David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Barcelona era una fiesta

El viernes llegué a Barcelona al festival Kosmopolis para asistir a una mesa redonda sobre Stanislaw Lem. La cosa salió bastante bien teniendo en cuenta que éramos tres conferenciantes más un moderador y que dos de ellos hablaban en polaco, con lo cual necesitábamos traducción simultánea. Con los micrófonos y los cacharritos metidos en la oreja parecíamos alguna especie de androides de los que saca Lem en Diarios de las estrellas.

En Kosmopolis me encontré en carne y hueso con algunos escritores españoles a los que sigo desde hace tiempo. El primero fue Andrés Ibañez, que me vio bastante perdido en el comedor y se levantó amablemente a estrecharme la mano. Luego, por la tarde fui a la FNAC, a la presentación de El hacedor, remake, donde mi amigo Agustín Fernández Mallo deslumbró como siempre al personal. Cenamos juntos Agustín, yo y algunos amigos de Alfaguara y durante la cena me enfrasqué en un fructífero diálogo con Gabi Martínez en el que hablamos de literatura de viajes y en el que me contó el proyecto en el que anda metido, una historia tremenda con asesinatos, pakistaníes y kalashnikov. El libro promete ser todo un hito en un género que en España no ha dado demasiados frutos, por no decir casi ninguno. A las copas se nos unieron Jorge Carrión, Manuel Vilas y Eloy Fernández Porta, pero yo seguí hablando con Gabi que me tenía encandilado con sus aventuras en Pakistán. ¿Acaso no eso la literatura?

Por la mañana me levanté a eso de las nueve y di un paseo por las Ramblas antes de la firma que me tenía preparada el bueno de Paco Camarasa en su mítica librería Negra y Criminal. Quien no haya asistido a una de esas presentaciones con vino y mejillones en el corazón de la Barceloneta no sabe lo que se pierde. El libro lo presentaron mi viejo amigo Diego Prado, que como buen cantante y aficionado a la música, me cazó enseguida la estructura de fuga, y mi otro viejo amigo Raúl Argemí, que se deshizo de un resfriado con cuarenta grados de fiebre para echarme una mano y conjurar de nuevo los fantasmas de Chernobyl. Raúl se fue tan rápido a acostarse y sudar que ni siquiera me dio tiempo a sacar de la bolsa mi ejemplar de Siempre la misma música, una de las mejores novelas negras (y de cualquier otro color) que se han publicado en este país, seca y contundente como un puñetazo al hígado.

Luego, para finalizar por todo lo alto, nos fuimos Diego, su novia Eva, Susana, la agente de prensa de Algaida, y yo, a comer a un restaurante de la Barceloneta donde nos sumergimos en tandas de pescaíto frito, marisco, vino blanco y polen, hasta que llegó la hora de regresar al AVE y dormirla. La felicidad debe de ser algo parecido a esto.