David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


In taberna quando sumus

No soy capaz de describir siquiera aproximadamente la felicidad del pasado fin de semana en Mallorca. Palma, de noche, con todos sus paralepípedos en penumbra, me pareció más bella y misteriosa que nunca. La Seu, la catedral de Palma, es la única del mundo que puede verse sin estorbos, al no estar encajonada en un redil gótico, y de noche se derrama hacia el mar con todos sus arbotantes y sus fugas de piedra. “En cambio” precisó Román, “es la única del mundo donde lo que no se ve es la fachada”.

(Aquí estoy ensayando la presentación al estilo barítono mientras Román y Beatriz vigilan que no me vaya de tono)

Pero lo mejor de un paseo mallorquín, sin duda alguna, es el reencuentro con los viejos amigos. El gran Román Piña, el artífice de La Bolsa de Pipas, una de las revistas literarias más longevas de España, con quien me une una amistad de once años y doce libros. La primera vez que me dejé caer por su casa Milos era sólo un bebe y su hija Andrea una mocosa que me daba la bienvenida y en seguida me preguntaba: “¿Cuándo te vas?” Ahora Andrea es todo un bombón en ciernes, una ninfa con casi mi misma altura que ya ni siquiera juega a ser celosa, mientras Milos, con sus once años y sus grandes gafas, parece el prototipo de niño adorable, el hijo que todos quisiéramos tener y que Rosa cuida con la melancolía de que muy pronto se hará mayor y abandonará el edén de la infancia.

(Aquí Paz y yo mientras el cigarrillo de Agustín Fernández Mallo interviene mosqueteramente en primer término)

El jueves fuimos a cenar a Es Pou, Román, Miguel Dalmau, su novia Paz, Beatriz y yo, que casi no logro salir por la puerta del local después de la tacada de pintxos regados con diversos tintos y rematados con un Tokaji bien frío y un gin-tonic de ensueño. El sábado en Literanta tramitamos una presentación en que, como casi siempre, había más escritores entre el público que en la mesa, y donde Dalmau se emperró en un panegírico del gatillazo mientras que Agustín Fernández Mallo intentaba traer el diálogo a su terreno, es decir, a Chernobyl. Se había sumado otro amigo escritor, Felipe Hernández, y yara compensar tanta intelectualidad, nos fuimos a un italiano donde acabamos doblados entre pizzas y panacottas. Para darnos envidia a todos, Dalmau llevó una primera edición de Under the volcano, de Malcolm Lowry. Yo no soy fetichista ni mucho menos, pero creo que sólo un papiro homérico podría emocionarme tanto como ese incunable que sobrevivió a fuegos y catástrofes y que terminó por convertirse en uno de los libros del siglo. Para rematar la tarde y la noche que se avecinaba, nueva tanda de gin-tonics frente al puerto y paseo en coche hasta el palacio de Paz y Pepe en Esporles, una casa señorial donde nos habían invitado a cenar. No nos quedaba mucho sitio ahí abajo pero hicimos un hueco para albergar la suculenta sepia al estilo mallorquín que cocinó Pepe y un helado de fresa made in Pacita que nos dejó listos para enfrentarnos al espectáculo de la noche colgante de estrellas.

(Beatriz sonríe dantianamente mientras Agustín demuestra la Teoría de la Relatividad con ayuda de una Bolsa de Pipas)

Al día siguiente, domingo, había que madrugar para cumplir una hoja de ruta que incluía desayuno en no sé qué cala cuajada de yates millonarios donde me marqué un capuccino antológico y un cruasán espectacular. De ahí recalamos (nunca mejor dicho) en San Telmo, en un paraje paradisíaco frente a la Dragonera que Dalmau se guardaba como la primera edición de Bajo el volcán y que nos dejó a todos boqueando. Tras una parada técnica en un acantilado trufado de vértigos y nieblas, nos detuvimos en Banyalbufar donde habíamos quedado con Agustín y Aina para discutir de cine y literatura mientras nos metíamos al cuerpo una lechona. En fin, estas fotos, cortesías de Miguel Dalmau (que encima es fotógrafo el tío) expresan mejor que cualquier otra cosa ese estado de gracia del intelectual en contacto con el alcohol, la amistad viril y las hermosas señoras. También este artículo estupendo de Dalmau en el Diario de Mallorca que es una de las cosas más hermosas que han escrito jamás sobre mí y que suscribo casi punto por punto, sobre todo en lo que respecta a la última frase:

EL SE?OR TORRES

Estos días anda de visita David Torres, un tipo que merecería el honor de ser retratado por él mismo para pasar a la posteridad. Lamentablemente no hay muchos maestros de su talla y habrá que ir pensando en otra cosa. Eso del retrato tiene su miga, ya lo creo. Yo desconfío siempre de los artistas que no saben pintar un retrato. Tengo la impresión de que les falta lo esencial: talento para reflejar el misterio ??y el infierno?? que ocultan los demás. A grandes rasgos David Torres es un madrileño del barrio de San Blas y luce esa marca de fábrica como otros se ajustan la gomina o se lustran con esmero los sebagos. A un tipo como Torres nada le resulta más exótico que esas casas burguesas de Madrid donde conspiran las pijas y las feforros. Quién sabe si quizá por eso sus paisanos son para él una fuente inagotable de inspiración y a veces hasta de irritación. La otra noche hablamos de ello en una cena con amigos en “Es Pou”: la gloriosa casa vasca de la calle San Magín donde suelo llevar a los comensales más severos. Pero al igual que Torres, el local no decepciona nunca y garantiza horas de camaradería y de felicidad.

(Aquí, filosofando con uno de mis filósofos predilectos y uno de mis lemas filosóficos favoritos)

¿Dónde estábamos? Ah, sí. En David. Para entender a esta criatura que creció entre la “crema” de los arrabales, hay que pensar en términos de rugby o de boxeo. Generalmente todos tenemos un deporte que nos define, y en su caso los deportes de contacto son la especialidad de la casa. Es cierto que Torres no llegó a ser nunca un Jonah Lomu, por ejemplo, ni tampoco un Cassius Clay. Pero la verdad es que con la pluma no le ha ido tan mal. De hecho, es uno de los raros autores españoles que me reconcilian con la verdadera escritura. Desde hace años sus columnas son referencia en la prensa y sus libros abordan con fortuna diversos géneros: novela negra, novela de viajes, novela de aventuras. Y esa cumbre del retrato periodístico que fue Bellas y bestias (ed. Sloper). Mientras algunos agoreros aún proclaman la defunción novelística, Torres se ha propuesto seguir novelando con una audacia y libertad casi perdidas. Sólo un tío de su barrio, bronco y fajado hasta la médula, puede embarcarse en una empresa más propia de un Hemingway. Por si quedara alguna duda, Torres lo demuestra una vez más en su último trabajo, Punto de fisión, que ya es una de nuestras novelas del año.

Bajo el aspecto de una delirante parábola posmoderna, Torres se plantea el sinsentido de la existencia contemporánea donde todos tenemos en el cogote la mosca cojonera del Apocalipsis. Y no sólo eso. También nos habla de los estragos del tiempo sobre las personas, el avance sutil e implacable que la muerte tiene sobre todos nosotros. Apocalípticos o integrados. Entretanto la fiesta continua como una novela lograda. David Torres se pasea por la isla, como una Bestia feliz, mientras la Bella que le acompaña avanza con garbo entre los tronos y las abominaciones.