David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Klaus Tennstedt: viviendo en el fuego

En Londres, cada vez que reaparecía después de una de sus espantadas legendarias, le daban una bienvenida típica de las estrellas de cine o las leyendas del rock. De la noche a la mañana surgían pintadas en los muros saludando su enésima resurrección: ??¡Klaus vive!? Las orquestas lo adoraban; los instrumentistas sentían por él una mezcla de emociones contradictorias ??cariño, respeto, devoción, lástima??, credenciales exclusivas que se había ganado a pulso en conciertos y ensayos. Era tímido, dubitativo y parecía frágil, a menudo se balanceaba en el podio como si fuese a caerse en cualquier momento. Ningún otro director de orquesta ha dado jamás ese aspecto de indefensión, de falta de confianza en sí mismo. En un oficio cuyo secreto último radica en el sortilegio del poder y la fuerza misteriosa del liderazgo, nadie sabía cómo hacía para sobrevivir, para seguir adelante. Otros directores emplean la amenaza, la humillación, el látigo, la adulación, el chantaje. Klaus Tennstedt prefería mostrarse tal y como era: endeble, nervioso, asustado incluso. Fumaba sin parar, empalmando un cigarrillo tras otro como si el tabaco fuese un substituto de la batuta, como si su minúscula brasa marcase la temperatura que debía alcanzar la música.

Cada vez que subía al podio, la orquesta cruzaba los dedos, la audiencia contenía la respiración, los promotores sudaban la gota gorda. De improviso Tennstedt alza los brazos en un gesto desamparado y entonces, no se sabe cómo, la música empieza a fluir de sus dedos, la electricidad mana de la batuta y se va transmitiendo a violines, chelos, trompas y trompetas. Tennstedt dirigía como vivía: apasionadamente, entre las llamas. Con él al frente nunca se sabía si la sinfonía llegaría hasta el final, pero mientras duraba la música, todo en la sala se contagiaba de su fuego trémulo, su intensidad prodigiosa. Otros directores aseguraban interpretaciones sólidas, convencionales, rutinarias. Tennstedt no prometía nada pero lo daba todo, cada segundo, cada compás, cada nota. Cuando, increíblemente, todo acababa y se volvía para recibir la ovación, estaba pálido y exhausto como si regresara de la muerte. Abandonada en el atril, la partitura parecía un electrocardiograma.

Nunca terminó de creerse que había triunfado. Por eso se entregaba a fondo en cada interpretación, porque creía que en cualquier momento despertaría del sueño y volvería a la pesadilla de ser un anónimo director del otro lado del Muro. En 1971, tras un concierto en Gotemburgo, huyó del paraíso comunista y pidió asilo en Suecia. Ni siquiera su fuga fue noticia. Poco después le acompañó al exilio su esposa, Inge, que era también su baluarte y su enfermera, y consiguió el puesto de director de la ?pera de Kiel, donde se hubiese jubilado tranquilamente de no ser porque en 1974 el gerente de la Sinfónica de Toronto buscaba un sustituto a toda prisa para el recién fallecido Karel Ancerl. Le oyó dirigir la 7ª de Bruckner en Kiel y se quedó pasmado. Al poco Tennstedt estaba acompañando a Itzhak Perlman en el concierto de violín de Beethoven, y a la salida, un agente le brindó la ocasión de ponerse al frente de la Sinfónica de Boston.

Bruckner fue su pasaporte a la gloria. Durante el ensayo de la monumental 8ª, los instrumentistas en bloque aprovecharon la pausa del café para ovacionarlo puestos en pie: un aperitivo de lo que le esperaba. Para asegurarse de que no era un sueño, Tennstedt guardó siempre en su cartera un recorte con el inaudito titular del Globe: ??Boston/Bruckner/Tennstedt: una sola vez en la vida?.

Tenía casi 50 años, la edad en que otros piensan en el retiro, y de repente estaban a sus pies las mejores orquestas del mundo: Berlín, Viena, Cleveland, Chicago, Nueva York, Amsterdam. Tennstedt las fue visitando a todas, sorprendiéndolas con su entrega, su devoción, su humildad maravillosa, como si pidiera perdón a cada momento por estar ahí, agitando la batuta. Era imposible no amarlo. Sin embargo, había triunfado demasiado tarde y las giras agotadoras, las dudas y temores que lo escoltaban a todas partes presagiaban oscuras amenazas. En 1981, en París, sufrió un ataque de nervios y tuvo que cancelar una 1ª de Mahler con la orquesta de la NDR. Su sustituto, Kirill Kondrashin, triunfó en el podio y luego murió en su hotel de un infarto. Tennstedt, supersticioso hasta la médula, se consideró personalmente responsable y se deprimió durante meses. Jamás regresó a Francia.

Los accidentes y cancelaciones se sucedían entre rachas de éxitos memorables. Aceptó el podio de la Filarmónica de Londres, con la que plasmó un ciclo mahleriano de ensueño. Karajan lo invitó a Berlín varias veces y mencionó su nombre de pasada en una entrevista como posible sucesor, pero Tennstedt era una apuesta demasiado arriesgada para la solemne institución berlinesa. El riesgo se materializó en Filadelfia: mientras dirigía el Adagio para cuerdas de Barber sintió una molestia en la garganta y le diagnosticaron un cáncer en las cuerdas vocales, consecuencia de su adicción compulsiva al tabaco. Meses después, cuando emergió victorioso del tratamiento, dirigió una 6ª de Mahler en el Royal Albert Hall que arrancó lágrimas del auditorio.

Había vuelto una vez más, aunque no por mucho tiempo. En 1986 se derrumbó completamente durante una interpretación en los Proms de Londres retransmitida en directo por la BBC. Tras un primer movimiento soberbio de la 4ª de Brahms, se retiró a su camerino y ya no salió. Su esposa lloraba en silencio, sus amigos llamaban a la puerta, los músicos le suplicaron que volviese al podio, que se quedase allí de pie y ellos harían el resto. Todo fue en vano. Se llegó a un acuerdo por el cual dimitía de su titularidad en Londres por ??motivos de salud?.

Murió en Kiel en 1998, con su fiel esposa Inge al lado, de regreso al tranquilo refugio de su exilio, a los tiempos en que aún no era nadie. Nunca pudo soportar la presión mediática, las exigencias de la industria, los ridículos laureles de la fama. En sus últimos años dirigió aquí y allá, siempre perseguido por esa fatídica nube negra que era también su destino: un brazo roto en el Carnegie Hall, una cadera fracturada en Londres. Apenas pudo brindar una pizca de su arte a un mundo que siempre preferirá la media tinta a la verdad, la anestesia al dolor, la pomada al fuego.