Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario. Corrijo: sólo permitiré que se publiquen los comentarios que a mí me dé la gana y no daré ninguna explicación al respecto


Vete de viaje, anda

Mírame, estoy aturdido y feliz, como si acabara de volver de un viaje.

El viaje empezó en cuanto abrí un libro, David Copperfield, de Charles Dickens.

Todo el mundo sabe cómo empieza esa novela:

Wether I shall turn out to be the hero of my own life, or wether that station will be held by anybody else, these pages must show. To begin my life with the beginning of my life, I record that I was born…

Que es más o menos:

Si al final resultaré ser el protagonista de mi propia vida, o si ese papel lo desempeña cualquier otra persona, lo tendrán que mostrar estas páginas. Para empeza mi vida por el principio de mi vida, hago constar que nací…

Esto es una invitación a un viaje, ¿verdad? ¿Se puede dejar de leer algo que empieza así?

Me sumergí en la novela, más de ochocientas páginas.

Me acomodaba en la barra, pedía un whiskey y me ponía a leer.

Cada vez que levantaba la cabeza del libro, todas las personas que había en el bar ya habían sido remplazadas por otras, a menudo casi equivalentes. Sin embargo, un día me distraje demasiado: no reconocía a nadie.  Me dije: ¿Cuánto tiempo ha pasado, si ese joven que tomaba café con sacarina ahora es un anciano que ya se ha pasado al coñac? Y a la chica del fondo de la barra, ¿no le han teñido el pelo? Por cierto, juraría que también le han inyectado en el teteramen una respetable cantidad de silicona.

¿Habré hecho un viaje a la velocidad de la luz, y estaré aquí de vuelta, en El Cangrejero, con la misma edad que tenía al partir, aunque para todos los demás hayan pasado cuarenta años? Wow!, me dije, como quien se dice: ¡Hostias! ¿Será ahora mi novia una anciana de pelo blanco y presumirá de un blog que su belleza inspiró un día a Reig-Ronsard? Ya serían ganas de presumir, pero en fin. ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Con angustia, me di la vuelta y no, qué alivio, seguía siendo hoy, mi hija seguía sentada en su mesa (ella es más de mesa; yo no, yo llevo coderas en las chaquetas, de tanto hacer barra), y seguía dibujando un paisaje submarino en su pizarra (cuando vamos a bares, yo me llevo un libro y un cuaderno,  y ella su pizarra para dibujar):

Leer a Dickens ha sido un viaje como recuerdo pocos. Tendría que remontarme a los dieciséis, a aquellas excursiones a la Sierra, tendría que recordar una vez que nos bañamos en un río y aquel beso que le di una mañana a una chica dentro de una tienda de campaña, bajo una luz anaranjada que hacía que, al quitarse la ropa, su cuerpo pareciera incandescente, como el filamento de una bombilla.

He llorado y me he reído, he tenido sensaciones mucho más intensas que las que suele ofrecernos la vida diaria.

Siempre me ha gustado Dickens. Aún tengo el ejemplar de Pickwick que leí en casa de María y Pablo, en Cambridge, cerca de Harvard . Me dejaban la casa para unos encuentros clandestinos y súper-prohibidos con una de mis estudiantes (que era paquistaní, por cierto). Tenía que ser todo muy secreto, porque si me pillaban me podían echar de la universidad, y ella y yo vivíamos los dos en el campus. Un día, esperando a la chica (Unaizah, creo que se llamaba), empezé la novela, que la tenían estos amigos (argentinos, por cierto) en su librería. Luego ella me dejó, pero fingí que seguía viéndola hasta que me acabé el libro, semanas después. Podría habérselo pedido, claro, pero me gustaba más leer allí, a escondidas, como si estuviera teniendo un lío con una alumna y me jugara el puesto.

Le daba aún más emoción a la emocionante novela de DIckens.

Cuando les conté la historia, tiempo después, se rieron mucho y me regalaron el libro.

El otro día hablábamos en una comida de Kafka. Que si Kafka y la injusticia, que si cómo refleja Kafka el dolor y la injusticia, la incomprensión, y el totalitarismo y patatín patatán.

-¿Kafka? ¿Y por qué no Dickens? No sé, para mí, más que un viajante de comercio abstracto, el verdadero dolor, la verdadera injusticia, es Oliver Twist, ¿no? La injusticia nunca es abstracta, coño, es material, tiene nombre y apellido, y yo prefiero a Dickens, que te da injusticia concreta y material, no “sentimiento de injusticia” al alcance de cualquiera, que puede sentir cualquiera. El dolor no es un “sentimiento universal”, ni la soledad, ni nada…

-Claro, eso es el puñetero humanismo. Los valores humanos esos que compartimos todos y esas pamplinas, -comenzó un amigo.

Sí, el amigo Bértolo, claro, lo has adivinado.

-A ver, ¿por qué Kafka mola y Dickens no?

-Hombre… -dijo otro amigo.

Sí, lo has adivinado: era el amigo Edu Vilas, de Hotel Kafka, al que queríamos chinchar un poco con Kafka.

-Y la tontería esa del “enigma del mal”. Vaya por Dios. ¡Lo enigmático es el bien! El personaje más misterioso es Picwick, o el Mr. Dick de David Copperfield: el enigma del bien, eso es Dickens.

Al final de su vida, en David Copperfield, el alcoholizado Mr. Wickfield, que ha intentado ser bueno, pero sólo él, y se ha sacrificado por su hija (provocando, por supuesto, desastres sin cuento), aprende la lección decisiva, y confiesa:

I thought it possible that I could truly love one creature in the world, and not love the rest; I thought it possible that I could truly mourn for one creature gone out of the world, and not have some part in the grief of all who mourned. I have preyed on my own morbid coward heart, and it has preyed on me. Sordid in my grief, sordid in my love, sordid in my miserable escape from the darker side of both.

Que sería algo así como:

Creí posible  amar  de verdad a una sola criatura en la tierra, y no amar al resto; creí posible  llorar de verdad la muerte de una sola criatura, y no participar también del dolor de todos los que lloran la muerte de alguien. Me alimenté de mi propio y mórbido corazón cobarde, y me ha devorado. Sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en mi miserable huida del lado más oscuro de ambos.

Formidable, ¿verdad?

Qué miserable, qué sórdido es intentar ponerse a salvo, evitar el lado más oscuro del amor y del dolor.

No sin esfuerzo, Wickfield ha aprendido la única lección que vale la pena: la felicidad, si sólo es felicidad personal, es sórdida.

Estamos todos juntos. Somos iguales. El yo no importa, no pesa ni un gramo, no nos dará ni un segundo de reposo ni una sonrisa de felicidad. Como diría Unamuno, el único argumento de la vida es vencer el egoísmo: la lucha por hacerse un alma. No venimos con ella de fábrica: sólo venimos con un yo (que nos viene siendo más bien todo lo contrario de un alma, el solar en el que construirla, una vez alisado el terreno).

¿La ha aprendido David Copperfield, el que sigue preguntándose, cuarenta años después, si es él el verdadero protagonista de su vida? ¿El que escribe su historia sólo para averiguar eso?

Yo creo que no, pero ¿tú que crees?

¿Que no has leído David Copperfield?

¿Y a qué esperas? ¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo y leyendo estas bobadas?

Anda, ponte a leer a Dickens, aunque sea vestida, aunque sea con sombrero puesto.

Comentarios (8)

Más claro, aguamarzo 12th, 2009 at 15:44

Dickens es a Kafka lo que David Copperfield a Anthony Blake…

Eso suponiendo que no haya mezclado conceptos, con lo mal que sienta mezclar…

;-)

Belénmarzo 12th, 2009 at 16:01

Formidable de verdad. Qué grande era Dickens. Esos principios son de infarto, de envidia total y absoluta. ¿Recuerdas cómo comenzaba “Canción de Navidad”?:

“Marley was dead, to begin with. There is no doubt whatever about that. The register of his burial was signed by the clergyman, the clerk, the undertaker, and the chief mourner. Scrooge signed it. And Scrooge??s name was good upon ??Change, for anything he chose to put his hand to.”

Grande, grande. Enorme, uno de los mejores.

Me alegra que lo aprecies tanto como yo.

Besos,
Belén

Pepemarzo 12th, 2009 at 19:02

Pues yo de Dickens he leído varios, pero el que más me gustó fue el primero: Hard Times.

Me ha hecho gracia lo de la barra. Yo cuando alguien me dice en un bar que si nos sentamos siempre digo la misma frase: yo soy hombre de barra. Eso sí, nada de Dickens, reconozco que en el bar nunca he pasado del Marca. Algo es algo, ¿no?

Angelamarzo 13th, 2009 at 0:41

¡Señor, sí, señor! lo pongo en mi cada vez más larga “to do list.” Los p**** libros acabarán echándome de la buhardilla, pero merecerá la pena.

Maribelmarzo 13th, 2009 at 9:46

Y ahí estamos, Rafael: humanismo para arriba, humanismo para abajo.
¡Qué castigo! (humano, claro). Ya verás cuando empiecen con la re-fundación del yo en serie. Abstracciones universales por un tubo.

Bueno, voy a continuar con mis lecturas a ver si consigo quitar otro ladrillo del muro.

Universidad y encuentros clandestinos. Me gusta.

Besos

scousermarzo 13th, 2009 at 13:04

Con David Copperfield me pasa como al propio Dickens: aunque me encantan todos sus hijos, este es mi favorito.
Siempre es un placer hablar de Dickens.

lunamarzo 14th, 2009 at 1:37

http://www.flickr.com/photos/digitalpiaf/3351947925/

besito a los dos!

rafaelreigmarzo 15th, 2009 at 10:22

Ja, ja, sí, mezclar es peligroso…. hay que ser monógamo.
Un beso, Belén, me alegro de que compartamos otra pasión.
Pues sí, Pepe, algo es algo. Yo también soy hombre de barra, qué le vamos a hacer.
¿Has leído, Ángela, “Casa tomada” de Cortázar? Hay muchas interpretaciones, pero yo le oí a Cortázar decir, con su gangoso acento afrancesado que era muy simple: Mi casa está liteggalmente tomada pog los librggoooos… nos están echando de la casa!
A mí también me gusta, Maribel, cuanto más clandestino, mejor.
Un placer hablar de Dickens, cierto, Scouser, y más leerlo.
Un beso muy fuerte y gracias Luna.

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