David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


El hambre está de moda

Al igual que los pintores contemporáneos, los modistos cada vez se alejan más de la realidad. Salvo excepciones y chaquetas, los diseños y trajes que brotan en la pasarela jamás reaparecen en la calle ??entre otras cosas porque es difícil encontrar mujeres de uno ochenta que pesen cuarenta kilos y a las que les siente bien un trapo de cocina abrochado a la cintura. Ese divorcio entre lo utilitario y lo estético ha abierto la brecha para que un simple costurero pase a ser considerado un enchufado más del gremio artístico. Uno recomendado además, porque en los telediarios dedican casi todos los días cinco minutos a ver las últimas tendencias en corbatas cuando no dedican ni medio a una exposición de pintura y no digamos a un libro de poemas.

 

En Ses Voltes desfilaron chicas tan sexys y tan desprovistas de ropa que cualquier despistado pensaría que se encontraba en un puticlub y no en un epicentro de la moda. A ninguna mujer con dos dedos de frente se le ocurriría salir así a una fiesta o a una boda, no a menos que quisiera empezar a hacer los pinitos en el difícil mundo de la prostitución. Sin embargo, en medio del debate sobre si las rameras deben o no abandonar la calle, los modistos reivindican su figura en las pasarelas.

 

Hay un truculento paralelismo en todo esto. Pilar Rahola, una mujer que se viste por los pies, ya se ha manifestado a favor de la prohibición total, olvidando que hay muchas formas de ser puta y que vender el cuerpo no es la peor de todas. Hay políticos que incluso vendieron su escaño de ERC para montar un chiringuito en el Congreso. En una pasarela de moda, con las pobres chicas mostrando el coxis y el arpa de las costillas bajo tiras de ropa adornadas con diamante, uno prácticamente llega a advertir el alma, ese escurridizo reducto de dignidad que más o menos alquilamos todos.

 

Pero la conciencia social fashion va mucho más allá del oficio más viejo del mundo. En Ses Voltes, al lado de las chicas exhibiendo modelos millonarios, una exposición de fotos sobre la miseria en el Tercer Mundo. Imágenes horripilantes de niños en los huesos mientras hermosas y despreocupadas gacelas lucen sus esfuerzos por no comer, felizmente resueltos en sueños de cinco estrellas. La anorexia se iguala a la desnutrición en este estadio último de la lucha de clases, como si la gran lección de la historia viniera a decirnos que el hambre sólo se cura en el momento en que uno tiene suficiente comida en la mesa como para empezar a vomitarla.