Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario. Corrijo: sólo permitiré que se publiquen los comentarios que a mí me dé la gana y no daré ninguna explicación al respecto


El vampiro de Verines

Un hotel en la costa, en otoño, aislado de todo, y treinta personas allí encerradas durante varios días, aquello empezaba como una película de terror, todos sabíamos que pronto irían apareciendo cadáveres y que sospecharíamos unos de otros, cualquiera de nosotros podía ser el asesino.

Eran los Encuentros de Verines, que se organizan cada año desde 1985 y a los que me había invitado esta vez (la primera que he ido) Luis García Jambrina.

 Se reúne a una veintena de personas y durante el día, en la casona de Verines, en Pendueles, se les confina en una habitación para que debatan sin desmayo  horas y horas sobre el asunto propuesto, todo a puerta cerrada, o sea, lo que llamamos técnicamente  una encerrona.

Al final del día, bajo un orbayu suave e incansable, con jirones de niebla pegados a los brazos, como flecos de un mantón, se les devuelve al hotel, en la playa de La Franca, y cuando cae la noche comienzan a aparecer cadáveres.

Era todo tan Agatha Christie que conocíamos de antemano las reglas: los que desde el principio parecen más sospechosos al final nunca son los culpables, están ahí para distraer la atención del lector y que no perciba los detalles que señalan al verdadero asesino, que sin remedio será el que dé más muestras de inocencia.

Por ejemplo, cuando en el aeropuerto apareció Fernando Marías, con guantes negros, gafas negras y una negra camiseta, caracterizado de sicario de una mafia ucraniana, todo supimos que era una maniobra de distracción: no debíamos picar.

Yo había quedado con Martín Casariego para ir los dos en metro a la abominable T-4 de Barajas. El director del asunto, Luis García Jambrina, nos saludó en el embarque. También iba vestido de negro, con perilla y gafas, miradas de soslayo y las manos siempre fuera del alcance de nuestra vista. Descartado, también hubiera sido demasiado obvio.

Abordamos el pequeño avión. Anika Lillo, Anika entre libros, estaba muerta de miedo, le temblaban las coletas, debía de intuir  la llegada de un asesino en serie o bien le daban pánico los aviones, pero una de dos. Antonio María Avila la cogió de la mano durante todo el vuelo.

Me senté al lado de Javier Ruescas, que parecía un joven inocente, incapaz de mata una mosca, pero que a veces se ensimismaba con una sonrisa en diagonal, ominosa, sí, bastante inquietante.  

En el aeropuerto de Santander nos reunimos con los que venían de Barcelona y nos fuimos en autobús hasta La Franca, nuestro fatídico destino.

Kirmen Uribe llegó desde Bilbao y nos dimos un abrazo. Por alguna razón que no alcanzó a entender, siempre nos encontramos Kirmen  y yo en Asturias.

La primera noche, como suele suceder, fue amistosa y apacible, pero ya se mascaba la tragedia cuando nos despedimos todos, cada uno con la llave de su habitación en la mano.

Por la mañana nos hicieron lo que ahora es inevitable llamar foto de familia.

Aquí estamos todos vivos… todavía.

¿Sabrías distinguir a simple vista al asesino, ese vampiro de Verines?

Hecha la foto, se produjo la desbandada que precede a los acontecimientos dramáticos. Los periodistas escaparon en motos, coches y bicicletas, a toda velocidad, y Rogelio Blanco, el Directo General del Libro, se fue a todo correr.

Todos sospechaban que allí se iba a desencadenar la matanza y huían enloquecidos como esos animales que presienten un incendio y abandonan el bosque en estampida.

Antes de que huyera, tuve oportunidad de hablar un ratín con Rogelio. ¿Cómo no preguntarle por los pantalones de Pacheco?

Aquí está Rogelio ayudando al poeta laureado, José Emilio Pacheco, a subirse los pantalones, en una serie de fotos que dieron la vuelta al mundo.

-Mira que se lo dije, el chaqué se lleva con tirantes -me explicó-. Pues como quien oye llover. Y claro, a las primeras de cambio, catapún, hasta las rodillas se le fueron los pantalones. Y menudos calzoncillos que se gastan los poetas. En fin. Lo peor fue que tuve que dejarle mis tirantes y me pasé toda la ceremonia con una mano en el bolsillo para sujetarme los pantalones en su sitio, como si estuviera en bar o así, parecía un pistolero en un Saloon del Oeste.

-Para que luego digan que tienes un trabajo tranquilo.

-Si yo te contara, Reig, si yo te contara…

-Cuenta, cuenta.

Pero no hubo forma, escaparon de repente, como si todos estuvieran sobre aviso, menos nosotros, las no tan inocentes víctimas (al menos uno de nosotros, que era culpable).

Nos metimos en la casona a lanzarnos unos a otros ponencias a la cabeza y luego intercambiamos monólogos lo más prolongados posible, que es lo que en España se conoce como “debate”.

Comimos y, después de la siesta, aparecieron los primeros seis cadáveres.

El cuerpo de Dolores Romero lo devolvió la marea a la playa. Sólo llevaba puestos los pendientes.

Al principio pensamos que la profesora se había ahogado y que su bañador (las profesoras complutenses no son tan partidarias del bikini como sus alumnas) habría sido devorado por los hambrientos peces, bonitos del norte, rapes, rodaballos feroces yo qué sé.

Minutos después, sin embargo, fue encontrado sin vida y también sin ropa el cuerpo de José Manuel Lucía, en  el salón del hotel, muy derecho en una silla (el rigor mortis se había declarado de inmediato, como un cadete impaciente y enamoradizo) y con un ordenador encendido en precario equilibrio sobre las rodillas y una manzana que sostenían sus atenazados dedos.

Era, por supuesto, una manzana a la que le habían inyectado cianuro, como la de Turing.

Diagnóstico: asesinato.

Lo más extraño: en los cuerpos de ambos profesores no había una sola gota de sangre.

¿Estábamos, pues,  en presencia de un vampiro sediento que sólo se alimentaba de docta sangre universitaria con notas al pie de todos los glóbulos rojos?

Pues no, porque de pronto, mira tú por dónde, en las rocas de la playa, divisamos lo que no podía ser sino el cadáver de una poetisa digital,  eso se nota incluso a mucha distancia, ya que éstas siempre mueren, como es de común conocimiento, con el pelo suelto  y todas las uñas de los pies, meñiques incluidos, pintadas con esmalte rojo pasión.

Era Miriam Reyes.

¿Que si quedaba sangre en sus venas? ¡Ni una gota, por supuesto!

Los otros tres muertos de la siesta fueron hallados en la pérgola, sentados a la misma mesa, sin más indumentaria que los calcetines o medias y cogidos de la mano unos a otros, como si estuvieran convocando a algún espíritu protector (sin éxito, a la vista estaba).

Benjamín Escalonilla, María Goicoechea y Arantza Larrauri.

RIP, RIP y RIP, qué le íbamos a hacer.

Se ve que el vampiro ya estaba algo saciado, porque de sus tres cadáveres se pudo extraer en total un quinto de litro de sangre, suficiente para llenar un botellín de Mahou, tal y como hicimos, a guisa de sagrada reliquia, faltaría más, no te imagines cosas raras.

¿Que si estabamos apenados? Figúrate, aunque también, en secreto, cada uno de nosotros sentía el alivio de que no le hubiera tocado a él.

Pero eso sucedía sólo en el interior de nuestros respectivos fueros internos, que conste.

Les dimos a los seis un entierro marinero en aguas del Cantábrico, cada muerto  envuelto en su propio coy que cosió Anika, con responso a cargo de Lorenzo Silva (nos puso a todos al borde de las lágrimas, qué tío), y vimos como se hundían y cómo, igual que al final de Moby Dick, tras una breve agitación y un pequeño remolino, las aguas volvieron a cerrarse sobre sus cuerpos como una mortaja, y aquí no ha pasado nada.

La sesión de la tarde fue solemne, todos estábamos aterrorizados, ¡entre nosotros había un vampiro!

Como los vampiros se sacian tan pronto, ya se sabe, estabamos convencidos de que por la noche volvería a actuar.

Cuando nos fuimos cada uno a la habitación, quien más quien menos atrancó la puerta como pudo, colgó ristras de ajo, crucifijos de diseño (restos de saldo de la JMJ esa abandonados por los peregrinos del papa Benito de las narices) y rezó lo que supo (poca cosa en general).

Con el hábil truco del miedo pánico intenté entre el elemento femenino localizar a alguna que quisiera ser protegida durante la noche, pero eran más valientes de lo que yo esperaba o quizá no me consideraban tan protector.

Sabíamos que varios de nosotros no volverían a ver la luz del día…

Correcto y correctaciónmente: al amanecer (brumoso y con viento norte) tuvimos que hacernos a la mar, en una chalupa tripulada por Kirmen Uribe, que es de familia marinera,  para dar sepultura líquida a otros seis compañeros.

Alicia García, del Ministerio y de Játiva, gran amiga de mi prima Amparo Reig, apareció en su habitación. Sin sangre, ni que decir tiene. Vanessa Monfort y Anika Lillo fueron encontradas en el bar, cada una con un paquete de chocolatinas en la mano. Laura Borràs, Neus Arqués y Javier Celaya estaban tendidos boca abajo sobre la mesa de ping pong,y  llovía mansamente, pero con insistencia, sobre sus cuerpos rígidos.

No sé cuántos cadáveres vaciados de sangre has visto tú, pero es algo que no se puede olvidar, te lo digo yo, es como montar en bicicleta.

La piel parece porcelana, los dedos se encalabrinan y hay siempre una leve, aunque insinuante, flexión de las rodillas.

Total, otro entierro marinero, otro responso de Lorenzo Silva (que de nuevo debió de tocar numerosas fibras sensibles), otro mar como mortaja y los coys que se abrían al sumergirse, un desastre, porque Mónica Fernández, la rubia ministerial, no tenía las habilidades con aguja y dedal de la difunta y llorada Anika.

Nos restañamos las lágrimas por tantos compañeros perdidos en tan lastimosas circuntancias, nos empujamos unos chorizos y tres tortillas de patata con ayuda de un par de cajas de sidra y nos miramos unos a otros con suspicacia.

Fernando Marías creyó expresar el sentir de todos cuando afirmó:

-Entre nosotros hay un vampiro. Cualquier puede ser, Yo mismo también, por qué no, yo no me descarto y sospecho de mí mismo también.

-O vampira -puntualizó Marchamalo, mirando a Mónica Fernández y a Cristina Fallarás.

-Yo tengo coartada -afirmó Martín Casariego blandiendo su móvil-. Estuve hablando por teléfono con mis hijos, aquí está registrado. Sin hablar con los chicos, no concilio el sueño. Además, estoy demasiado flaco para haberme bebido treinta litros de sangre, habría que ver quién tiene la barriga más hinchada, ¿no os parece?

Miradas de sospecha se dirigieron de inmediato a mi cintura, a la de Antonio María Ávila y a la de Jesús Badenes.

-Paparruchas -dijo Manel Loureiro, vampirólogo también al parecer-. La sangre no engorda nada, es dietética, aunque eso sí, muy nutritiva.

-Yo soy de Bilbao, del centro-centro, imposible, ja, ja, ja… allí no se bebe sangre, no sé, ja, ja, ja…en el País Vasco no, allí es como más tranquilo, ja, ja, más de txikitos y eso, ¿no? -se descartó Kirmen.

-Hagamos la prueba del espejo -propuso Jesús Badenes.

-No funciona jamás -rotundo Loureiro-. Ni el ajo ni los crucifijos, eso es folclore.

-Sólo podemos hacer una cosa: esperar.El último o la última, el que sobreviva, se delatara en seguida por sí mismo, muchachos, ése será el vampiro que buscamos -propuso Javier Ruescas.

-Como lógico, pues sí, es lógico, pero no muy útil ¿no te parece? -objeté yo-. No quedará ya ni el apuntador.

-Te olvidas de alguien, Reig, lo más importante… ¡el lector! El lector permanecerá allí cuando hayamos desaparecido todos nosotros menos el vampiro.

-Pues que consuelo.

-El lector y el autor de los crímenes, sin intermediarios, eso es lo digital -aseguró Domenico Chiappe-. El vampiro no es más que un poeta multimedia, que está intentando expresar algo a través de nuestras muertes, ¿no os dais cuenta? Esto es un hipertexto, un texto enriquecido con sangre.

-Claro, pero no es tan posmoderno, porque no es fragmentario: no ha descuartizado a nadie. En el fondo es una narración muy convencional, muy analógica -dijo Badenes.

-¿Y no podíamos, digo yo -dije yo-, regalarle una caja de ceras Dacks para que se exprese más a gusto?

-?l ha elegido un nuevo soporte para trasladar a lector su mensaje -explicó Luis González-. Un soporte con más prestaciones: la carne humana y perecedera,esa hierba, la sangre que sacia la sed, el cuerpo rígido que se sumerge en el piélago, que vuelve a la oscuridad abisal… es un nuevo arte, un cambio de paradigma.

-¡Es un bandarra! -opinó Xavier Sabater.

-Y un, no sé, ja, ja, ja… vaya, ¡un glotón, ¿no?! Ja, ja, ja… -opino Kirmen Uribe.

-¡Un castrado! -redondeó Cristina Fallarás.

-¿Por que? -preguntó Badenes-. ¿Es que no hay signos de violencia sexual en los cadáveres, con independencia de su sexo?

-Ni uno, según el forense. Y eso descarta por tanto a muchos de nosotros -afirmó Antonio María Avila-, porque más de uno se habría aprovechado de ellas antes de beberles la sangre, ¿no es verdad?

-O después -sugerí yo.

-O después, claro.

Lorenzo Silva aseguró, como abogado, que nuestro “animus coitandi” nada probaba, en ausencia de elementos materiales que lo demostraran de forma fehaciente, y sin perjuicio de conductas que nos hicieran por otras múltiples (eso dijo, múltiples) razones sospechosos o presuntos inocentes.

Algo así dijo, ¡no puedo recordarlo todo al pie de la letra!

Total, que entre nosotros había un vampiro y no podíamos hacer nada salvo esperar y ver.

A la hora de la siesta velamos todos juntos en el bar del hotel, con abundante provisión de whisky y gin&tonic.

Di una cabezadita y, cuando me desperte, todos los demás estaban dormidos. Kirmen roncaba con entusiamo. Intenté espabilarlos, pero sólo lo conseguí con diez de ellos: ¡los otros seis ya estaban fiambres, de cuerpo presente!

Descansaban en paz Luis García Jambrina, Antonio María Ávila, Martín Casariego, Domenico Chiappe, Manel Loureiro y la valiente Cristina Fallarás, cuyo cadáver aún sonreía con escepticismo.

Se mascaba la tragedia. Los dedos se nos volvían huéspedes. Sospechábamos de nuestra propia sombra.

Yo creía que el vampiro era Badenes, que para eso es editor, ¿no?  Luego me concentré en Lorenzo Silva, porque llevaba una chaqueta negra. Más tarde me convencí de que era Mónica Fernández, a causa de una convicción mía respecto a las vampiras: creo que todas tienen la obligación de ser rubias, altas y apropiadas para una película de Hitchcock.

Un poco también, cómo no, porque, puesto a morir, mejor que fuera de un mordisco de una rubia, ¿no?

Esa noche demostraron su inocencia uno detrás de otro todos mis sospechosos, que aparecieron cadáveres todos, ergo ellos no habían sido, y luego también se hicieron interfectos Luis González, Marchamalo, Fernando Marías, Javier Ruescas y Xabier Sabater, pude verlos sin vida ni ropa, parecían congelados, como varitas de merluza o o cubitos de hielo para el whisky.

Cuánto autor póstumo de pronto.

Lo último que oì antes de recibir el mordisco en el cuello fue la inconfundible risotada de Kirmen Uribe:

-Esto es un poco, no sé, ja, ja, ja, como si fuera un asesinato ¿no? O un crimen, yo qué sé, ja, ja, ja, algo así, vaya, ja, ja, ja… -iba diciendo mientras gesticulaba aparatosamente con las manos y yo veía cómo le crecían los colmillos…

Cerré los ojos y me desvanecí, la muerte por desangramiento es dulce como un atardecer con lluvia, y mi última duda fue quién iba a coserme dentro de mi propio coy, quién iba devolver al mar mi cuerpo, para que las aguas se cerraran sobre mí como una mortaja.

También pensé que me quedaba sin responso a cargo de Lorenzo Silva, y así no hay manera de que nadie se conmueva, es como hacer llorar a un cerrojo.

Luego me animé porque pensé que ser comido por los peces, que tienen bocas pequeñas y dientes afilados, debe ser como ir despareciendo poco a poco a pellizquitos, muy suaves.

Entonces el policía del ojo de cristal y la gabardina volvió sobre sus pasos, se apartó el puro de la boca, y me dijo que ya no me molestaba más, sólo una última pregunta:

-No tiene importancia, es una tontería, pero, por cierto, ¿dónde ha pasado el verano, señor Kirmen Uribe?

-¿Yo? En Bilbao, como siempre, ja, ja, ja…

-Ya comprendo. Y allí ¿le ha dado tanto el sol? Salvo encima del labio, qué curioso.

¡Ah!

Me había desenmascarado: me había afeitado el bigote para hacerme pasar por Kirmen, a cuyo cadáver, tras extraerle la sangre, le había puesto un bigote postizo para que fuera confundido conmigo. Qué astuto fui, ¿verdad?

Pero no me sirvió de nada: el teniente Colombo me había descubierto.

Yo fui el vampiro de Verines. “Yo fui un soldado que durmió en el lecho de Cleopatra”, como Rubén Darío. y “me dio un minuto audaz de su capricho”. Yo fui esposado por Colombo, reo de haberme bebido la sangre de todos mis compañeros.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena

tuve al pescuezo. Fui comido un día

por los perros. Mi nombre, Rafael Reig.

Eso fue todo.

Comentarios (9)

alfonsoseptiembre 18th, 2011 at 13:53

No, el relato no es muy realista: ¿Rafael Reig matando para beber sangre? ¡Ja!, ni la sangre tiene graduación alcohólica ni está contraindicada por la autoridad sanitaria competente ni las víctimas eran jovencitas desorientadas del JMJ… que por cierto, y hablando de famosos intelectuales veraniegos, eché en falta en el relato a Benedicto XVI: con Su Participación el relato hubiera salido redondo.

Neusseptiembre 18th, 2011 at 15:50

¿Fuiste tú? ¡Cómo nos engañaste, hermano! Un abrazo desde el otro mundo. Espero verte pronto, aquí o en el tuyo.

Pazseptiembre 18th, 2011 at 17:52

Una crónica insuperable :))))))))))

El Pobrecito Hablador del Siglo XXIseptiembre 18th, 2011 at 19:37

Has cavado tu propia tumba: vas a tener que escribir durante toda la eternidad.

Maríaseptiembre 19th, 2011 at 0:16

Hola Rafael,

Así que esa era la razón por la que yo me notaba tan cansada…Pero creo que me dejaste algo de veneno vampírico en las venas porque me han entrado unas ganas de escribir nada mas volver del más allá…Gracias!

cristinaseptiembre 19th, 2011 at 11:59

Querido, límpiate la comisura, que te beso.

Teresaseptiembre 19th, 2011 at 14:43

¡Genial!

Y, efectivamente, sea como sea, tendrás que seguir sacrificándote durante toda la eternidad escribiendo para tus incondicionales lectores.

Saludos.

Preocupínseptiembre 19th, 2011 at 16:58

Se confirma la tendencia a la castidad de los vampiros del siglo XXI. Menos mal que abstemios no son…

stephen keelerseptiembre 20th, 2011 at 22:19

“”Como los vampiros se sacian tan pronto, ya se sabe, estabamos convencidos de que por la noche volvería a actuar.””

Que dios me perdone, pero creo que esta frase carece de sentido, o lo tiene tuerto. Si por la noche va a volver a actuar, no será precisamente porque se sacie “tan pronto”, sino más bien porque se le pasa la saciedad. ¿O digo tonterías?

Ay, ay, Agatha Christie, qué lios te haces.

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