 horas: en el tiempo que tarda la tinta en secarse ya corren nuevos rumores desde Radio Macuto mientras los porteros de los ministerios fraguan las portadas de mañana. Frente al tiovivo fugaz de la información y el parpadeo ubicuo de internet se alza el mármol perfecto de la palabra escrita. No por nada a ese arte de persistir en medio de la lluvia cotidiana de noticias se le llama columna. Son las columnas las que sostienen el periódico, todo lo demás (terremotos, crímenes, dimisiones, golpes de estado) es paja, rumores de portería, hechos caducifolios.

No hay muchos columnistas que sepan que su trabajo no es convencer ni predicar ni escandalizar ni siquiera llevar razón sino escribir de modo que el mundo entero quepa en un espumarajo. La mayoría confunde la escritura con la redacción, el mundo con su ombligo o la columna con el púlpito. Entre los pocos que aún entienden el oficio como una operación quirúrgica, quizá sólo José Luis Alvite ha logrado crear un ecosistema propio, el bar del Savoy, una genealogía canalla hecha de rubias fatales, boxeadores sonados y pianistas con párkinson, una prosa de alta graduación donde en una sola frase cabe una novela negra.

Hay editores suicidas que coleccionan las radiografías de Alvite e incluso las recopilan con la absurda esperanza de poder encuadernar el mar. La última se llama Humo en la recámara y parece un título consecuente porque, cuando vino esta semana a presentar el libro en Madrid, Alvite apretaba ansiosamente dos paquetes de Ducados como quien lleva en la mano un par de cargadores de una 38. Lorenzo Díaz le preguntó cómo podía describir tan bien Nueva York o Chicago si nunca había estado allí y Alvite respondió que muchos escritores gallegos, de Cunqueiro a Valle-Inclán, habían hablado de la muerte sin haber sido antes cadáveres. Añadió con su voz ronca y casi terminal que, en su caso, la literatura bien podía ser una forma elegante de roncar.

Como Umbral, como Ruano, Alvite es menos un hombre que un estilo, un género literario con pies, barba y gafas. Al final de la charla, Abraham García quiso invitarlo a cenar a Viridiana pero tuvo que rehusar porque ya había necesitado una transfusión de nicotina para sobrevivir a la presentación. La escritura de Alvite es un lugar de mala vida donde está terminantemente prohibido no fumar.