Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario. Corrijo: sólo permitiré que se publiquen los comentarios que a mí me dé la gana y no daré ninguna explicación al respecto


Farmacia de guardia

Ayer conocí a Fernando Arias. Estoy leyendo su novela El ojo hambriento. Resulta que Fernando y yo somos parientes, pero no lo sabíamos. Los dos hemos dejado de beber, así que en todos los bares pedíamos sólo una cosa. Una sola cosa, por favor.

–Un whisky, sólo un whisky, es que ya no bebo.

–Para mí otro, solamente uno, que lo estoy dejando.

Nos tomamos ni se sabe de whiskies, pero siempre de uno en uno, con prudencia y moderación.

Debe de ser que antes los pedíamos uno de dos en dos y otro de tres en tres, como Lazarillo y el ciego.

Hablamos de los coffe-table books, los libros para poner encima de la mesa. Libros decorativos. Con dibujos de Miquel Barceló o alguna otra pamplina semejante. Las mil y una noches, ilustrado por Frederic Amat, tres tomos, 180 euros. ¡Toma ya!

–No son para leerlos.

–No. Nadie se los traga. Son de uso tópico, como una pomada o así. Se ponen en el sitio adecuado, en una mesa o en la librería, y hacen su efecto, no hace falta ingerirlos.

Hay libros de uso tópico, que funcionan sólo con ponerlos en el sitio. Causan una impresión en las visitas y también en el feliz propietario, que se considera cultivado sólo por tener los libros a la vista.

Otros, en cambio, son de uso interno: hay que leerlos para que hagan efecto.

También hay ciertos libros que actúan como placebos, es decir: son inocuos, daño no hacen, pero no contienen ningun principio activo. La gente los lee de buena fe, se sugestiona y cree que le están sirviendo de algo. Por ejemplo, la poesía de José Ángel Valente: no es nada, sólo agua con azúcar, una pastilla de colores, pero esos hipocondríacos intelectuales se la tragan y piensan que les está haciendo efecto. Se sugestionan y se convencen a sí mismos de que están leyendo algo sublime, algo para paladares exigentes, y que están ya curados de sus enfermedades imaginarias.

¿Qué serían los clásicos entonces? Medicamentos genéricos: más baratos, más eficaces, pero sin publicidad y sin envase atractivo.

Lo que le da beneficio a las farmacéuticas editoriales son las novedades. Se hace una pequeña modificación en la fórmula, se busca un paquete de colores y se invierte una pasta gansa en publicidad. Y ya está. Es una simple aspirina de toda la vida, pero ahora tiene un nombre ingenioso y lo anuncian por la tele como si tuviera propiedades muy poderosas. Henning Mankell, por ejemplo, debe de ser el Frenadol de la novela policíaca.

Francisco Ayala, en cambio, se parece a las pastillas del Dr. Andreu. No sirve para nada, no quita ni siquiera la tos, pero tiene un prestigio incomprensible, que debe de ser extraterrestre: un prestigio con movimientos que no puede describir ningún escritor convencional, un auténtico PVNI (Prestigio Volante No Identificado).

Los libros deberían venir con sus contraindicaciones y sus efectos secundarios. Álvaro Pombo: evite su lectura si va a conducir o a manejar maquinaria pesada. Ray Loriga: puede provocar mareos, náuseas, vértigos, sensación de fatiga y hormigueo en las extremidades. Muñoz Molina: puede producir intensa somnolencia. Etcétera.

Y la posología, claro: no puedes tomar más de un Javier Marías cada diez años. ¿O eran quince?

En caso de sobredosis, hay que provocarse el vómito y llamar de inmediato al Instituto de Toxicología.

Por último está la parafarmacia: libros sobre templarios y enigmas históricos, bífidus activo, Isabel Allende, confesiones de una ninfómana, César Vidal, cremas reafirmantes, etc. Son cosméticos, en realidad, no son libros ni medicinas, pero imitan su apariencia y los venden en establecimientos que parecen librerías, con sus farmacéuticas de bata blanca.

Se lo conté a una amiga editora, María Casas. Le dije que, en lugar de solapas o cuartas de cubierta, los libros deberían tener prospectos, como los medicamentos.

Rafael Reig

En la foto estoy con María, en el Cabreira, calle Ruiz. Como ya no bebo estoy tomando un solo vino.

Creo que no le convenció mi idea. Sería porque ella tomaba café.

¿Y tú qué tomas? ¿Que me recomiendas para la melancolía? ¿Una dosis de Coetzee? ¿Lo puedo mezclar con un tratamiento de Pessoa que estoy siguiendo hace tiempo? ¿A ti qué efecto te hace César Vallejo? ¿Tomas Caballero Bonald? Yo no, a mí las píldoras Bonald me atontan y me dan mucho ardor de estómago. ¿Has probado Aldecoa efervescente? Es estupendo: funciona. No lo tienen en todas las farmacias, pero contra el aburrimiento, tómate un Felisberto Hernández antes de cada comida, ya verás. ¿Tú que lees cuando llueve? ¿El gran momento de Mary Tribune? ¿Claudio Rodríguez? Igual que yo. Da alegría leer a Claudio o a García Hortelano. A veces también a Miguel Hernández y a Garcilaso. Este fin de semana, que no paró de llover, leíamos mi chica y yo en voz alta la égloga de Miguel donde recuerda a Garcilaso bajo el agua del Tajo:


Un claro, caballero de rocío,
un pastor, un guerrero de relente…

Llegamos a eso de:


Diáfano y querencioso caballero,
me siento atravesado del cuchillo
de tu dolor, y si lo considero
fue tu dolor tan grande y tan sencillo.

Y entonces miramos por la ventana. Escampaba. Nuestro “dolor tan grande y tan sencillo” ya no nos hacía sufrir. La medicina había hecho su efecto: nos dieron ganas de salir a la calle y ponernos a pisar charcos.

¡Si no fuera por los medicamentos!

Mira, te recomiendo algunas farmacias de guardia. El Hotel Kafka, donde tienen inyecciones austrohúngaras; Arrebato, con las grageas de toda la vida; o Fuentetaja, donde aún te hace fórmulas magistarales la farmacéutica Amelia, con su bata que transparenta la ropa interior.

Comentarios (10)

Javierjunio 19th, 2007 at 6:30

¡Genial!

Yo ahora leo Faulkner porque me parece como la medicina del abuelo: cuando te sientes desvanecido, te da cuatro hostias en la cara y espabilas pero bien.

Tengo los carrillos morados.

Abrazos

¿El viernes, a las 10?

Javier

Andrés Gasteyjunio 19th, 2007 at 11:15

Que la literatura tiene efectos medicinales es algo sabido. O, por lo menos, lo sabe la Junta de Andalucía, que en la contracubierta de “La Nave” (Antonio Orejudo, 2003) afirma que la intención del libro es “contribuir al confort de todos los andaluces”. Toma del frasco.

¿Qué le sugiere, Sr. Reig, JRJ como viagra? Improbable, cierto; pero hete aquí que ayer el Nobel se nos revelaba como un consumado asaltaconventos y desfloranovicias. Quién lo dijera.

Abrazos.

Anonymousjunio 19th, 2007 at 11:27

Estimado Sr Reig:

Leo a Rafael Reig cuando me siento solo
(……………..Estoy solo
y abandonado como las iglesias
del arrabal a su sed bendita.)
Que diría nuestro amigo Claudio…

No para que me haga compañía, más bien por el placer de saber que hay alguien que está más solo que yo.

Saludos y enhorabuena por el blog.

no-soy-zenjunio 19th, 2007 at 12:01

Yo veo que el sr. Dragó remite desde su web a nosequé terapia “yoki reishi” y que algún poeta boticario hay y que los escritores hijos de boticario son si no legión, al menos brigada.

Amén de esto están los escritores tóxicos, usted es un poco viperino pero no tan perjudicial como Cela por ponerle el caso, dejémosle en que como el Chile se necesita cierto gusto por la comida picante -con usted- y que Cela directamente puede causar ligereza de vientre y el Sr. Fuentes flatulencias variadas.

Mi pregunta para usted no obstante sería esta ¿existen efectos cruzados? ¿si leo a Dragó junto con Lautrèmont? ¿a Shakespeare junto con Paul Auster?

?ltimo Íberojunio 19th, 2007 at 15:48

Yo es que leo fantasía y ciencia ficción (entre libro de Historia y libro de Historia). Creo que viene a ser como el Redoxon que mi padre me obligaba a tomar para estar fuerte por si vienen tiempos duros.

Hipervitaminado me quedé, por cierto.

natajunio 19th, 2007 at 18:41

ocurrente,divertido y brillante, rafa.

pero por llevar un poco la contraria, te diré que los prospectos los carga el diablo: entre las interacciones, incompatibilidades, efectos secundarios, adversos, toxicidades varias…, da prevención tomarse el medicamento de marras; piensas “virgencita, virgencita, que me quede como estoy” y lo mismo ni te tomas la medicina.

y leer con prevención o, simplemente, no leer, no es bueno para nadie.

además, yo casi prefiero leer a saco, sin que me expliquen demasiado, luego ya veré yo misma.

Un beso

Rafael Reigjunio 20th, 2007 at 6:16

Gracias, Javier. Yo también leo a Faulkner. No sé por qué tengo debilidad por “Light in August”. Almorzamos, entonces.

Alucino, Sr. Gastey, con la Junta de Andalucía. Nada menos que confortar a los andaluces dándoles a leer a Orejudo. Estupefaciente, me parece. No encuentro “La Nave”, sé que está por ahí, pero vete tú a saber dónde, así que no puedo comprobarlo. Le creo. ¿JRJ como Viagra? Usted recordará (y podrá encontrar en su ordenada librería)el número de la (benemérita) revista “Poesía” dedicado a JRJ, que venía con un disco en el que el propio JRJ recitaba a San Juan de la Cruz. Póngalo, si se atreve, como música de fondo para echar un polvo. Es una experiencia inolvidable, alucinatoria, se lo garantizo.

Estimado anónimo, lamento decirle que yo, lo que es sólo, no me siento.

Entiendo que sí, sr. No-soy-zen, que existen efectos cruzados, a menudo perjudiciales. Como el alcohol: lo malo es mezclar. Los cócteles que propone no los he probado: me asustan. Por cierto, mi abuelo Benito era boticario en Cangas de Onís.

Lees como se debe y me gusta la expresión: a saco. Ese dicho de “virgencita, virgencita”, en labios de una mujer, adquiere un sentido algo diferente, porque parece que la que lo pronuncia prefiera quedarse virgencita.
Un beso.

Maríajunio 20th, 2007 at 16:35

María Casas dijo…
No soy contraria a la idea del prospecto, Rafa, debió de ser el exceso de café, que le vuelve a una dura de entendederas. No. Sólo digo que haría falta un rollo de rotativa adjunto a cada uno de ellos para poder contemplar todas las contraindicaciones so pena de cárcel o multa impagable o incremento de los puntos del carnet de conducir hasta su retirada ad infinitum. Beso, grande, pero no te perdono lo de la foto: por lo menos haber colocado una MÍA, no de esa mujer tan seria y tan cafeinómana. A mi me gusta el morapio. Eso sí: ahora sigo tu ejemplo y sólo bebo uno.

Rafael Reigjunio 21st, 2007 at 8:41

Querida María, siento la foto, la verdad es que tú eres muchísimo más guapa, incluso cuando bebes café. Lo arreglaremos. Y hablaremos del prospecto.
Un beso o diez.

Francisco Ortizjulio 5th, 2007 at 11:52

Da muchas alegría leer a García Hortelano, comparto esa afirmación.

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