Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario. Corrijo: sólo permitiré que se publiquen los comentarios que a mí me dé la gana y no daré ninguna explicación al respecto


Re: qué vida tan triste

Como ya he contado, cada tres meses o así recibo o envío un mail con ese encabezamiento que anuncia una comida de cinco amigos. Nos reunimos desde el año de Maricastaña cuatro o cinco veces al año a comer algo, beber mucho, reírnos más todavía y hablar de las cosas propias dela edad: las mujeres y los niños, los libros, los borrosos (pero no por ello menos afilados y capaces de empañarnos los ojos) recuerdos de aquellas novias… casi todas de Chavi Azpeitia, por supuesto, apenas una o dos del resto (en los ratos que Chavi estaba ocupado escribiendo su libro -inédito, no lo comprendo- Miedo a perder la memoria).

Quedamos en el Ferreras, calle Bravo Murillo, al lado del antiguo colegio de mi hija (ya va al Insti, qué te parece), a tomar una panoplia o elenco de cañas bien tiradas y tapas de palillo y de cuchara.

Sí, aún quedan buenos bares, aunque los parroquianos nos veamos obligados a ir menos, porque cuando vamos no nos dejan ya ni fumar.

 

En esta foto Chavi está en la misma postura que hace treinta años, tal y como aparece en la foto de Un momento de descanso, de Orejudo, en otro bar con la misma barra de zinc, los mismos embutidos en suspensión, los mismos grifos de cerveza y el mismo camarero. Juraría incluso que Chavi lleva la misma ropa que entonces, aunque, eso sí, ya no fuma aquellos embriagadores cigarrillos Bisonte.

De izquierda a derecha: Edu Becerra, Gerardo Gonzalo, Chavi y Chema Gómez Luque, todos nosotros tipos que hemos vivido siempre de saber leer y escribir, nada más, todos en el mundo de la edición, los libros, la enseñanza y esas cosas.

En otras palabras: todos unos piernas.

Auténticos piernas.

Luego comimos en Casa Adolfo y coincidimos todos en el primer plato, garbanzos con chipirones:

 

Chema, Chavi, Edu, Gerardo y yo.

Hablamos de los hijos, de las negras perspectivas laborales (sobre todo para unos auténticos piernas como nosotros), de los tiempos en que tomábamos estramonio, que era un arbusto silvestre que encontrábamos en un descampado cerca de Carabanchel, de agentes literarias y de lo buenas que están, sobre todo Laure, de chicas,  y ahí Edu y yo descubrimos que, hará unos treinta (funestos) años, tuvimos simultáneamente la misma novia (los mismos desengaños) sin saberlo (nosotros, claro, ella sí se habría dado cuenta, imagino).

-Pues yo, no os lo había contado, pero… -empezó Chavi.

Cómo no, también ella.

Y escribimos un cuento oral, que para eso somos de Letras.

Partíamos de un personaje secundario de una novela de Antonio Orejudo, su inolvidable Ventajas de viajar en tren.

El libro es una silva, no sólo de varia lección, sino de muchos personajes (bastantes de ellos además múltiples), pero a nosotros siempre nos llamó la atención uno, un tal Gárate, que aparece un segundo, dos páginas, saluda y se va, pero nos dejó pensativos hasta ahora.

Gárate  es el tipo que todo lo aprendió en los libros y peliculas, sin ningún contacto con la realidad.

Cuando Gárate cuenta su primera experiencia sexual (con una chica coja, además),  afirma que se sintió defraudado y víctima de un engaño, y que fue un fracaso, ya que:

Todo lo que sabía cuando llegó la primera vez lo había aprendido en las revistas y películas pornográficas [...] Cuando tumbaditos en la cama, descubrí a Rosa, no encontré las grandes tetas de las heroínas del porno, sino un pecho sumido y tristón. Nada de pieles tersas y largas piernas. Bueno, habia una pierna larga, sí. Y otra más corta. Rosita no se lanzó como aquellas mujeres de la ficción, que lo hacían como víboras, a succionar mi pene, sino que se tumbó indolente, coja y bocarriba. Y yo no sabía qué hacer, porque en las revistas lo hacían todo ellas. Nada hubo, por tanto, de aquella actividad frenética de la ficción, y tampoco gritó con aquellos alaridos que a mí me resultaban tan familiares.

Y lo peor de todo fue cuando me llegó el momento de la eyaculación. Hice lo que había visto hacer tantas veces a los profesionales del sexo: saqué mi pene y lo lleve hasta su boca, tratando de vaciarme en el interior de la misma con toda mi buena intención. Me sorprendió su reacción. Se incorporó escupiendo. Empezó con arcadas y terminó vomitando allí mismo, encima de las sábanas. Decir, no dijo nada. Se enjuagó la boca, se vistió y se fue. Oí sus pasos desiguales alejarse por el pasillo y no volví a verla nunca más.

Formidable, ¿verdad?

Quizá no para una novela entera, pero para un buen cuento sí da el amigo Gárate, el príncipe que todo lo aprendió en los cines porno, y a ello nos pusimos, a imaginar los mil desengaños del atribulado Gárate al meterse en la cama en la inhóspita y áspera realidad, tan fraudulenta y tan escasa, al menos en comparación con el porno.

Yo aporté mi teoría de que el porno es la foto del banquete de bodas.

En las fotos de las bodas, todos se ponen al mismo lado de la mesa. Comen, como es natural, cada uno en su sitio, pero cuando aparece el fotógrafo todos se arriman al mismo lado de la mesa, para poder salir en la foto. Es como una regata, cuando todos los hombres de cubierta se cambian de borda, para hacer contrapeso, y se sientan todos en la amura de babor (incluido S.M. Juan Carlos I, si el ejemplo sucede en el Bribón Enésimo, regalo de algún agradecido estómago empresarial).

 En el porno pasa lo mismo, lo único que cuenta es que salga todo, que se vea todo.

Eso obliga a copular en posturas francamente incómodas, de banquete de bodas, pero que dan ángulo de visión para ese espectador al que está dedicado el coito. Todos follan al mismo lado de la mesa.

De ahí esos tipos que fornican de pie, con una pierna de medio lado y apoyada en un taburete, para no tapar el centro de la acción. Ese ávido y febril espectador tiene que verlo, tiene que constatar de modo fehaciente que “eso” entra “ahí”.

Si se pone la chica encima, como de costumbre (según nos explicó Chavi), lo tapa todo, menudo desastre. Tiene que estar en cuclillas, en una postura que debe agarrotar los músculos de los muslos y las pantorrillas, pero que permite mirar y salir en la foto.

Pusimos ejemplos, utilizando sillas del restaurante y con gesticulación quizá demasiado gráfica. Imaginamos a Gárate, llegado el momento irreversible, sacándola y sacudiéndosela para empapar pechos y vientre, ante la alarma de la víctima; imaginamos su sorpresa ante ciertos descubrimientos, pongamos por caso la presencia de pelo donde Gárate no lo esperaba; imaginamos sus comentarios y cavilaciones y escribimos un pequeño relato coral y oral en homenaje al sexto amigo exiliado en Almería y su novela, más ejemplar que la de Cervantes.

Tanto nos reímos que en Casa Adolfo nos invitaron a una segunda copa.

La conclusión era la obvia: cuánto decepciona la vida real, ¡con lo cómoda que es la ficción!

Re: qué vida tan triste.

Y cómo no íbamos a deducir que, amigos, mirad, atención, a ver de qué novela formamos parte, porque si no, no se explica que estemos tan contentos.

La comida fue barata, 11 euros el menú, pero la factura subió un poco debido a nuestro legendario, crónico, intratable  problema de liquidez.

Salimos a 30 por cabeza, una vez sumados los líquidos.

Eso sí, salimos felices.

Este soy yo antes de comer:

 

Y este soy yo a la salida:

¿Será que, como en la canción, me embellece ser feliz?

Comentarios (4)

El Pobrecito Hablador del Siglo XXInoviembre 21st, 2011 at 18:41

¡Joder, qué feo!.
Tu agente te va “a dar pal pelo”
Reza por que la Laure no lea esta entrada

Microalgonoviembre 22nd, 2011 at 9:54

Jie, jie.

Tengo algún amigo de hace treinta y siete años (y tengo cuarenta y tres, calcule). Y también nos reunimos a comer (y comer) de vez en cuando. Uno no se puede negar esos placeres de la vida.

Preocupínnoviembre 23rd, 2011 at 13:11

A ver qué dicen los de Fitch de ese problema de liquidez… en cuanto puedan nos ponen un techo de gasto en felicidad. Hay que apurar, por si acaso.

juan carlosnoviembre 25th, 2011 at 8:08

Qué envidia, inteligencia, alegría y amistad. Buena combinación.

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