Crítica de la razón en pipa
Immanuel Kant era conocido en su ciudad natal, Könisberg, por sus costumbres frugales y espartanas, su profundo sentido de la amistad y, sobre todo, por su puntualidad matemática. Decía la leyenda que cuando Kant salía a pasear, los habitantes de Könisberg ponían el reloj en hora. Tenía la costumbre de dar un paseo diario a las cinco de la tarde y una vez que el reloj de la plaza dio las cinco y dos, y Kant no hizo acto de aparición, el ayuntamiento llamó inmediatamente al relojero porque no cabía otra posibilidad más que suponer que el mecanismo se había estropeado.
El pensamiento de Kant obedecía a una rutina fija, insoslayable, una especie de encadenamiento lógico que le ayudaba a mover los raíles de su maquinaria mental. Se levantaba a las cinco de la mañana, bebía una taza de té y después fumaba una pipa, actividad menos placentera que meditativa para la que se ponía un sombrero especial. Kant fumaba una sola pipa al día, hasta las siete de la mañana, y dedicaba exclusivamente ese lapso de tiempo cuajado de humo a la reflexión pura y dura. Dicen que la pipa de Kant fue aumentando de tamaño a medida que pasaban los años. Curiosamente no le gustaba el trabajo de llenarla y encargaba la tarea a un amigo suyo. Cuando este amigo murió, Kant volvió del entierro muy apenado y dijo a su criado: “A partir de hoy, tú llenarás mi pipa”.
Tuvo la desgracia de sobrevivir a todos sus amigos. Murió a los ochenta años, tras una larga y penosa enfermedad que De Quincey relató en un ensayo magistral: Los últimos días de Immanuel Kant. Su última palabra fue Genug, es decir, “Suficiente”. El libro de De Quincey salió editado en una colección de kiosco y un amigo de mi juventud tuvo la imprudencia de comprarlo sin fijarse en el apellido. Creía que era la biografía de Emmanuelle, aquella diosa del porno suave que nos traía por la calle de la amargura. “Los últimos días de Emmanuelle. Vaya guarrada tiene que ser esto” me dijo camino de su casa y del cuarto de baño. “No lo sabes tú bien” dije.

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?


















Leí este ensayo en mi primera ida a México una edición hipereconómica (1,5 €), creo que de Conaculta, una iniciativa pública que no estaría mal reproducir de alguna forma por aquí. Extraordinario escrito de De Quincey, que tiene varios en este nivel, creo recordar que en esta edición le acompañaba “La rebelión de los tártaros”. Me llaman la atención estas líneas: “Al entrar el doctor, Kant se levantó y alargándole la mano pronunció unas frases en las repitió varias veces la palabra posts, pero en forma que parecía pedir auxilio para completar el concepto. El doctor, que creyó que divagaba y se refería a los relevos de postas, le contestó que todos los caballos estaban ocupados y que no se preocupara; pero Kant insistió haciendo grandes esfuerzos: muchos puestos… puestos pesados… mucha bondad… mucha gratitud, todo ello con incoherencia aparente, pero con mucho calor y dominio de sí mismo. Yo adiviné entonces lo que quería decir. Lo que el profesor desea expresaros, doctor, es que considerando los muchos puestos o cargos que desempeñáis en la ciudad y en la universidad, representa una gran bondad por vuestra parte dedicarle tanto tiempo (pues el doctor jamás quiso cobrarle) y os está en extremo agradecido.” Eso de “posts” más que curioso: un precedente indudable del nombre que tomarían después los textos publicados en los blogs.
Me parece entrañable el cómo la adorable Enmanuelle te llevó al genial Immanuel. Pero como creo que las casualidades no existen, te diré que el Infinito tomó a tu coleguilla como vehículo para que conocieras el ensayo de De Quincey y para, lo que son las cosas, que siempre relacionaras el porno de una con los pensamientos desnudos ante la humanidad del otro. Qué flipante. Un abrazo.
Yo, no es por nada, pero prefiero a Emmanuelle Beart, puestos a elegir, porque a la original la encontraba yo poco falta de material tectónico para mover mis placas.
Respecto a Kant… ¿Quién dices que era?
Fdo: Peter Kant Tropus, enviado especial a lo más profundo de la caverna (de Platón)
Será casualidad que las palabras claves estas de aquí abajo que me pide que escriba, no sé para qué coño, son Dylan y Torres…
Lo llegué a detestar a pesar de –o tal vez precisamente por– la necesidad de recorrer las tres críticas como requisito imprescindible para entender el tránsito del Qué al Cómo iniciado por el feo Descartes, culminado por su metafísica de la subjetividad, así que la anécdota (cojonuda) me redime un poco de aquellos padecimientos. Saludos (p. m.)
Tito, es que el viejo Kant lo preveía todo, el cabrón. Qué gran libro el de De Quincey.
Sí, el mundo en ansí, Paco.
Peter, la verdad es que la Enmanuelle original se nos quedaba cortita, sí.
Clement, qué barbaridad leer La Crítica de la Razón Pura. Yo vi la película.