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Este "tubo" recoge las últimas entradas de los columnistas y bloggers de Hotel Kafka, entre otros Rafael Reig, David Torres, Marta Rivera de la Cruz, Eduardo Vilas, Jordi Doce, Manuel Fernández Cuesta, José Antonio Redondo, Mateo de Paz y Juan Aparicio
Actualizado: hace 10 horas 38 mins

Lector Mal-Herido y Un amigo en la ciudad

Lun, 04/01/2013 - 20:27
El Lector Mal-Herido habla de Un amigo en la ciudad (editorial Siruela). http://www.eldiario.es/lectormalherido/gran-depresion-ciudadano-madrileno-tiempo_6_116248375.html

Jordi Doce: pequeño cuento de pascua

Mar, 03/26/2013 - 19:34

.Hajo Mueller.
En aquella región a los niños que empiezan a hablar se les entrega un colgante con una piedra en la que se custodian gotas de un veneno mortal hecho a partir de su sangre. Los niños tienen prohibido indagar sobre la naturaleza de la piedra, que deben proteger de cualquier daño, y sólo cuando llegan a la pubertad se les informa sobre su contenido y sobre cómo acceder a él. Entonces la prohibición se levanta y cualquier muchacho puede, en cualquier momento, abrir la piedra y beber de ella.
No se puede salir de casa sin el colgante. No se puede emplear para hacer daño a otros, pues el veneno sólo afecta a su portador. No se puede vaciar a escondidas, pues la piedra cambia de color y se agrieta hasta romperse. La pérdida o deterioro del colgante se castiga con el destierro; es imposible no pensar en él, no cuidarlo, ignorar u olvidar que se lleva puesto. La piedra del veneno se convierte en la joya más preciada y los nativos no dejan de idear mil formas de adornarla, de protegerla.
Si alguien la emplea para matarse, se esparcen sus fragmentos sobre el cadáver. Si alguien muere de muerte natural, es enterrado con ella sobre los labios.

Jordi Doce: tanning / artista, una vez

Sáb, 02/23/2013 - 11:32


 
Hace unos diez meses publiqué en esta bitácora un poema («Mujer saludando a los árboles») de Dorothea Tanning, la gran pintora y poeta norteamericana de cuyo fallecimiento se cumplió un año el pasado 31 de enero. Casada con Max Ernstentre 1946 y la muerte del pintor en 1976, Tanning descubrió la escritura y la poesía modernas a su regreso a Nueva York, a la edad en la que otros se jubilan, gracias a su amistad tardía con James Merrill y John Ashbery, entre otros, y supo reinventarse como espléndida biógrafa de un mundo, el de la inmediata posguerra europea, en el que las luminarias de la vanguardia presidían un gran baile de máscaras en el que se entremezclaban gentes de todo pelaje: diplomáticos, jóvenes bohemios, galeristas y editores, empresarios enriquecidos por la guerra, aristócratas extranjeros venidos a menos o arruinados por el exilio pero aún con ínfulas y no pocos contactos… Así lo cuenta ella en Between Lives, extraño y fascinante libro en el que la prosa serpentea y se enrosca con una voluntad de estilo que es un poco el correlato de ese tiempo, de la propia ambivalencia de su autora al revisarlo, dividida entre la admiración sincera y la burla socarrona. París es un imán demasiado intenso, un ojo de huracán devorado muy pronto por la vulgaridad chillona del dinero fácil, y la pareja Ernst-Tanning no tarda en escapar, primero a Touraine, en la región del Loira, y luego al sur, a la Provenza, donde residen hasta la muerte de él en 1976.
Pero no adelantemos acontecimientos. Coming to That (2011), su segundo y último libro de poemas, se cierra con este poema, «Artist, Once», en el que Tanning recrea su juventud neoyorquina, ese lapso de tiempo que se extiende entre su llegada a la ciudad en 1935 y el encuentro con Max Ernst en 1942: siete años en los que se ganó la vida trabajando como ilustradora y dibujante publicitaria mientras pintaba los cuadros de corte vagamente surrealista que llamaron la atención del mítico galerista Julien Levy. Fue Ernst, de hecho, quien la convenció de dejar el mundo de la ilustración y dedicarse de lleno (o, por hacer un fácil juego de palabras, sin medias tintas) a la pintura, aunque esos primeros años de «libertad» no debieron de ser fáciles: la sombra de su compañero era demasiado grande y Tanning tardó en madurar su mundo, encontrar la puerta que la llevara hacia sí misma.
Traduje este poema por invitación de Patricia Nieto, redactora de Letras Libres y gran admiradora de Tanning, quien lo ha incluido amablemente en el número de febrero de la revista. Es un poema sobrio, ajustado, regido por los principios de la elipsis y la economía verbal. No hay nostalgia ni complacencia en su mirar atrás, aunque no deja de ser significativo que Tanning cerrara el libro con él. De alguna manera, responde al deseo de cumplir el círculo vital de la creación, atar cabos, inferir algún tipo de coherencia entre el yo de entonces y el de ahora, aunque sea bajo la luz vacilante de la duda o la incertidumbre («ya no está tan segura»). Lo que me sigue asombrando es que lo escribiera una persona casi centenaria, alguien llegado a la poesía cuando la mayor parte de los poetas ya no tienen gran cosa que decir ni ganas de decirlo.
El original, aquí.

Ángela Armero: PREVIOUSLY

Mié, 02/20/2013 - 01:03
Mañana, en Previously, el blog de series que he empezado a escribir en Diario Kafka, el suplemento cultural de El Diario.es, hablaré de este mítico momento de la ficción televisiva. En unas horas en Previously.

Mi sexta novela

Jue, 02/14/2013 - 15:20
Un amigo en la ciudad. A partir del 1 de marzo en las librerías. Editorial Siruela. Colección Nuevos Tiempos.

Villalba y el dinero

Mié, 02/13/2013 - 20:53
Hoy he estado por primera vez en Villalba. Isidro, que vive en Galapagar, me invitó a su programa de radio para entrevistarme. Radio Villalba Somos Todos tiene su poquito de cultura y música. No soy yo quien separa la música de la cultura, sino el nombre del programa, Música y Cultura, que se emite los sábados, aún no sé a qué hora. Las ondas herztianas de Radio Villalba sólo alcanzan los alrededores serranos. Podré escucharme si cuelgan el podcast. En verdad detesto escucharme; lo hago para averiguar si he dicho alguna barbaridad. Los masoquistas somos así.

Caminito de Villalba me preguntaba qué le diría yo a alguien de fuera de Madrid si me inquiriese sobre este pueblo. Qué contestaría al "¿Conoces Villalba?" de un joven de Cuenca. Le tendría que responder que en rigor no, y sin embargo hay algo en los lugares de paso que cualquiera conoce aunque nunca se haya detenido en ellos. Ir a El Escorial, a Cercedilla, a Zarzalejo o a Guadarrama en bus supone pasar por la rotonda junto al centro comercial de Villalba, El Planetocio creo que se llama. Mi novio le dice El Paletocio. Asimismo, cualquiera que viaje en autocar a  El Escorial, a Cercedilla, a Zarzalejo o a Guadarrama sabe que en Villalba se apea la mayor parte de la gente con aspecto de curranta, sea porque vive aquí, sea porque en Villalba hay, o había, trabajo. Villalba, para los que hemos subido a los pueblos con solera que están al pie de las montañas, es el pueblo obrero de la sierra, o al menos el pueblo obrero que se ve desde la carretera. Habrá más, claro. Valdemorillo. Pero no están tan poblados.

Mi novio es de Madrid y me confirma mi percepción. Me dice que Villalba, aunque ha sido el centro neurálgico de los pueblos de la serranía, es un sitio más bien pobre. Que la gente que tiene un poco de dinero no quiere vivir aquí. Que es importante porque muchos servicios están en Villalba, como los juzgados, y que los pijos de Madrid de hace 25 o 30 años tenían todos una casita en Villalba. Lo de la casita y los pijos se acabó con el democratizador ladrillo. De repente había urbanizaciones de chalets para todos. Las ciudades dormitorio se pusieron de moda. Yo recuerdo este fenómeno cuando vivía en Valencia. Cómo mirábamos a los niños que tenían la suerte de vivir en un chalet con piscina y perro.  Cuántas veces he oído que habría que meter en la cárcel a los arquitectos que diseñan esas hileras de chaletitos horrendos, tristes, y en cuántas ocasiones no se me ha encogido el estómago al imaginarme viviendo en una periferia así, que en Madrid parece resaltada en negrita. Madrid tiene un barrio pijo, el de Salamanca, que comparado con el pijerío de Barcelona o París da más bien pena. Se huele demasiado el cemento, el elemento común. Con las periferias serranas pasa lo mismo; las zonas  adineradas tienen siempre algo deslavazado, algo de solar, de autopista con paneles, de parada de autobús. La palabra "exclusivo" no define aquí ninguna exclusividad. Eso me gusta mucho de Madrid. La imposibilidad de la endogamia social. Estoy generalizando, sí.

Pero lo que yo iba a decir al hilo de las espantosas hileras de chalets es si en verdad ese horror no obedece a nuestra pasividad a la hora de rebelarnos contra el gusto heredado. El tópico es hablar de las horrísonas urbanizaciones de la sierra, de la zozobra roja del ladrillo y la homogeneidad. ¿Qué tal si un día escribo una entrada sobre la maravilla de enfilar una calle de chalets de acabados perfectos, con sus jardineras repletas de petunias, con sus bojes y el sol brillando sobre el tejado de pizarra? El gusto es un asunto cultural y etcétera; la mera estética no sirve como argumento. Hay que buscar otras razones. Por ejemplo, que me inquieta imaginarme en uno de esos chalets porque no hay calle, o que me gusta porque crecí en ellos y, ah, el jardín, el fox terrier del vecino, jugar con las piedras.


El argumento que más me convence es este: las cosas que se hacen sólo por dinero hieden. Enriquecerse cuanto antes no genera compromisos con la propia labor. No hay excelencia.


Ojo: no estoy en contra de ganar dinero. Eso sería una imbecilidad. Estoy en contra de que las cosas se hagan sólo por dinero.  Termina la grabación del programa; Isidro me acompaña a la parada de autobús. Subo; sólo llevo un billete de 20 euros, y el chófer me dice que no puede darme cambio. Me bajo del autobús. Me interno en una colonia llamada, creo, La Cerca; me han dicho que subiendo la calle hay un pequeño comercio y un bar. No hay nadie; tengo la impresión de estar en alguna urbanización costera en invierno, donde de verdad no hay nadie. Lo que mosquea de Villalba, o de este trozo de Villalba, es que sí hay alguien. Toda la colonia está habitada. Tal vez son viviendas VPO. En esta calle de edificios habitados me topo con un mesón cerrado, una farmacia cerrada, un comercio lúgubre y un bar. Ya está. Si el comercio lúgubre y el bar hubiesen estado chapados, habría tenido que caminar hasta el centro del pueblo en busca de cambio para poder tomar el autobús de regreso.
  Sin embargo, Isidro me ha hablado de lo bien que se siente en su chalet de Galapagar, frente al ventanal de su despacho, que mira la sierra. No lo sé.

Ángela Armero: PREPARANDO LOLA

Dom, 02/10/2013 - 22:48
Últimamente estoy pasándomelo muy bien. Estoy trabajando en una serie nueva de la que hablaré más adelante, cuando pueda hacerlo, y también intento terminar una novelita para adultos. En el camino se me ha cruzado “Lola, una comedia solidaria”, la primera obra teatral chispas que he escrito. De momento formo parte de un equipo sensacional, [...]

Jordi Doce: charles simic en el cuaderno

Sáb, 02/09/2013 - 10:45

Hace una semana vio la luz el número 42 (¡ya!) de El Cuaderno. En él, entre otros muchos materiales, se incluía un adelanto de El mundo no se acaba, el libro de Charles Simic que está a punto de aparecer en Vaso Roto Ediciones. Son nueve poemas, a los que acompaña un breve texto en el que trato de iluminar, hasta donde se me alcanza, el mundo poético de Simic. El libro, como digo, está a punto de aterrizar en las librerías. No descarto que el título, dadas nuestras peculiares circunstancias, pueda sorprender o atraer a algún curioso. Pero es todo cuestión de azar, porque la edición original (de 1989) tiene ya veinticuatro años y su optimismo tácito nada tiene que ver con el desastre ambiental que padecemos, este hundimiento generalizado de valores y expectativas.
Podéis leer el adelanto pulsando en cada una de las tres imágenes. Alternativamente, podéis leer el número entero en la página correspondiente de issuu.




Jordi Doce: perplejidad

Mié, 02/06/2013 - 12:48

Vaya por dios... No salgo de mi sombra.
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