David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


El experimento azul (3)

Definitivamente mis compañeros (o contrincantes) de juego han enloquecido. Carlos anda saltando por los tejados, huyendo (o escapando) de los loqueros, y Vanessa está intentando comunicarse con el espíritu del detective muerto (o difunto) a través de sus gatos. Pobrecillos, dan un poco de lástima. Y pensar que un día fueron escritores serios. Bueno, la verdad es que Carlos no, Carlos nunca fue serio. Pero una cosa es andar (o caminar) con un pañuelo negro atado a la cabeza como un fan nostálgico de Jethro Tull (o un clon obsoleto) de Ian Anderson) y otra cruzar Lavapiés en pijama de terraza en terraza con una consola Nintendo. Y Vanessa, haciendo de médium con un libro de poesía romántica y una lata de sardinas.

 

Hablando de latas de sardinas, me estoy quedando sin provisiones. Llevo diez días (¿o son once?) atrincherado en el comedor, he atrancado la puerta por dentro y me he puesto tapones de cera en los oídos para no distraerme con los gritos de mi novia que ha olvidado la plancha del pelo (¿o era la de la camisa?) y se ha empeñado en recuperarla a toda costa. ¿Cómo puede decir que estoy loco? Si hasta he utilizado la batería del teléfono para adaptarla a la consola y así no dejar de jugar al Ghost Trick ni un momento.  Y para no poner el suelo perdido con los excrementos (o caquitas), voy reciclando las latas de judías y mejillones que luego arrojo por la ventana.

 El otro día vino Fernando Marías (o un tipo que se hacía pasar por Fernando Marías), golpeó la puerta y me dijo que abriera de una vez, que el experimento no trataba de esto.

 -Si eres Fernando, tienes que decir la palabra clave ??dije, mientras rebobinaba el tiempo e intentaba salvar por enésima vez a la tonta de la pelirroja.

 -¿Qué palabra clave? ??dijo la voz al otro lado de la puerta.

 -La palabra clave que detendría el experimento.

 -Pero no hay ninguna palabra clave.

 -Ya, pero tú no lo sabías. Me preguntaste cuál era la palabra clave. De modo que no eres Fernando.

 -Está muy mal ??oí la voz de mi chica (o de alguien que se hacía pasar por ella) al otro lado de la puerta-. A veces le oigo mascullar en armenio.

 -¿Armenio? ¿Ahora sabe hablar armenio?

 -No. Eso es lo peor de todo. Que no tiene ni puta idea de armenio.   

 -¡Lista! ¡Que eres una lista! ??grité yo-. ¿Cómo sabes que hablo en armenio sin saber armenio si tú tampoco hablas armenio?

En ese momento volvieron a matar a la pelirroja tonta (o estúpida) y el tiempo volvió a rebobinar (o a ir pa?? tras). Disponía de otros cuatro infinitos minutos. No podía perderlos discutiendo.