Acabo de aterrizar y he tenido la inmensa suerte de ver atardeceres como éste en Morro Bay. Pero no está nada mal volver. Lo bueno de España es que aquí la gente no está obsesionada con Enrique Iglesias, y otras muchas cosas. Cuando me recupere, escribiré un poco.

VACACIONES

Me voy a tomar un breve descanso. Nos vemos a finales de este mes, si Dios quiere. Sed felices. Y de regalo, un Mash up muy afortunado entre “El club de la lucha” y “Toy Story”.

LA ODISEA

Cuéntame, musa, de aquella vez que intentaste atusarte lo más dignamente posible para acudir al estreno de “El Diario de Carlota”. Este post lo escribo porque a mediados de verano no me quedan muchas más cosas que decir salvo “dame agua” o “pon el aire al máximo” o “esto está muy rebajado” y porque intento ser de utilidad para todas las chicas que intentan sacarse partido. Este es un manual sobre qué NO hacer. (También lo escribo porque tenía uno sobre el talento de Javier Ocaña. Pero como no lo tiene, pues no lo cuelgo.)

Con algunas semanas de antelación me había comprado un vestido gris “humo” y unos zapatos “humo”, pero en la tarde de autos descubrí que el conjunto me hacía parecer una masa nubosa bien gorda en la predicción metereológica. A última hora me quedé con otro vestido, azul “vivo” pero requería unos zapatos “vivos”. Movida por la prisa y con la misma angustia que Johnny Depp en “A la hora señalada” o Jack Bauer en un día de servicio, me fui a buscar unos zapatos vivos con los zapatos humo. De modo que conseguí unos zapatos pero por el estúpido paseo me quedé sin la posibilidad de devolver los otros.

Consejo 1. No os pongáis ropa o complementos susceptibles de ser cambiados para ir a comprar el pan o bajar la basura.

Bueno, el tema de la ropa ya estaba solucionado. Ahora solo me quedaba la manicura, la peluquería y el maquillaje. Lo único malo de la manicura (a mí me gusta la francesa) es que consiste en dedicarle media hora de tu vida a una gilipollez, y no es un problema pequeño. Pero bueno. Para presumir hay que sufrir.

En cuanto al maquillaje y a la peluquería, fui al mismo sitio, con eso de que estaba por mi barrio. Me llega una tipa bastante malencarada y me dice que no tengo granos que tapar, y yo empiezo a dudar de si he venido al lugar correcto. Sobre todo cuando le digo que llevo base y empieza a pasarme el rodillo sin más.

Consejo 2. Para maquearse comilfó que diría mi amiga Rebeca hay que limpiar el rostro en profundidad: limpiadora, tónico, hidratante como mínimo. Si tenéis tiempo y sois previsoras podéis daros alguna mascarilla o algún exfoliante el día previo.

Debería haber sospechado algo cuando empezó a restaurarme de espaldas al espejo. Yo le dije que iba a un evento, y que quería maquillaje de fiesta. Me echó tanto polvo por encima que la peluquería parecía la catacumba de “La momia”. Luego me pasó esponjas por el contorno de ojos sin parar y luego empezó a aplicar las sombras (con un aerógrafo, me imagino.) Después llegó el turno del eye liner, que tardé tres o cuatro días en eliminar de mis ojos. (“Para que te dure..” si, en una tormenta tropical seguro que también dura). Después me acercó el rímmel de su maletín de los horrores y me aplicó un cepillo que tenía más grumos que cerdas de la marca Kiko. No es por decir que sea mala marca, pero una no paga por un maquillaje para que le pongan un rimmel del año 98 de la marca Kiko. Quizá los grumos son parte de la fórmula, porque también tardé varios días en poder pestañear con normalidad. Alguna clienta venía a “admirar” el resultado, aunque yo me sentía como como una rana diseccionada en clase de biología.

Lo más duro ya había pasado, o eso creía yo. Un poco de colorete (vamos, como el de Ámbar Yurena, una cosa discretita) y un poco de gloss (no lo era.) Y entonces la amiga giró la silla.

“¿Te gusta?” “Sí, es genial. Voy a venir aquí a maquillarme todos los días”, dije, sin ser capaz de entender cómo se puede mentir tanto y con tanta naturalidad. “Es que a mí el maquillaje me gusta muy marcado”, “Sí, a mí también”, dije con una sonrisa que se adivinaba debajo de mi cara cuarteada. Recordé a Heath Ledger, a Daryl Hannah en Blade Runner, a la inefable Magda de “Algo pasa con Mary.” Y a toda su parentela, claro.

La artista se fue, satisfecha después de haberme perpetrado eso en toda la jeta, y llegó el turno de la peluquera. Luego la cosa no fue tan tremenda, pero me dejó un flequillo como para pinchar aceitunas (Rubianes decía que la Pantoja lo hacía con el bigote), muy Paula Vázquez en los 90.

De mi experiencia varios consejos:

Consejo 3. No hay que pagar por maquillarse en un sitio del que no tengáis referencias. Yo creo que a partir de ahora lo haré en casa o en The Lab Room o clavo similar.
Consejo 4. Si desoyes el tercer consejo, nunca digas que quieres un maquillaje de fiesta.

Por supuesto, al salir de allí me puse las gafas de sol y con ellas puestas (y porque no tenía una gorra a mano) y me fui derecha a comprar una sombra de ojos azul para poder rehacerme la historia. En un momento dado, al pagar mi sombrita azul, la dependienta me preguntó, “¿Aún quieres más?” Pagué entre lágrimas y me fui corriendo a casa, cruzándome con un par de señoras que se santiguaron al verme.

No sé ni cómo, pero el espejo no se rompió al devolver mi reflejo y pude volver a maquillarme otra vez. Y la historia me salió en una tarde perdida y unos cuantos euros tirados a la basura (bueno, y algunas pestañas que sé que no volverán), pero tuvo un final más o menos feliz.