Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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domingo, mayo 11, 2008

El sonido de eBay y la imagen de Kafka se exponen en 'Explotando datos'

Cómo sonarían los datos de eBay o qué sería 'El proceso', de Kafka, dentro de un videojuego, se muestran en las 37 obras de 'Explotando datos', una exposición audiovisual dentro del festival 'Les rencontres internationales' abierta en el complejo cultural El Aguila hasta el 14 de mayo.



La directora general de Archivos, Museos y Bibliotecas, Isabel Rosell, ha sido la encargada de presentar la exposición junto a sus dos comisarios, Jean Francois Rettig y Nathalie Hénon.

Rosell ha señalado el carácter internacional de esta segunda edición de 'Les rencontres internationales', con la que 'se facilita al público madrileño acercarse a las temáticas audiovisuales y a los artistas españoles llegar a ciudades tan punteras como París o Berlín'.

'Explotando datos', que será inaugurada hoy por el consejero de Cultura y Turismo, Santiago Fisas, ocupa tres plantas divididas en varios espacios según artistas y temas.

Data Meanings (explotando datos), Hyper Cinema (hipercine), Spaces (espacios), Public Estates (dominio público) y Monitoring Survey (control vigilado) son las cinco áreas temáticas sobre las que trabajan los seleccionados para la muestra.

La recreación sonora de eBay, convertida en instalación por los austríacos Ubermorgen, es un ejemplo del nuevo 'net art' -arte relacionado con las redes de comunicación- que se expone en 'Explotando datos'.

Además de esta obra, en el espacio Data Meanings se presentan distintas manipulaciones de los datos que manejan muchos portales web, 'transcribiéndolas a números y letras', según han explicado los comisarios.

Al aprovechar un campo tan amplio como el del videoarte, los creadores también analizan temas a debate en los medios de comunicación, como la guerra de Irak, mediante metáforas que 'cuestionan la historia y analizan a los medios', como ha recalcado Jean Francois Rettig ante una filmación de un cubo de azúcar que era consumido lentamente por gotas de petróleo.

La muestra moderniza referentes artísticos de otros campos, como la literatura o el cine. 'El proceso', de Kafka, se articula en un producto de videoconsola en el que el jugador camina junto a una pared que nunca podrá superar; mientras que otros trabajan con 'King Kong' y 'Kill Bill' para explorar la 'especificidad del lenguaje cinematográfico'.

'Explotando datos' es un punto más de la programación de 'Les rencontres internationales', en el que también se proyectarán películas y se desarrollarán debates, desde el próximo día 7 hasta el 14 de mayo.

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miércoles, abril 02, 2008

Francisco Toledo, formidable grabador

La sólida fama internacional del plural artista mexicano, nacido en Oaxaca, despliega su inventiva en una excelente selección de grabados recientes.
Nelson Di Maggio @ LR21

Francisco Toledo es conocido y reconocido en los múltiples lenguajes que ha frecuentado (pintura, cerámica, escultura) pero en el grabado en metal ofrece una maestría de alto voltaje expresivo.



Una de las principales virtudes de Informe para una Academia, muestra inaugurada la semana pasada en el Espacio Cultural de México, es la calidad de las ediciones, en su mayoría pruebas de artista o numeradas en los primeros tirajes de los 43 grabados. Luego, el enmarcado impecable, aunque la deficiente iluminación de la sala (mal resuelta desde el principio, que debería corregirse) incomoda la correcta observación de las obras.

Lo fundamental, empero, es la imaginación de Toledo, un torrente continuo de energía creadora que atrapa al receptor de inmediato. Fechada en 2005, Informe para una Academia es una serie de grabados inspirada en el cuento homónimo de Franz Kafka (1883-1924), donde el escritor checo narra la anterior vida de simio (como lo hizo con la cucaracha en La metamorfosis, 1917) en una transparente alegoría sobre la sociedad y el hostigamiento a la libertad del hombre, a la vulnerable condición humana.

En su mayoría, los grabados son de tamaño apaisado y diferentes dimensiones (entre 21 x 98 cm. y 10x 49 cm.) y Toledo araña la plancha de metal con la delicada técnica de la punta seca, acompañada, a veces, de aguatinta, con extrema sutileza y refinamiento expresivo hasta decantar en las magistrales imágenes de La greñuda y La mujer del gran peine, diferentes títulos para un mismo tema, agrupadas, con acierto, en un panel aislado, donde el dibujo en sucesivas oleadas de perturbardora atmósfera es conducido en una arrebatadora, envolvente composición rítmica, con lejanas resonancias de los latigazos gráficos anticipados por el Art Nouveau.

El sarcasmo y el humor de sus mitologías zoológicas, ya característico de Toledo en toda su trayectoria, transita por la ironía en el referente literario kafkiano y la técnica del azúcar, más pictórica, aunque igualmente lineal en la franqueza del trazo limpio de endiablada circularidad, administrando con extremo cuidado el equilibrio entre blancos sonoros y negros intensos, que adquieren, en Cuento de la luna vaga, He llegado a adquirir el grado de cultura de un europeo o Mono borracho, un clima de jocunda parodia y cristalina sensualidad, que corren con la fresca naturalidad del agua al caer. Sin duda, una de las pocas muestras provenientes del exterior que marcará la temporada de 2007.

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sábado, marzo 29, 2008

Homenajear a Kafka sin morir en el intento

Jon Bilbao reflexiona sobre el deseo de evadirse gracias a un protagonista que se metamorfosea en miles de moscas

MAGDA BANDERA - Madrid - 19/03/2008 12:49 (Público)

El fotógrafo quiere saber de qué trata la primera novela de Jon Bilbao antes de retratarle. El aludido tarda en responder. No es fácil defender que has escrito una historia "realista" cuando el protagonista de tu relato es un hombre que se transforma en un enjambre de moscas, así, por las buenas. Pero Jon tiene arrestos incluso para bautizar al hombre-multimosca con el nombre de Grego. A partir de ese momento, se acaba el homenaje a Kafka.

"Cuando leí La metamorfosis, tenía 14 años. Fue una lectura bastante peculiar porque a mí me gustaban los cómics y esperaba otra cosa. En ese momento, ni me gustó Kafka ni me convenció la historia. No entendía por qué su personaje no se hacía preguntas, por qué no indagaba en los motivos de su transformación", recuerda.

Lo que de verdad decepcionó al adolescente Jon fue que entre página y página no apareciese "toda una familia de insectos temibles". Pero de eso hace ya más de veinte años y este ingeniero de minas, nacido en Ribadesella en 1972, tiene otras preocupaciones y acumula varios premios literarios por sus relatos.


Las vacaciones perfectas


En El hermano de las moscas, Bilbao ha querido reflexionar sobre la idea de la evasión y la responsabilidad a través del caso de Grego. Este personaje, un treintañero bohemio que se gana la vida alquilando embarcaciones en el sudeste asiático, se transforma una vez al año en un enjambre de moscas durante diez días. "Es algo que puede parecer horrible, pero en realidad son las vacaciones perfectas. No sólo te permiten descansar del trabajo, sino también de la condición humana", comenta el autor.

Sin embargo, esas vacaciones "no son gratuitas". Alguien tiene que responsabilizarse de alimentar a las moscas, cuidarlas para que no se dispersen, vigilar que nadie las mate de un manotazo o un chorro de insecticida. Y, sobre todo, debe impedir que descubran el secreto de Grego.

Esa persona es "el hermano de las moscas", Héctor, un hombre tranquilo y racional, con un trabajo y una familia estables. Conseguir que alguien tan práctico como él asumiese que su hermano podía transformarse de tal manera fue todo un reto.

"Cuando comencé a trabajar en la novela, sabía que lo más importante era lograr que Héctor creyese a su hermano. Si él lo hacía, también lo haría el lector. A partir de ese momento, la historia es realista y lo de menos son las moscas", asegura Bilbao. Lo importante es que el lector que se atreva con el libro publicado por Salto de Página se haga preguntas a partir del tercer capítulo.

Preguntas vitales

Para Bilbao, una de esas preguntas esenciales versa sobre el tema de la responsabilidad y hasta qué punto esta sociedad está preparada para asumir "cargas" tan pesadas, como la de cuidar incondicionalmente a un hermano calavera sin apenas hacer reproches, y arriesgando la estabilidad laboral y familiar.

Para facilitarle los paralelismos al lector, Bilbao sitúa la acción en una ciudad y una casa indeterminadas, prototípicas de la burguesía globalizada de inicios del tercer milenio. Podría pasarte a ti, insinúa hasta rozar la amenaza.

"La novela tiene una voluntad crítica. En realidad, Héctor y Grego son la misma persona desgajada en dos. Uno tiene una vida de tecnócrata y el otro es un aventurero", compara. Por eso, ambos se envidian y se complementan. Y, como ocurre en tantas familias, nunca hablan. Apenas lo mínimo para pedirse y dejarse dinero, y concretar asuntos de intendencia.

Todo muy "normal", excepto el lugar de trabajo de Héctor. Como su padre literario hasta hace unos años, el hermano de las moscas trabaja en una refinería de petróleo, un entorno frío y poco dado a alentar la fantasía.
"Me interesaba mostrar el entorno laboral del protagonista. Me fastidia que en los libros y en las películas no se muestre el ámbito laboral de los personajes", argumenta Bilbao. Dime dónde trabajas y te diré cuánta presión soportas a diario. Si es demasiada, quizás sueñes con
desintegrarte en miles de ligeras moscas.

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lunes, marzo 17, 2008

El muro del emperador

Son 7200 kilómetros de piedra y ladrillos con los que se pretendió cercar un reino. Se empezó a construir por orden del primer emperador chino Qin Shi Huan, quizás el mayor megalómano de la historia, quien se volvió loco buscando el elixir de la inmortalidad. Sin embargo, 2 mil años de trabajo y varios millones de soldados y esclavos en acción no alcanzaron para unir los fragmentos de la muralla ni siquiera en la cara norte del imperio.

Por Julián Varsavsky / Página 12

Gran Muralla China

Aunque la Gran Muralla probablemente haya sido el mayor delirio terrenal del primer emperador chino Qin Shi Huan, el megalómano más grande de la historia, tuvo otro no menos sorprendente: luego de decapitar a medio centenar de oficiales que fracasaron en la búsqueda del elixir de la inmortalidad, decidió llevarse al inframundo de la muerte un ejército completo de 7 mil soldados moldeados en terracota, a quienes conduciría en sus batallas subterráneas por el lapso de la eternidad.

En La Muralla y los Libros, Jorge Luis Borges plantea una relación nada fortuita entre la orden del emperador de quemar todos los libros anteriores a él (o anteriores al ?tiempo?, que era lo mismo), y la condena que impuso a todo aquel que osara guardar uno de esos libros de trabajar por el resto de su vida en la construcción de la muralla. ?¿Acaso Qin Shi Huan condenó a quienes adoraban el pasado, a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil??, se pregunta Borges.

La utopía de cercar un reino para impedir las invasiones nunca fue concretada, ya que su propia longitud no permitió defenderla ni garantizar su invulnerabilidad. Por otra parte, a pesar de sus 7200 kilómetros de largo, la muralla tampoco llegó a conectar todos sus fragmentos al mismo tiempo: a lo largo de sus casi 2 mil años de construcción, mientras un segmento se levantaba otro era tumbado por el enemigo del norte e incluso otros se caían de viejos, derruidos por el polvo y el viento. Pero lo cierto fue que ningún emperador de las veintitrés dinastías que rigieron el imperio pudo renunciar a la fantasía de amurallar su dominio, incapaces de darse cuenta de que en verdad estaban rodeados por la virtual muralla de un vasto horizonte.

EL ORIGEN

Uno de los hechos que más impresionan de la Gran Muralla es la cantidad de personas que participaron en su construcción. Sólo en los 10 años iniciales de la Dinastía Qin ?214 al 204 a.C.?, trescientos mil soldados al mando del general Meng Tian se dedicaron a poner ladrillo sobre ladrillo, inaugurando quizá la idea de la famosa ?paciencia china?. Más tarde, en el 555 d.C., se realizó una sección de 450 kilómetros en la que 1,8 millón de personas fueron forzados a edificar el muro que, al mismo tiempo que protegía el imperio, le imponía un límite a su expansión (tarde o temprano su destrucción vendría de un lado o del otro de la muralla). Esto vendría a comprobar la inutilidad de la muralla, cuyos fines fueron más de ostentación del poder que de carácter defensivo real. Una estructura de estas magnitudes era porosa por naturaleza, pero las dinastías se aseguraron de convencer a las sucesivas generaciones ?por miedo o por convicción? de la conveniencia de esta empresa. En La edificación de la muralla china, Franz Kafka desentraña la razón de esa obra descomunal cuando escribe que el objetivo único y absoluto de construirla era comprometer a los súbditos y esclavos en el círculo vicioso de aquella obsesión. La muralla era entonces un fin en sí mismo, alrededor de cuya edificación se organizaban las jerarquías sociales del reino. Según como se lo mire, en algún momento el cerco de piedra era una defensa o también una prisión en la que estaban confinados los que vivían tras sus muros, independientemente de los peligros que pudiesen venir de afuera. Además, los constructores morían por decenas de miles durante los trabajos y eran enterrados debajo mismo de la muralla, fundiéndose directamente con la herramienta de su condena.

Los primeros segmentos se comenzaron a levantar entre los siglos VII y VIII, cuando los diferentes estados de la futura China guerreaban entre sí. Hasta que Qin Shi Huan unificó China en el 214 a.C. con mano de hierro y surgió la idea de corporizar la unidad del imperio completando la muralla.

LA DISCONTINUIDAD

El sistema defensivo, a pesar de ser imperfecto, tuvo también su éxito para detener a los ejércitos pequeños. Y según Gengis Khan su efectividad dependía del coraje de quienes la defendieran. La muralla mide un promedio de diez metros de alto por cinco de ancho, y en el medio tiene un corredor que permite el desplazamiento rápido de las tropas. Desde sus torres le disparaban al atacante con flechas y con toda clase de proyectiles ?como balas de cañón? desde que se inventó la pólvora. Además tenían un parapeto de un metro de alto y por supuesto había también puertas fortificadas que permitían traspasar hacia adentro o hacia fuera los límites del reino.

La comunicación entre las distintas torres de vigilancia y aprovisionamiento de la muralla era fundamental para anunciar la llegada del enemigo. El método más común era el de las columnas de humo. Una sola de ellas significaba que un ejército de menos de 500 soldados estaba asediando la muralla. Y una columna doble de humo advertía que los atacantes eran menos de 3 mil.

Los principales constructores de la muralla que llegó hasta nuestros días fueron los emperadores de la Dinastía Ming (1368-1644). Hoy, igual que en los tiempos de sus inicios, la muralla se encuentra desconectada y en algunos lugares se ha reducido a polvo y aparece como borroneada en la inmensidad del desierto de Gobi. En otros sectores como Badaling ?a 60 kilómetros al norte de Pekín?, está restaurada a la perfección. Y hay quienes la usan en el campo como cantera para construir sus casas sin saber siquiera que se trata de la famosa muralla del primer emperador. No es cierto que su serpenteo se vea desde la luna, lo cual no quita que la Gran Muralla haya sido y siga siendo la obra de construcción humana más cruel y desbordada de egocentrismo que se haya realizado jamás.



Una aventura china
La clásica excursión en la zona de Badaling no es la más recomendable para visitar la muralla. Está restaurada con un dudoso criterio y la recorren millares de turistas perseguidos por molestos vendedores. El lugar en el cual mantiene su impronta original ?con muy pocos turistas? es en Simatai, donde, a pesar de no haber sido restaurada, la construcción posee largos segmentos en perfecto estado de conservación. Allí la muralla está construida sobre una cadena montañosa y en algunos sectores se ha desbarrancado con el paso del tiempo. El recorrido en grupo implica horas de subir y bajar escalones, pero la aventura comienza en las partes ruinosas, donde es un verdadero desafío seguir adelante en pos de alcanzar la torre de vigilancia más alta. En los lugares más derruidos, la muralla se hace tan angosta que es preciso avanzar a gatas por prevención ante los precipicios que se abren a cada costado. En estos tramos, muchos visitantes suelen abandonar la travesía. Como a medida que la cosa se complica cada cual avanza a su propio ritmo, por momentos uno se encuentra absolutamente solo en la cumbre de la montaña. Sin nadie a la vista, entre piedras milenarias, la mirada alcanza para abarcar esa infinita serpiente de piedra gris que parece arrastrarse sobre las montañas en busca de la eternidad. Y basta con cerrar los ojos para que nos alcance el rumor de los ancestrales ejércitos mongoles con sus catapultas al acecho, y los silbidos de las flechas chinas cortando el aire.



La muralla kafkiana
En el cuento La construcción de la muralla china del escritor checo Franz Kafka, el personaje de uno de los constructores de la muralla es quien explica la función política de esa obra desmesurada. ?Uno pensaría de antemano que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir la muralla seguidamente, o, a lo menos, seguidamente dentro de las dos secciones principales. La muralla, como universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido planeada como una defensa contra las naciones del norte. Pero ¿qué defensa puede ofrecer una muralla discontinua? Ninguna, y la muralla misma está en incesante peligro. Esos pedazos de muralla abandonados en mitad del desierto podrían ser fácilmente derribados por los nómadas, ya que esas tribus, alarmadas por los trabajos de construcción, cambiaban de querencia como langostas, con inconcebible velocidad y lograban tal vez una mejor visión general de los progresos de la muralla que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra no pudo hacerse de otro modo. Para entenderlo así debemos considerar que la muralla tenía que ser una defensa para los siglos: por consiguiente, la edificación más escrupulosa, la aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal de los constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que para la tarea más subalterna podrían emplearse jornaleros ignorantes ?hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés?, pero ya un capataz de cuatro jornaleros debía ser un hombre versado en albañilería, un hombre que en el fondo del corazón sintiera todo lo que significaba la obra. Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y se encontraban tales hombres, quizá no todos los requeridos para la obra, pero muy numerosos. El trabajo no debía ser emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, había sido proclamada en toda la China (que se pensaba amurallar) la más importante de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con ella. Recuerdo todavía que nosotros, niños tambaleantes aún, nos juntábamos en el jardín del maestro, para levantar con piedrecillas una especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo hacía naturalmente pedazos y nos vociferaba tales reproches por la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en todas direcciones en busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época.?

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jueves, febrero 28, 2008

Kafka vivió el origen del cine

A partir de 1900, el proyector cambió el ocio del público

AFPPAULA CORROTO - PÚBLICO - Madrid - 27/02/2008 22:38

Una de las revoluciones más apasionantes dentro del universo cultural fue la aparición del cine. Dicen las enciclopedias que todo comenzó en 1896, con la primera proyección de los hermanos Lumière. Sin embargo, la verdadera explosión de este nuevo lenguaje llegaría durante las dos primeras décadas del siglo XX. Porque antes de las bombas (las de la gran guerra), toda Europa -principalmente París, Berlín, Praga y Viena- se llenará de cines y de unos espectadores embelesados y estupefactos.



Las primeras salas de exhibición fueron ambulantes. El artesano -aún no podía llamarse empresario- llegaba con su proyector y se iba. Pero, a partir de 1907, se establecerán las salas fijas, controladas por las empresas que dominarán la industria durante estos primeros años: las francesas Pathé y Gaumont, la alemana Mutoskop y la estadounidense, pero afincada en Europa, Edison Company. Ellas se encargaban de todo: producían, distribuían y, por supuesto, exhibían.

Influencia en los artistas

A las salas comenzó a acudir el público en tropel. Y, tal y como relata Hanns Zischler en su libro Kafka va al cine (Minúscula), uno de estos espectadores fue el joven checo Franz Kafka, quien, desde 1910 a 1914, recorrió, junto a su amigo Max Brod, los cines de París, Berlín y Praga con ojos desorbitados. La metáfora es evidente: si a Warhol, la televisión junto a la publicidad y el technicolor, le convirtieron en el artista más moderno de la posmodernidad, el cine para Kafka fue una especie de llegada a la Luna que influirá sobremanera en sus formas artísticas.

Por otra parte, los cines cambiaron el rostro a las ciudades. Muchos de ellos habían sido antes teatros, pero otros fueron construidos a partir de las premisas conceptuales del art-decó. Dentro de esa corriente se encontraba el Omnia Pathé, abierto en 1905 en París. "Fuente de nuestros placeres", escribió Kafka sobre él. En Berlín destacaba la zona de la Postdamer Platz, que poseía unos cines, dirigidos por los hermanos Herrnfeld, donde se proyectaron algunos de los éxitos de la época como Por fin solo, de Max Mack, en 1914. En la ciudad natal de Kafka, Praga, la profusión de cines era enorme: el Landestheater, el Lucio Azul, el Orient, el Bio-Lido o el Bio-Lucerna, una sala que también tenía un café y un cabaret.

Un cine muy ingenuo

Esto último dice mucho sobre cómo eran esos primeros cines y ese primer público que se acercaba expectante. En relación con las películas, algunas de las que, por ejemplo refiere Kafka en sus Diarios es la danesa La esclava blanca (1910), llena de tópicos eróticos y sexuales, y convertida en un éxito. Los títulos son muy característicos de estos primeros años de cine en blanco y negro y mudo. Ahí está la alemana Para yerno sólo quiero a un funcionario (1913). Todo un reflejo de que lo que empieza es espontáneo, sin maldad y con una deliciosa ingenuidad.

Ahora bien, tampoco hay que olvidar otras temáticas que gustaban mucho al público como los dramas realistas cercanos al suceso. Este tipo de filmes los explotaba mucho Pathé. Uno de sus éxitos fue El robo de la Mona Lisa, basado en el caso acaecido en 1911.

Macarras y obreros


En cuanto al público, según escribió el crítico cinematográfico Ulrich Rauscher en 1912, fue desde el inicio popular: "Había en Alexanderplatz (Berlín) un cine de barrio abarrotado de obreros, putas y macarras, y por encima de ellos se alzaba el comentario sensiblero del narrador". Exacto, estos narradores, dobladores especiales de aquellas películas mudas, eran también pieza clave en cualquier sala, junto a los carteles que anunciaban las películas, los cuales se convertirían en auténticos lienzos artísticos.

Por supuesto, el cinematógrafo, como se llamaba a los cines, provocó una caída de espectadores en los teatros. Es más, también entre los actores, ya que algunos de los más famosos de entonces, como Albert Basserman, tras brillantes Hamlet, o Delia Gill, no dudaron en ponerse ante la cámara. El cine era la meca y no al revés. Lo había cambiado todo.

Y también fue un termómetro para la sociedad. Un ejemplo que vivió el propio Kafka es evidente: año 1921, pase de la película Regreso a Sión, financiada por el Fondo Nacional Judío, en el Lido-Bio de Praga. Multitud de judíos acuden a la proyección. Kafka se acerca y observa cómo una extraña muchedumbre se agolpa a las puertas del cine. "¡Ahora los judíos hacen cine, qué desfachatez!", grita una mujer. Qué ironía: en 2008 la mayoría de las salas está copada por cine judío.


Franz Kafka, un enamorado del cinematógrafo

Según relata Hanns Zischler en Kafka va al cine, el escritor se enamoró del cine en 1910, cuando tenía 27 años. A tal llegó su pasión que, según afirmó en sus ?Diarios?, podía dejar la escritura ?su vida, su respiración? para dejarse caer por el Landestheater de Praga a ver qué programa emitían (en aquel entonces había muchas sesiones continuas, ya que las películas no tenían mucho metraje). Acudió en numerosas ocasiones al cine en compañía de su amigo Max Brod.

Le gustaban las comedias y las tragedias. Y es que a pesar de esa percepción universal de un carácter apocado, a Kafka no le gustaba estar un segundo quieto. Quería conocer todo lo que se movía en la ciudad. Hasta 1914 se encuentran numerosas entradas en los diarios sobre películas, cines y actores.

Después, curiosamente, tendría lugar su explosión literaria (La Metamorfosis, El Castillo, El Proceso). Nos queda la duda: ¿habría sido otro escritor sin su pasión cinéfila?

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domingo, febrero 24, 2008

Franz Kafka x Gustav Janouch

Página 12 Web / 21 de Febrero de 2008

Por Gustav Janouch

Ya no me acuerdo de las veces que estuve con Franz Kafka en la oficina. Sin embargo, hay algo que sí recuerdo muy bien: su postura cuando, media hora o una hora antes de terminar su jornada de trabajo, yo abría la puerta de su despacho en el segundo piso del edificio del Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo.



Lo hallaba sentado tras el escritorio, la cabeza echada hacia atrás, las piernas extendidas y las manos inertes sobre el tablero. El cuadro de Filia El lector de Dostoievski puede dar cierta idea de la postura que adoptaba. Hay una gran semejanza entre el cuadro de Filia y la pose de Franz Kafka, pero es una semejanza puramente externa. Tras el parecido formal se oculta una gran diferencia interior.

El lector que muestra el cuadro de Filia está sobrecogido por algo, mientras que la pose de Kafka expresaba una entrega deliberada y, por tanto, victoriosa. Sus finos labios lucían una leve sonrisa, que era más el conmovedor reflejo lejano de una alegría distante y extraña que una expresión de bienestar. Kafka siempre miraba a las personas un poco desde abajo. Su postura era muy extraña, como si quisiera pedir disculpas por su estatura. Todo su cuerpo parecía querer decir: ?Por favor, pero si soy completamente irrelevante... Me dará usted una gran alegría si no se fija en mí?.

Hablaba con una voz de barítono vibrante y velada, admirablemente melodiosa, aunque nunca abandonara una modesta escala intermedia en cuanto a volumen y tono. Su voz, sus gestos, su mirada, todo en él irradiaba una calma surgida de la bondad y de la comprensión.

Hablaba checo y alemán, aunque más este último. Aun así, su alemán tenía un acento duro, parecido al que caracteriza el alemán de los checos, aunque esto no es más que una aproximación lejana, imprecisa. En realidad no era así en absoluto.

El acento checo en el que estoy pensando es estridente. Hace que el alemán suene como desmenuzado. En cambio, el habla de Kafka nunca daba esta impresión. Sonaba tan articulada por ser el producto de su tensión interior: cada palabra era una piedra. La dureza de su habla la provocaba su afán de comedimiento y exactitud, es decir, la motivaban cualidades personales activas y no características colectivas de índole pasiva.

Su modo de hablar se parecía a sus manos.

Tenía manos grandes y fuertes, de palmas anchas, dedos finos y delicados con uñas planas en forma de pala y articulaciones y nudillos prominentes, pero muy frágiles.

Cuando recuerdo la voz, la sonrisa y las manos de Kafka siempre pienso en una observación de mi padre.

Decía: ?Fuerza combinada con una temerosa delicadeza; una fuerza para la que precisamente lo pequeño es lo más difícil?.

El despacho en el que Franz Kafka ejercía su cargo era una habitación de tamaño medio que resultaba opresiva a pesar de tener un techo bastante alto y cuya apariencia sugería la digna elegancia propia de la oficina del jefe de un bufete de abogados de cierto renombre. El mobiliario también respondía a esta imagen. Había dos puertas laqueadas en negro, de doble batiente. Una de ellas conducía al despacho de Kafka desde el oscuro pasillo sobrecargado de enormes archivadores y que siempre olía a humo de cigarrillos consumidos y a polvo. La segunda puerta, situada en medio de la pared de la derecha, conducía a los demás despachos oficiales que se alineaban a lo largo de la fachada principal del Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo. Por lo que yo recuerdo, esta puerta no llegó a abrirse casi nunca. Normalmente, tanto los visitantes como los demás funcionarios empleaban sólo la puerta del pasillo. Cuando llamaban, Franz Kafka respondía con un breve y quedo ?¡por favor!?, mientras que sus colegas de oficina solían espetar un ?¡entre!? malhumorado y autoritario.

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sábado, febrero 09, 2008

Nueva obra descubre a un Kafka vital y sonriente

:: En un obra recién editada en Argentina que lleva por título "Praga en tiempos de Kafka", la escritora italiana Patricia Runfola recorre el universo del autor de "La metamorfosis" :: Lo hace desde una perspectiva inédita y aborda el arte de los años de entreguerras que revolucionó el mundo.

Praga en tiempos de Kafka

Lejos de ofrecerse como un ensayo canónico, el libro otorga la posibilidad de confrontarse con un Kafka diferente del hombre melancólico y atormentado por la figura de su padre que tanto han revisitado los biógrafos y la crítica.
Por el contrario, "Praga en tiempos de Kafka" -publicado por Bruguera- exhibe al autor de "El proceso" como un hombre alegre y vital, que en ocasiones jugaba tenis, que tenía muchos amigos y que soñaba contemplando su ciudad mientras atravesaba el puente Carlos rumbo al Castillo.
El trabajo de Runfola permite conocer las reuniones que tenían lugar en esta mítica ciudad (como la tertulia de Berta Fanta, adonde Einstein comentaba sus teorías) y cómo transcurría la vida cultural de aquellos años plenos de esplendor y vanguardia.
"Cuado estalló la guerra, nadie en Praga parecía creerlo. Habían pasado casi 50 años desde el conflicto franco-prusiano y se tenía la impresión de que ese largo período de paz había alejado para siempre la tremenda calamidad", describe la autora.
La Praga a la que alude la obra ya no existe, tras ser arrasada por el nazismo y luego el estalinismo.
Sin embargo, su belleza imperturbable que ha sorteado durante siglos distintas formas de barbarie, seguramente lo volverá a hacer frente a la nueva amenaza del presente: las hordas de turistas.
Kafka hizo lo posible para que su literatura se fuera despojando de referencias a personas y lugares concretos, pero no lo consiguió del todo.
No al menos con Praga que, si bien no aparece como una ciudad física con sus iglesias, sinagogas, calles, plazas y cafés, está presente como un estado espiritual y una obsesión de la que no consigue huir.
Desde el crepúsculo del imperio austrohúngaro hasta la década de 1920, Runfola evoca una época artística hoy mítica, protagonizada -además de Kafka- por Max Brod, Franz Werfel, Bohumil Cubista, Josef y Karen Capel, y Milena Jesenská, entre otros.
La autora alude a una serie de artistas que crearon una vanguardia hoy legendaria en tiempos en que la inminente hecatombe de la Segunda Guerra anunciaba el horror que acabaría con los sueños de una Europa irrepetible.
En su ensayo, Runfola ubica al lector en la época de los albores del siglo XX, cuando "la desconfianza y la hostilidad entre checos y alemanes seguían vivas, pero tanto checos como alemanes, fueran judíos o no, contribuían a potenciar la extraordinaria fascinación de Praga".
Nacida en Palermo, en 1951, Runfola murió en 1999, a los 48 años; fue profesora en la Academia de Bellas Artes de Brera y autora de numerosos catálogos de exposiciones de pintura y fotografía, de teatro y, en general, de arte de las vanguardias del siglo XX.
A través de las 298 páginas que componen su libro, el lector entrará en las oscuras calles de Praga, cruzará el puente Carlos camino del Castillo para ir al encuentro de los alquimistas de la corte de Rodolfo II, temblará con el Golem y revivirá la estancia de Guillaume Apollinaire.
Según describe Runfola, "Praga en tiempos de Kafka" es un relato de viaje, de un maravilloso viaje al "interior de una cultura que ha unido a seres de cultura alemana, judía y checa, ligados por el amor a esa capital de la Bohemia cuya historia nunca se agota, adonde cada piedra habla de un pasado soberbio".
Por momentos el ensayo se excede en erudición y su lectura se torna densa, con excepción de los capítulos dedicados a la juventud de Kafka -los primeros-, a Milena Jesenká y a Gustav Meyrink.

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