David Torres, blog, escritor, literaturaTropezando con melones, David Torres  El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?
  Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales.


Niños de tiza

En mis novelas rara vez recurro a los recuerdos personales y si lo hago siempre llevo puestas varias máscaras. NI?OS DE TIZA no es una excepción pero esconde en su interior, bajo el ropaje de una novela negra, muchos fragmentos de mi propia infancia. Salvo escasas excepciones, no soporto el género autobiográfico porque suele destilar un tufillo de suficiencia y engreímiento casi siempre disfrazado de humildad, que es la peor forma de suficiencia. Lo que más me interesaba en la escenografía de este libro era recuperar toda esa vida de barrio de los que crecimos a los finales de los 70, de quienes no tenemos recuerdo más verdadero de la muerte de Franco que tres días de vacaciones en el colegio. Para mí que todavía duran.

Los juegos callejeros, las chapas, la lima, la peonza, los canarios en jaulas, los polos caseros forman una arqueología de recuerdos perdidos para siempre. Entre las cosas que tal vez alguno de vosotros recuerde con esa mezcla de ternura y lástima que provocan los monstruos extinguidos y los juguetes exiliados, estaban los pollitos de colores. Helos aquí:

Pedrín es el amigo más antiguo del que guardo memoria. Fuimos juntos hasta séptimo de EGB, cuando su familia se cambió de barrio, y los dos vivimos esa separación como si fuese una agonía, una auténtica catástrofe. No he tenido, y probablemente no vuelva a tener jamás, una relación más íntima con nadie. Cuando no había colegio, quedábamos a las nueve en la calle y pasábamos juntos todo el santo día, jugando a las chapas, las canicas, la peonza o el bote, según tocase, y sólo nos interrumpía el bramido de nuestras madres a la hora de la comida, la merienda y la cena. Por lo general nos llevábamos una buena tunda de palos al volver a casa al anochecer, rendidos y felices, como amantes que no pueden ocultar su pasión: la ropa sucia, las manos desolladas, las uñas festoneadas de tierra, las rodillas cuajadas de costras y arañazos. Cuando uno de los dos tenía que ir al retrete, se aguantaba hasta que no podía más y entonces decía, apretando las piernas: ‘Voy a cagar, macho’. Y el otro decía: ‘Vale, yo también’. No podíamos perder ni un segundo de estar juntos.

Al lado de esa camaradería total y fastuosa, las demás relaciones de la vida -novias, amigos, esposas, familiares- resultan meras formalidades, trámites con los que pasar el rato. En la niñez el tiempo no existía: las mañanas eran infinitas y el sol rodaba por las tardes con la cadencia de una pelota. Quién iba a imaginar que, cuando nuestros caminos se separasen por culpa del puto empleo de su padre, no volveríamos a vernos hasta muchos años después, en una cola del paro, y ni siquiera acertáramos a saludarnos. Tal vez no tuvimos cojones o tal vez ambos sabíamos que todo lo vivido juntos no podía resarcirse con dos frases de compromiso y una palmada en la espalda.

Una tarde Pedrín logró convencer a su madre para que le comprara un pollito de colores. Los habíamos visto un día dentro de una caja de cartón, amontonados unos encima de otros, pintados de verde, rosa y azul, y ya no quisimos otra cosa. Mi madre me dijo que ni hablar, que aquello era una crueldad, que los sumergían en colorante nada más salir del cascarón y muchos morían o se quedaban ciegos. Después del primer remojón, la supervivencia del pollito dependía de su habilidad para alzarse sobre las cabezas de sus congéneres, chillando entre estrujones y apretones, hasta que el capricho de algún niño los rescataba del martirio. El vejete que los vendía -abrigo gris raído, bufanda anaranjada, boina- permanecía horas de pie en la acera, vigilando la caja de cartón, soplándose de vez en cuando las manos heladas y sumergiéndolas en el vocinglero y bullente plumaje, buscando el calor de los recién nacidos entre las manchas de mierda. Muchos pollos morían dentro de la caja, de hambre, de frío, picoteados o aplastados por las patas de sus compañeros, y más de una vez, ante el estupor del crío que apretaba un duro entre sus dedos, el viejo sacaba un cadáver rígido en lugar de una bola viva de plumas.

-?ste se ha dormido -decía, guardándose el despojo en el bolsillo del abrigo-. Espera, que te doy otro.

Pedrín eligió un pollito rosa que no paraba de temblar y que entrecerraba los ojos como si también fuera a dormirse para siempre. Lo alimentó con pan mojado en leche y lo guardó en una caja de zapatos que colocó al lado de la estufa. Tuvimos suerte y el bicho logró salir adelante; la mayoría de los pollitos apenas duraban unos días, casi todos acababan asfixiados por alguna reacción alérgica a la puñetera pintura.

-Habrá que buscarle un nombre -dije yo, mirando al pollo rosa que iba y venía, piando y cagándose por los cuatro rincones.

-Ya lo tiene -dijo Pedrín-. Se llama Pollo.

Poco antes de Navidades, Pollo perdió su plumón y cambió su bonito colorido rosa por una envoltura amarilla común y corriente. Pensábamos que alguien nos había dado el cambiazo y andábamos por ahí con un mosqueo tremendo. No sirvió de nada que mi padre nos explicara el proceso: los niños no pueden admitir que se esfume un arco iris. Después, cuando creció, Pollo fue perdiendo la poca gracia que le quedaba hasta transformarse en un vulgar proyecto de gallina doméstica. Lo que antaño había sido un pequeño milagro ahora apenas cabía en la caja de zapatos, se hacía difícil llevarlo de un lado a otro y ninguno de los dos quería limpiar las cagadas que iba depositando a su paso. El día en que dejamos de llamarlo por su nombre, pasó a engrosar las filas de los pollos anónimos, los pollos con minúscula que atiborran las granjas y aguardan desplumados tras un mostrador de cristal. Su familia estaba hasta los cojones. El pollo iba y venía por la casa con sus andares de cine mudo, siempre detrás de Pedrín, pero ya no le hacíamos ningún caso. Era sólo un estorbo, un juguete pasado de moda. Un día su madre le retorció el pescuezo y lo sirvió en pepitoria sin decirle nada a su hijo.

-Qué bueno está esto, mamá -comentó mi amigo, mojando pan en la salsa.

-¿Te gusta? -preguntó el bestia de su padre-. ¡Pues es tu puto pollo!

La madre le dio un codazo al padre, que se reía a carcajadas. Pedrín se echó a llorar y durante unos segundos estuvo a punto de vomitar la comida, pero luego me confesó que se acabó todo el plato.

-Qué bueno estaba, macho.

Básicamente, la infancia es un pollito de colores. El chavalín rollizo y gracioso que desemboca en un adolescente gordinflas y un par de gafas de culo de vaso; la guapa nena con trenzas que se resuelve en una niñata histérica con la cara picoteada de granos. El timo del pollito se va repitiendo a todo lo largo de la vida. Más tarde o más temprano uno termina por comprender que la existencia puede resumirse en una larga y enrevesada sucesión de estafas, que no ha hecho otra cosa más que acumular pollitos de colores: un matrimonio fallido; una novia muy guapa que resulta un pendón; un trabajo cojonudo que a los tres meses se convierte en una condena a galeras; un cinturón de campeón de Europa de los medios que acaba colgado en una pared del salón, junto a aquel diploma de tercero con el que mi padre daba el coñazo a las visitas. Al final lo único que queda de cualquier milagro es un jodido pollo amarillento que se va cagando por todas las habitaciones, un pajarraco ridículo que ni siquiera sabe volar y que sólo sirve para la cazuela.