David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Cervantes con braguero

La otra noche ibamos Rafael Reig y yo camino de un hotel en la plaza de las Cortes, donde nos habían invitado a una cena de fumadores, cuando nos sorprendió descubrir, entre la lluvia tonta que caía, la imagen de una de esas estatuas de Madrid que casi siempre ignoramos, un tipo antiguo y retrospectivo, en calzones del siglo XVII y de actitud francamente afeminada.

-Quién será ése -dijo Rafael.

-Vete a saber. En esta ciudad le levantan un monumento a cualquiera.

-Vamos a echar un vistazo antes de entrar.

-Parece don Juan de Austria…

Nos detuvimos justo donde nuestras respectivas dioptrías podían hacer tiro al blanco con la peana.

-Coño, si es Cervantes. Don Miguel de Cervantes.

-¿Pero tú crees que Cervantes ha llevado alguna vez estas pintas? Parece que llevara braguero, no jodas.

Durante la cena era obligatorio mezclarse con diputados (con la ropa puesta), pero yo preferí mezclarme con Rafael Reig, con Pepe Aguirre, con Angel García Muñoz, con Fran y con un par de amigos estanqueros. Los diputados son una gente muy rara que vota las leyes y luego ni sabe lo que ha votado. Por ejemplo, una vez entró un ministro (no sé si Rubalcaba o Lissavetzky) a un estanco con un puro en la boca y el estanquero (un cachondo mental del que me reservo el nombre) espetó:

-Aquí no se puede fumar.

-¿Pero quién ha dicho esa tontería?

-Ustedes.

No sólo lo habían dicho: lo habían votado. Lo que pasa es que luego, pobrecitos, ni se acuerdan de las gilipolleces que hacen. En fin. La cena estaba promovida por La Boutique del Fumador, la revista donde escribo mes a mes y de la que no puedo hablarles más, porque es delito. (Puedo hablarles del AK-47, de radiactividad o de napalm; puedo pasear por la Gran Vía con una camiseta a favor de la trata de blancas, pero no se puede hacer publicidad de tabaco. Lo siento.)

En ese juego de carambolas que es la vida yo entré en esa revista gracias a Rafael Reig, que me presentó a Javier Blanco Urgoiti, un tipo fantástico y uno de esos amigos con los que crees que vas a recobrar la infancia (aquí su blog: http://wellsybeamurguia.blogspot.com/). Javier me presentó a Jesús Llano, que es otro señor de los que merecen un blog aparte, y yo, para estar a la altura, tuve que recurrir a Alvaro Muñoz Robledano (aquí su blog, recién estrenado: http://amrclus.blogspot.com/). Convenimos en que aquello era un empate.

Con el tiempo, acabé escribiendo para la Boutique, un lugar por donde había pasado también Juan Manuel de Prada y Luis Antonio de Villena, y con el tiempo Alvaro acabó encontrando un hueco en la revista. Cada vez que leo cualquiera de sus artículos, me doy de cabezazos al comprender que ningún periódico, ninguna revista, tendrán jamás un columnista de la altura de Alvaro, quien de cuando en cuando, como quien no quiere la cosa, y con la excusa del tabaco, suelta bombas como ésta:

MEDIANOCHE EN BAGDAD
 
«La primera noche de ataques aéreos sentimos el horror que las luces verdosas (sí, como en un videojuego de Spectrum) y los sonidos amortiguados apenas remedaban. Mi padre callaba; de sobras sabía como era correr por la calle mientras estallan las bombas y se derrumban las fachadas. Era el 17 de enero de 1991. Las cadenas de televisión reaccionaron al pastel que se les afrecía con voracidad: programaciones especiales sobrecargadas de mapas, gráficos, comentarios expertos, elucubraciones, palos de ciego y conexiones con Jerusalén o con Amman para contemplar la estela de un misil, si es que era un misil, en el cielo nocturno. Al quinto día, el pánico latente que aquella guerra en directo alimentaba se había disipado casi por completo. Ni se había producido un levantamiento árabe y musulmán generalizado, lo que nos hubiera hecho sudar, ni se contemplaba otra posibilidad que la victoria de la coalición. Fue cuando mi padre inauguró su particular posmodernidad con una frase que juzgo antológica:
-En cuanto cene me voy al salón a ver la guerra un rato.

Aquella noche, puede que la quinta o la sexta de unos bombardeos no tan precisos como nos decían, mi padre cogió un puro del aparador, detalle que no tendría mayor importancia si no fuera porque había dejado de fumar hacía dos años. Me gustaría decir la marca, pero no sería memoria sino un truco literario. Seguramente una labor canaria, a las que mi padre era aficionado, consciente de que había sido un maltratador de cigarros toda su vida. Al menos, el precio no le producía sentimiento de culpa. Encendió el puro con extrañeza, como si fuera el primero de su vida  no el reencuentro con un viejo placer. Yo me permití un cigarrillo negro, procuraba no fumarlos en su presencia para evitarle  tentaciones, y le miré. Apenas dio tres caladas al puro, pero lo mantuvo entre sus dedos durante la hora en que asistió a las aventuras de dos periodistas ingleses por las calles de Tel-Aviv, vacías tras una explosión sorda y lejana, aunque creo que no atendía a la pantalla, sino que intentaba escudriñar lo que había tras ella. Cuando llegó el momento, apagó el televisor, miró por un momento su puro casi intacto, y lo depositó con cuidado en el cenicero. Desde entonces, sólo ha vuelto a fumar en la boda de su nieta.

No sé, ni intento explicarlo, qué significó aquel gesto. Quizás quiso que algún amigo le acompañase al revivir el horror. Quizás quiso conjurar la destrucción. Quizás quiso, sencillamente, tener un cigarro en la mano aquella noche en que encendió el televisor para contemplarse».

 

Saben, pensándolo mejor, después de una cosa así, yo también me coloco un braguero.