David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


La sonda Shostakovich

El viernes fui al concierto de la Orquesta de RTVE con un programa eminentemente ruso: el Concierto para violín de Tchaikovsky y la Quinta Sinfonía de Shostakovich. En cuestiones de música, como casi siempre que espero algo grande, tuve un pelín de mala suerte. El director Pinchas Zukerman y la solista programada no pudieron llegar a Madrid por culpa de la nube de cenizas volcánicas. Yo quería ver al viejo Pinchas porque lo recordaba de violín solista en una grabación del Así habló Zaratustra de Richard Strauss, con William Steinberg a la batuta. Tuvimos que conformarnos con Adrian Leaper y con otro violinista sustituto del que tampoco recuerdo el nombre. No sé si fue cosa de las prisas, del miedo escénico o lo que fuese, pero creo que el hombre salió un pelín acojonado y que el concierto de Tchaikovsky (en mi opinión, uno de los grandes del repertorio) sonó apagado, sin filo, sin mordiente. Temí lo peor cuando empezó la segunda parte y Leaper alzó la batuta para enfrentarse a la Quinta de Shostakovich. Afortunadamente resultó una interpretación magnífica, matizada, brusca y doliente, sin más problemas que las intervenciones solistas habituales del público madrileño: una señora rascando el papel del caramelo, un idiota hablando, un imbécil que se marchó en medio del último movimiento y una señora a mi lado que casi se muere de un ataque de tos. Es curioso porque no había tosido ni antes ni después, pero justo en mitad del Largo le entró una carraspera irritante en fascinante contrapunto melódico con el clarinete. En fin.

Era la primera vez que oía en vivo esta partitura tremenda cuyo estreno en San Petersburgo (entonces Leningrado) provocó un verdadero terremoto psíquico. Un oyente se levantó, como poseído por el viento satánico del finale, y poco a poco, toda la audiencia se fue poniendo en pie. Hubo más de veinte minutos de aplausos, la gente salía llorando en silencio. El director (Mavrinsky, si no recuerdo mal) cogió la partitura y la alzó sobre su cabeza. Por primera vez alguien se atrevía a gritar en voz alta lo que significaba vivir bajo el terror de Stalin. Y sin emplear una sola palabra y diciendo, aparentemente, lo bien que marchaba todo en el país. Un poeta se acercó a abrazar al compositor y le dijo: «Qué suerte teneis los músicos, camarada».

En 2006, el centenario del nacimiento de Shostakovich, escribí un artículo que mantengo punto por punto y palabra por palabra. El descubrimiento de su música ha sido una de las grandes revelaciones de mi vida (con la ropa puesta). Es un compositor capaz de combinar lo cómico y lo trágico, lo dramático y lo grotesco, algo así como si James Joyce hubiera sobrevivido al Gulag y volviera para contarlo. Como dijo Solomon Volkov después de su primer concierto shostakovichiano: «Por primera vez después de oír música, salí pensando en los demás y no en mí mismo». La música de Shostakovich, a menudo, no es hermosa sino retorcida y terrible. A veces suena como un borracho tambaleándose, a veces como una mujer violada en una sala de torturas. Como dijo el gran director rumano Sergiu Celibidache: «La música no es bella. Bueno, de acuerdo, lo es, pero la belleza no es más que un cebo. La música es verdad».

Esto es lo que escribí, tal cual:

El año que entra se oirá hablar mucho del año Mozart porque se cumplen 250 años de su nacimiento, pero no hagan caso: Mozart tuvo su centenario hace cuatro días. Lo esencial el próximo año será hablar de lo que sea, con tal de no hablar de Shostakovich.
Mozart es todo lo que quisiera ser Europa. Shostakovich (que nació en 1906) es Europa tal cual: la pesadilla de una historia empachada de sangre humana, las matanzas, las deportaciones en masa, la guerra, el hambre, Auschwitz, Siberia. Mozart es la razón que sueña cielos, palacios deslumbrantes: Shostakovich, el sueño desquiciado de la razón pariendo consignas y monstruos.

Los siglos mueren con años de retraso. En Chechenia, en Irak, en las masacres de Nueva York, Madrid, Londres y Bali, el siglo XX sigue coleando, arrastrando su triste manto de catástrofe.Por eso en 2006 deberíamos recordar al músico que representa, como ningún otro, a esta centuria que no acaba de irse, empapada de humanismo sordo y ciego, de utopías rotas y de cadáveres.Quizá haya músicos más grandes que Shostakovich, pero ninguno simboliza como él, en carne y sonido, el espanto de haber vivido este calvario de mentiras y hecatombes, el horror de los campos de concentración, el chiste de la política, la farsa de que los monstruos lleven careta humana y de que ciertos seres humanos sean menos que monstruos.

El monstruo particular de Shostakovich se llamó Stalin: durante décadas tuvo que vivir con el miedo de que un día llamaran a su puerta y se lo llevaran para siempre, como a tantos familiares y amigos.Pero de algún modo logró decir la verdad: la gente que acudió al estreno de su Quinta Sinfonía salió llorando en silencio. En ella, quizá por primera vez, la música (el instrumento de introspección más poderoso que haya inventado el hombre) salía de la esfera privada a la pública. Esa es su fuerza y su gloria.

En la Séptima, compuesta durante el cerco de Leningrado, levantó un monumento a la devastación y la locura de la guerra, pero también un lúcido, implacable testimonio del estalinismo, una crónica del miedo, un réquiem. Desde entonces ya no pudo abandonar el papel de yurodivi, el loco que dice la verdad, el profeta visionario del que todos se apartan y al que ni siquiera el zar se atreve a rebanar el cuello.

Hace tiempo, la raza humana envió una sonda fuera del sistema solar. Entre los mensajes enviados para una hipotética inteligencia extraterrestre hay un preludio de Bach. Nadie podría encontrar una música más desnuda, más bella: todos los logros científicos, matemáticos y artísticos de la Humanidad quintaesenciados en tres minutos gloriosos. Pero, como Mozart, esa música nos habla no de lo que somos sino de lo que quisiéramos ser. Si, además de la belleza, hubiéramos querido contar toda la maldad, la miseria y la mentira que habitan esta pequeña lágrima azul, no habríamos enviado al viejo Bach de embajador. Habríamos enviado a Shostakovich.