David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Jesús del Gran Poder

Mi amigo Jesús Urceloy, que es ese pedazo de humanidad que tienen aquí abajo varado en el sueño eterno,

es uno de esos grandes, dulces y fenomenales melones que, muy de cuando en cuando, la vida te regala. Nuestra amistad va ya para diez años, pero parecen muchos más (o muchos menos) por el cariño enorme que nos tenemos. Es el único amigo al que, hasta ahora, he incluido en una novela como personaje secundario usando su propio nombre. Lo cambié un poco, es cierto, pero cualquiera puede darse cuenta.

Jesús, aparte de un poeta como un chalet de dos plantas, es una voz: inmensa, cavernosa, profética. Cualquiera que lo haya oído, lo recuerda. Tan generoso como su propia y oronda barriga, donde guarda todo un asombroso melonar poético al que no le basta dedicar poemas a sus amigos. Qué va, él coge y les dedica un libro entero, que saldrá muy pronto a la luz, si no me equivoco. Jesús tiene poemas terribles como LA PROFESI?N DE JUDAS, que es uno de esos libros para arrancarse la ropa y salir gritando, y poemas tan graciosos que parecen mentira, pero son todo verdad, como él mismo.

A Jesús los buenos versos le brotan con tanta facilidad (y felicidad) como a los buenos melones las pepitas y no ha tardado ni un rato en celebrar el advenimiento de este humilde blog con un soneto melonero con reminiscencias de Miguel Hernández y que yo copio aquí con todo mi amor y mi admiración para disfrute vuestro y de las generaciones futuras (si las hubiera o hubiese):

Nos tiraste un melón y tan amargo,
con una mano henchida de escritura
que no quedó ni pipa en la basura
ni corteza amarilla. Me hago cargo.

Pero al ver esa foto, que es de embargo,
no distingo el melón, sí la textura
del melonado hecho, qué aventura
para el cerebro, aunque haya visto Fargo,

(de los hermanos Coen). Y ese puro
con que te asombras agrouchado borre
naciones, mundos, con certeros trazos.

Seas David, quien con humor seguro
como el cachondo astuto que en su torre
atrincherado arroja melonazos.

Jesús Urceloy