Penúltimo aullido
La semana pasada nos dejó Paul Naschy. La noticia pasó casi desapercibida, teniendo en cuenta la categoría del cineasta, toda una leyenda del fantaterror europeo. Yo me enteré con varios días de retraso, cuando salía de viaje a Londres, pero me prometí rebuscar en los papeles en busca de aquella entrevista inédita que le hice en el Vips de Alberto Aguilera, unos diez años atrás, y que nadie quiso publicar. Al releerla, he recobrado su sonrisa, sus ojos acerados bajo una gorra de viejo marino, su paciencia, su amabilidad. Fue maltratado durante muchos años y en sus palabras cálidas y profundas había un aura de tristeza, de exilios, de pobre fiera perseguida a pedradas, como escribí en el retrato que le hice para mi libro Bellas y bestias. Tras el gran López Vázquez, Naschy es la segunda baja del elenco. Pero será mejor oírlo de su propia voz.
¿De dónde viene su fascinación por el horror? ¿Por qué le atrajo tanto hacer cine fantástico y de terror?
No lo sé. Nunca me lo he planteado. Cuando yo era niño, mi madre me llevaba a ver los seriales de Fu–Manchú o del Doctor Satán que siempre se interrumpían en el momento más emocionante. También recuerdo a mi tío Jacinto, que me llevaba a dar paseos por los campos de combate de la Ciudad Universitaria, llenos de agujeros y cráteres de bombas. Parecía que caminábamos sobre un queso gruyére y recuerdo que un día mi tío sacó una calavera con su bastón. También la pintura ha sido una influencia decisiva en mi vida: el Bosco, Goya, Brueghel y sobre todo Solana, a quien conocí personalmente, y cuyos cuadros forman una especie de crónica tenebrosa de la España negra. Lo que pasa es que todo el mundo me recuerda por mi cine de terror, aunque también he hecho muchas otras películas y he tocado otros géneros que tampoco nadie se atrevió en su época. Por ejemplo, hice una comedia de crítica social, “Madrid al desnudo”, que me costó muchos disgustos, y me atreví con el tema de los transexuales nada menos que en 1977. He interpretado toda clase de papeles: inspectores, abogados, periodistas… aunque todo el mundo me recuerda por mis malvados.
Hablando de malvados, usted, que ha encarnado a todos, desde Fu–Manchú al hombre lobo, ¿cuál cree que es el peor de todos ellos?
No sé, es difícil decirlo, tal vez el último que estoy rodando ahora. Es una especie de tiburón blanco que sólo piensa en matar. La película se llama School Killer y está dirigida por Carlos Gil, el ayudante de Spielberg, un hombre no muy conocido en España. Ha sido el director de segunda unidad de Spielberg en varias películas y la famosa escena del tanque en la tercera parte de Indiana Jones, la rodó él. A mi me encanta el horror gótico. School Killer no es para nada gótica, pero estoy yo, que soy como una gárgola viviente.
¿Es cierto que Spielberg le llamó para colaborar con usted?
Sí, es verdad. Me llamó a mi casa una noche y mi mujer pensó que se trataba de una broma y colgó. Volvieron a llamar y a la tercera vez me levanté y me puse al aparato. Era Spielberg y decía que estaba muy interesado en mi trabajo y que quería localizar tres películas mías que le faltaban en su colección. Me dijo que me desplazara a Los Angeles pero yo no podía porque acababa de sufrir una operación de corazón. Al final todo se frustró porque se metió por medio un tipejo que dijo que si Spielberg quería información la iba a pagar a precio de oro, alguien que se denominaba el representante oficial del cine español en Hollywood. Increíble. No hace mucho tiempo me llamó por teléfono el manager de Milla Jovovich y me dijo que ella estaba muy interesada en trabajar conmigo.
Paul, ¿el hombre lobo es tan malo como lo pintan?
No, no. El hombre lobo es un pobre hombre enfermo, alcanzado por una maldición y que a veces ni siquiera es consciente de sus crímenes. Lo que me llama la atención del mito del licántropo es que cualquiera de nosotros podría serlo. La momia, el vampiro o Frankenstein son muertos o monstruos construidos con pedazos de muertos. Pero el hombre lobo no, en el hombre lobo la parte humana es tan fuerte que de hecho puede tener una vida normal, un trabajo, una novia, una vida que se desbarata apenas surge la luna llena. Y él no quiere ser un monstruo, no es una decisión consciente, como en el caso del doctor Jekyll. El doctor Jekyll se toma una droga para convertirse en Hyde; algún interés tendrá. El hombre lobo ni eso. Es sólo un pobre hombre al que unas determinadas circunstancias lo transforman en monstruo. Pero él sólo quiere morir para desembarazarse de su maldición. Es el mito romántico por excelencia.
Después de 22 películas como director y más de un centenar como actor, acaban de concederle la medalla de oro de las Bellas Artes. ¿Qué significa este premio concreto a estas alturas de su carrera?
He recibido homenajes, premios y medallas en Washington, en Nueva York, en París, en Los Ángeles. Me han dado el Eurocon en Bruselas, que es el máximo galardón europeo al cine fantástico, e incluso tengo un premio del Ministerio de Cultura japonés. Pero esta medalla de oro de las Bellas Artes es la que más ilusión me ha hecho en la vida porque ya no podré decir esa frase tan terrible y tan española de “nadie es profeta en su tierra”. Me he quedado sorprendido de cuánto me quiere la gente fuera, en Japón, en Alemania, en Estados Unidos. Y es increíble leer la crítica de la misma película, hecha por un francés y por un crítico español. No tiene nada que ver: la visión es diferente y la clasificación también. Pasa de cuatro o cinco estrellas al cero absoluto. Fuera nunca he tenido problemas, pero en España sí.
Problemas como el del festival de Sitges en 1996, ¿no?
Aquello fue una auténtica vergüenza, un esperpento. Me invitan a Sitges para darme un homenaje junto a Javier Aguirre, Antonio Martín, Jordi Grau y para empezar nos enteramos de que no estamos invitados más que a alojamiento y desayuno. La comida y la cena iban por nuestra cuenta. Algo increíble, el único festival del mundo en que me ha ocurrido algo así. Después, por la noche, descubrí lo peor: uno de los libros editados por el festival se llamaba The Rocky Horror Spanish Show. La portada era un paleto con boina y colmillos, bebiendo en un porrón y detrás, la luna llena. El texto, traducido a tres idiomas –catalán, castellano e inglés– era una sucesión de burlas, descalificaciones e insultos. Me llevé uno de los peores disgustos de mi vida. ¿Para esto me hacían un homenaje? Entonces, al día siguiente, llegó Quentin Tarantino y cuando leyó el libro y se enteró de cómo me destrozaban en mi propio homenaje, dijo que él adoraba mis películas desde que trabajaba en un videoclub y que era una vergüenza la forma en que trataban a un mito del terror europeo. Se formó un escándalo tremendo, el director del festival ni siquiera apareció los tres días que yo estuve allí y fue la subdirectora la que tuvo que dar la cara por ellos.
Hubo un momento en que Paul Naschy pudo dar el salto a los Estados Unidos e iniciar una carrera en Hollywood. ¿Por qué no lo hizo?
Pude hacerlo no una, sino tres veces, dos con la Columbia y una con la Warner. Pero tengo demasiado apego a mi tierra y a mi gente. Incluso rompí los contratos, me querían matar. No sé si hice bien porque aquí no tengo nada que agradecer a nadie. En España, la gente de mi profesión nunca me ha ayudado ni me ha echado una mano. Cuando murió mi padre caí en una depresión tan profunda que llegué a pedir ayuda a gente del cine. Nunca más volveré a hacerlo. En el homenaje que me dio la filmoteca hace unos años dije que me lamía en el extranjero las heridas que me hacían aquí. Y es que un país que tuvo una guerra civil tan espantosa todavía no ha cerrado del todo sus heridas. Afortunadamente, se han puesto de mi lado críticos y escritores de mucho peso: Luis Gasca, Fernando Savater, Luis Alberto de Cuenca, Juan Manuel de Prada…
¿Cuáles son sus películas de terror favoritas de la historia del cine?
Muchas, son muchas. Que yo recuerde ahora, Nosferatu, Al final de la escalera, La novia de Frankenstein, Frankenstein y el hombre lobo, La cíngara y los monstruos, El fantasma de la ópera y El jorobado de Notre Dame, ambas de Lon Chaney. Me encantó el Drácula de Coppola, una película barroca, espectacular, con una puesta en escena alucinante. Yo sólo le pondría dos peros. A Gary Oldman, en mi opinión, le falta algo de dureza en el físico y Hopkins no se toma en serio el papel. No llega a dar la talla como Van Helsing. Peter Cushing lo hacía mucho mejor, desde luego.
¿Y sus intérpretes de terror favoritos?
Boris Karloff sin duda. Además he trabajado con él. Lon Chaney aunque sé que no es un gran actor pero es entrañable. Bela Lugosi, aunque era muy teatral, tenía una fascinación única. Peter Cushing, que era un actor genial, con un enorme peso de la escuela shakespeareana. Christopher Lee que no es tan buen actor pero tiene una presencia impresionante. Y Claude Rains, Peter Lorre, Basil Ratshbone…
Se dice que casi todos ellos acabaron en la ruina absoluta. ¿Es cierto?
Salvo Lugosi, todos ellos acabaron sus carreras con gran dignidad. Karloff filmó una obra maestra al final de sus días. Lon Chaney era un borracho pero ahora está en los sellos de correos estadounidenses. Peter Lorre vivía como un rey. Peter Cushing tenía una residencia de lujo. Christopher Lee cobra una aparición suya en cualquier festival a precio de oro. Excepto Lugosi. Bela Lugosi era un gran seductor que no supo asimilar bien su enorme éxito. Se dio a la morfina y acabó en manos de ese desastre que era Ed Wood. Un director pésimo de verdad pero la gente, a través de la película de Burton, por otra parte magnífica, se ha creído que Wood era un genio incomprendido.
¿Y qué opina usted del malvado doctor Lecter interpretado por Anthony Hopkins?
Hopkins es un gran actor, qué duda cabe. Un talento de primer orden. Se divierte muchísimo haciendo el papel de Lecter pero yo creo que tampoco acaba de tomárselo en serio. Tengo la sensación de que no se cree del todo el papel que interpreta. Todavía no he visto Hannibal pero anoche me llamó Juan Manuel de Prada y me dijo que me habían copiado una escena.
¿Cúal?
La de los cerdos antropófagos. En El carnaval de las bestias hice que uno de los personajes acabase devorado por una piara de cerdos salvajes. No sé si ha sido cosa del guionista o del autor de la novela.
La escena está en la novela de Thomas Harris. Pero hay una cosa que apunta que me parece muy acertada y es que en el cine de terror, como en todo el cine de género, hace falta una ingenuidad total, una inocencia total.
Sí, pero al mismo tiempo es un cine muy técnico, extremadamente técnico. Conseguir hacer creíble lo increíble es muy difícil. Aparte de que, a través del cine de terror, y particularmente el español, se han dicho muchas cosas que no se podían decir a través de otros medios. La censura machacaba más otro tipo de películas y cuando se encontraban con una película mía, decían “bueno, es un hombre lobo”. Es decir, una fantasía. En ese cine y a través de esas películas yo podía hablar de la sociedad de mi época, de la tremenda frustración sexual de mi época, por ejemplo. No estoy hablando de cine político sino de denuncia social. Aunque me prohibieron cosas también, me dijeron que el hombre lobo no podía ser asturiano. Por eso tuve que inventarme a Waldemar Daninsky, a quien le puse ese nombre en honor de Poe y de un campeón de levantamiento checo.
¿Y el apellido polaco?
Polonia siempre me ha caído muy bien. Lo hice polaco porque los polacos son un pueblo atormentado y perseguido como pocos. Pensé que eso le venía muy bien a mi hombre lobo.
¿Cuáles son, en su opinión, sus mejores películas?
En mi opinión, El huerto del francés, El caminante, El retorno del hombre lobo, La bestia y la espada mágica, Inquisición. Como película de acción, El último kamikaze. A Mi amigo el vagabundo, la recuerdo con mucho cariño, porque la hice con mi hijo pequeño. Hay otras películas que no he dirigido yo pero que creo que salieron muy bien como El jorobado de la morgue, El gran amor del conde Drácula o El espanto surge de la tumba.
¿Y qué ocurrio con el cine de terror español? ¿Cómo es que desapareció en menos de una década?
Porque fueron a destrozarlo. Había talento, fíjate si no en una película como La residencia de Narciso Ibáñez Serrador. O La noche de Walpurgis, que quedó sexta en el ranking mundial.
Entonces, en la vida real, ¿los malos siempre ganan?
Casi siempre. En El caminante, que es una película mía donde el demonio da una vuelta por el mundo y es maltratado y torturado por los hombres, hay una canción que dice: Dios premia al bueno, pero llega el malo, le quita el premio y le pega un palo.
Por último, ¿cuál es la diferencia entre la violencia en el cine y la violencia en el mundo real?
No tiene nada que ver la ficción con la realidad. Yo no soporto la violencia en el mundo real. Hay directores españoles a quienes yo no trago, y ellos lo saben, porque una vez mataron un perro en un rodaje. Me parece una maldad tan gratuita y tan absurda. El caso del perro de La familia de Pascual Duarte fue lamentable, porque además era un perro muy cariñoso que les acompañó durante todo el rodaje. Hay que ser canalla para filmar eso y hay que ser canalla para interpretarlo. ¿Para qué están los trucos entonces? Con lo fácil que es adormecer a un perro con una inyección. Matar a un animal en una escena es una monstruosidad que no admito ni admitiré nunca.
Descansa en paz, amigo.

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?























Reconozco que no me gustan en exceso sus películas, pero admito que ha sido uno de esos grandes maltratados de nuestro cine. Ni siquiera un Goya de honor para haberse congraciado con él en el último momento, otorgdo por quienes podrían haber aprendiodo de él la pasión por rodar y los conocimientos técnicos que día a día demuestran no tener.
Buenas preguntas, pero, sobre todo, excelentes respuestas. Tan maravillosa su dignidad como triste su aceptación de la derrota.
Que la tierra le sea leve.
Fdo.: Christopher Lee el Periódico, uno de los suyos
Uno de los grandes en un mercado cinematográfico mediocre. Si hubiera sido americano o inglés otro gallo le habría cantado. Por cierto, dice mucho también de los que dirigen revistas y diarios el hecho de que nadie quisiera publicar tan magnífica entrevista.
Hola David
Qué cantidad de contradicciones, ¿verdad? Una persona que debería inspirar terror y sin embargo inspira ternura. Que debería haber disfrutado de reconocimiento y éxito, y que sin embargo fue tantas veces minusvalorado, que ni su mujer llegó a creerse que el que le llamaba era Spielberg. Que ha hecho cien películas de terror, y que se declara radicalmente en contra de la violencia. Debió de ser una persona de una gran humanidad y sabiduría, Jacinto.
Leí el retrato de bestia que le dedicaste en su día y de golpe le cogí cariño. Después de eso me crucé hace poco con un artículo de Juan Manuel de Prada sobre Naschy que también me gustó, y casi al poco leí que ahí quedaba todo. Una pena.
gran tipo.
DEP.
Gracias, amigos. Sí, era un gran tipo Jacinto, aunque él prefería que lo llamaran Paul Naschy.