El llanero multitudinario
Seamos serios, pero poco. Hace tiempo que quiero escribir de Jesús Llano pero no sabría cómo presentárselo a ustedes, mayormente porque este hombre es impresentable. Quienes lo conocen, ya saben de qué hablo, y quienes no, no saben lo que se pierden. Jesús es mi estanquero de guardia, alguien que concibe el tabaco no ya como un placer sino como una necesidad, una forma de vida, y no me refiero sólo al aspecto económico del asunto.
A Jesús me lo presentó Javier Blanco Urgoiti, el Luca Brasi de la profesión, y como ya iba advertido tuve que corresponder llevando a Alvaro Muñoz, otro elemento de mucho cuidado. Quedamos empatados, que dirían los cubanos, cosa nada fácil con dos tipos de esa envergadura, que son algo así como el Madrid y el Barsa del género humano, lo digo para que se vayan haciendo una idea de la que se les viene encima o debajo.
Jesús Llano tiene un estanco en Madrid, en la calle Cardenal Cisneros, aunque eso es lo de menos, y hace tiempo fue nombrado Hombre Habano del año. Para mí que se quedaron cortos, porque como mínimo le tenían que haber dado un lustro o un decenio. Su anecdotario es largo e inverosímil, como el de Valle-Inclán o el de Churchill, sólo que del de Jesús puedo dar fe porque lo he vivido en primera persona. Un ejemplo: una vez entró en el estanco uno de esos fumadores casuales que sólo ejercen en los toros y le preguntó si un Montecristo de calibre grueso le duraría toda la corrida. Jesús sonrió medio descojonado ya, y largó esta réplica inmortal: “La corrida y dos polvos más”.
Otro ejemplo: una vez estábamos comiendo cuatro amigos en un bar cercano a su estanco y entró una pobre mujer, una muchacha negra centrifugada por la vida que iba vendiendo pulseras de artesanía. Con ese instinto infalible que sólo insufla la desgracia, la mujer se acercó al mejor ejemplar del local y le colocó una pulsera en la muñeca. Jesús sonrió con esa sonrisa suya que derrite corazones y bragas mientras la muchacha decía: “Acéptala, hombre, que te va a dar suerte”. Jesús aceptó con una ironía tan afilada como nunca he oído otra, una frase que en cualquier otro hubiese sonado a bofetada pero que en sus labios era una declaración universal de la injusticia del mundo: “¿Pero la misma suerte que a ti? ¿O distinta?”
Jesús tiene un corazón tan grande que no sólo no le cabe en el pecho, como dicen los cursis, sino que hace poco le dio un infarto y él lo invitó a fumar, como si el infarto fuese uno más de los tantos amigos que se pasan cada tanto por sus dominios. Es uno de esos valiosísimos regalos que el azar te concede muy de cuando en cuando, uno de esos amigos que a las buenas hacen de la vida una celebración y a las malas una orgía con la ropa puesta.

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?


















Jesús: este poema está publicado en un libro que lleva el mismo título. Lo publiqué un par de años. Modestamente, para vos. Eugenia Cabral
(Córdoba, Argentina)
T a b a c o
LA RABIA DURA LO QUE EL CIGARRILLO.
Luego el humo y la ceniza esparcen
la desmerecida forma de lo que ha sido.
Arder. Arder como la brasa ambigua
que no es llamarada ni es ceniza;
entre secuencias de orden y desorden
arder; arder cual perfume de maderas;
cual ocaso –furia postrer del día-
arder; en pausas de la informática,
detrás de los envases descartables,
con un sexo torpe entre torpes manos,
arder. Como sólo el fuego puede arder.
Como pasión y soledad pueden arder.
Astro perdido en la jungla del cielo
tornando a una casa y a unos padres,
arder. Solícitamente, en honor de un amante,
arder. Ofrecer la transparencia y pretenderla
cada vez con menos fuerza y eficacia.
Arder. En el templo de los bárbaros.
Arder, tan tenue como sea posible,
ante la fatiga de la mirada. Encender
los rubíes de la culpa entre el lodo funeral
y las arenas donde el hedor de lo muerto
sobrevive (¿para qué?) sin condena ni justicia.
En el horno de los bronquios se caldean
la sinrazón de existir abominando
y el humo: símbolo de olvido e impotencia
de querer retener lo que se esfuma
-antes eterno, ahora fugitivo-,
breve danza de amor entre los dedos,
ocaso que arrastra el cuerpo del día
-iluminado de amor- a oscura gruta,
para escandir las formas de la noche
cual sílabas de un poema revelado.
SIN PALABRAS.
Los que le queremos sabemos que hasta te quedas corto con la descripción del personaje mas sabiniano que existe en la faz de la tierra…maestro de canallas, te vendí mi alma hace años, te extraño…
Los estancos son objeto de deseo de los butroneros, no te digo nada los puros. Hace poco a un amigo estanquero le llevaron 80000 euros, saludos
Jesús se merece todo lo mejor. Claro que, como dice Clint Eastwood en Sin Perdón, “lo que uno se merece no tiene nada que ver con lo que le pasa”.